EL INGENIOSO HIDALGO DON QUIJOTE DE LA MANCHA

Miguel de Cervantes Saavedra

     Capítulo primero

     Que trata de la condición y ejercicio del famoso hidalgo D.
Quijote de la 
     Mancha

     En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero
acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo de los de
lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo
corredor. Una olla de algo más vaca que carnero, salpicón las
más noches, duelos y quebrantos los sábados, lentejas los
viernes, algún palomino de añadidura los domingos, consumían las
tres partes de su hacienda. El resto della concluían sayo de
velarte, calzas de velludo para las fiestas con sus pantuflos de
lo mismo, los días de entre semana se honraba con su vellori de
lo más fino. Tenía en su casa una ama que pasaba de los
cuarenta, y una sobrina que no llegaba a los veinte, y un mozo
de campo y plaza, que así ensillaba el rocín como tomaba la
podadera. Frisaba la edad de nuestro hidalgo con los cincuenta
años, era de complexión recia, seco de carnes, enjuto de rostro;
gran madrugador y amigo de la caza. Quieren decir que tenía el
sobrenombre de Quijada o Quesada (que en esto hay alguna
diferencia en los autores que deste caso escriben), aunque por
conjeturas verosímiles se deja entender que se llama Quijana;
pero esto importa poco a nuestro cuento; basta que en la
narración dél no se salga un punto de la verdad.

     Es, pues, de saber, que este sobredicho hidalgo, los ratos
que estaba ocioso (que eran los más del año) se daba a leer
libros de caballerías con tanta afición y gusto, que olvidó casi
de todo punto el ejercicio de la caza, y aun la administración
de su hacienda; y llegó a tanto su curiosidad y desatino en
esto, que vendió muchas hanegas de tierra de sembradura, para
comprar libros de caballerías en que leer; y así llevó a su casa
todos cuantos pudo haber dellos; y de todos ningunos le parecían
tan bien como los que compuso el famoso Feliciano de Silva:
porque la claridad de su prosa, y aquellas intrincadas razones
suyas, le parecían de perlas; y más cuando llegaba a leer
aquellos requiebros y cartas de desafío, donde en muchas partes
hallaba escrito: la razón de la sinrazón que a mi razón se hace,
de tal manera mi razón enflaquece, que con razón me quejo de la
vuestra fermosura, y también cuando leía: los altos cielos que
de vuestra divinidad divinamente con las estrellas se
fortifican, y os hacen merecedora del merecimiento que merece la
vuestra grandeza. Con estas y semejantes razones perdía el pobre
caballero el juicio, y desvelábase por entenderlas, y
desentrañarles el sentido, que no se lo sacara, ni las
entendiera el mismo Aristóteles, si resucitara para sólo ello.
No estaba muy bien con las heridas que don Belianis daba y
recibía, porque se imaginaba que por grandes maestros que le
hubiesen curado, no dejaría de tener el rostro y todo el cuerpo
lleno de cicatrices y señales; pero con todo alababa en su autor
aquel acabar su libro con la promesa de aquella inacabable
aventura, y muchas veces le vino deseo de tomar la pluma, y
darle fin al pie de la letra como allí se promete; y sin duda
alguna lo hiciera, y aun saliera con ello, si otros mayores y
continuos pensamientos no se lo estorbaran.

     Tuvo muchas veces competencia con el cura de su lugar (que
era hombre docto graduado en Sigüenza), sobre cuál había sido
mejor caballero, Palmerín de Inglaterra o Amadís de Gaula; mas
maese Nicolás, barbero del mismo pueblo, decía que ninguno
llegaba al caballero del Febo, y que si alguno se le podía
comparar, era don Galaor, hermano de Amadís de Gaula, porque
tenía muy acomodada condición para todo; que no era caballero
melindroso, ni tan llorón como su hermano, y que en lo de la
valentía no le iba en zaga.  En resolución, él se enfrascó tanto
en su lectura, que se le pasaban las noches leyendo de claro en
claro, y los días de turbio en turbio, y así, del poco dormir y
del mucho leer, se le secó el cerebro, de manera que vino a
perder el juicio. Llenósele la fantasía de todo aquello que leía
en los libros, así de encantamientos, como de pendencias,
batallas, desafíos, heridas, requiebros, amores, tormentas y
disparates imposibles, y asentósele de tal modo en la
imaginación que era verdad toda aquella máquina de aquellas
soñadas invenciones que leía, que para él no había otra historia
más cierta en el mundo.

     Decía él, que el Cid Ruy Díaz había sido muy buen
caballero; pero que no tenía que ver con el caballero de la
ardiente espada, que de sólo un revés había partido por medio
dos fieros y descomunales gigantes. Mejor estaba con Bernardo
del Carpio, porque en Roncesvalle había muerto a Roldán el
encantado, valiéndose de la industria de Hércules, cuando ahogó
a Anteo, el hijo de la Tierra, entre los brazos. Decía mucho
bien del gigante Morgante, porque con ser de aquella generación
gigantesca, que todos son soberbios y descomedidos, él solo era
afable y bien criado; pero sobre todos estaba bien con Reinaldos
de Montalbán, y más cuando le veía salir de su castillo y robar
cuantos topaba, y cuando en Allende robó aquel ídolo de Mahoma,
que era todo de oro, según dice su historia. Diera él, por dar
una mano de coces al traidor de Galalón, al ama que tenía y aun
a su sobrina de añadidura.

     En efecto, rematado ya su juicio, vino a dar en el más
extraño pensamiento que jamás dio loco en el mundo, y fue que le
pareció convenible y necesario, así para el aumento de su honra,
como para el servicio de su república, hacerse caballero
andante, e irse por todo el mundo con sus armas y caballo a
buscar las aventuras, y a ejercitarse en todo aquello que él
había leído, que los caballeros andantes se ejercitaban,
deshaciendo todo género de agravio, y poniéndose en ocasiones y
peligros, donde acabándolos, cobrase eterno nombre y fama.

     Imaginábase el pobre ya coronado por el valor de su brazo
por lo menos del imperio de Trapisonda: y así con estos tan
agradables pensamientos, llevado del estraño gusto que en ellos
sentía, se dió priesa a poner en efecto lo que deseaba. Y lo
primero que hizo, fue limpiar unas armas, que habían sido de sus
bisabuelos, que, tomadas de orín y llenas de moho, luengos
siglos había que estaban puestas y olvidadas en un rincón.
Limpiólas y aderezólas lo mejor que pudo; pero vió que tenían
una gran falta, y era que no tenía celada de encaje, sino
morrión simple; mas a esto suplió su industria, porque de
cartones hizo un modo de media celada, que encajada con el
morrión, hacía una apariencia de celada entera. Es verdad que
para probar si era fuerte, y podía estar al riesgo de una
cuchillada, sacó su espada, y le dió dos golpes, y con el
primero y en un punto deshizo lo que había hecho en una semana:
y no dejó de parecerle mal la facilidad con que la había hecho
pedazos, y por asegurarse de este peligro, lo tornó a hacer de
nuevo, poniéndole unas barras de hierro por de dentro de tal
manera, que él quedó satisfecho de su fortaleza; y, sin querer
hacer nueva experiencia de ella, la diputó y tuvo por celada
finísima de encaje. Fue luego a ver a su rocín, y aunque tenía
más cuartos que un real, y más tachas que el caballo de Gonela,
que tantum pellis, et ossa fuit, le pareció que ni el Bucéfalo
de Alejandro, ni Babieca el del Cid con él se igualaban. Cuatro
días se le pasaron en imaginar qué nombre le podría: porque,
según se decía él a sí mismo, no era razón que caballo de
caballero tan famoso, y tan bueno él por sí, estuviese sin
nombre conocido; y así procuraba acomodársele, de manera que
declarase quien había sido, antes que fuese de caballero
andante, y lo que era entones: pues estaba muy puesto en razón,
que mudando su señor estado, mudase él también el nombre; y le
cobrase famoso y de estruendo, como convenía a la nueva orden y
al nuevo ejercicio que ya profesaba: y así después de muchos
nombres que formó, borró y quitó, añadió, deshizo y tornó a
hacer en su memoria e imaginación, al fin le vino a llamar
ROCINANTE, nombre a su parecer alto, sonoro y significativo de
lo que había sido cuando fue rocín, antes de lo que ahora era,
que era antes y primero de todos los rocines del mundo. Puesto
nombre y tan a su gusto a su caballo, quiso ponérsele a sí
mismo, y en este pensamiento, duró otros ocho días, y al cabo se
vino a llamar DON QUIJOTE, de donde como queda dicho, tomaron
ocasión los autores de esta tan verdadera historia, que sin duda
se debía llamar Quijada, y no Quesada como otros quisieron
decir. Pero acordándose que el valeroso Amadís, no sólo se había
contentado con llamarse Amadís a secas, sino que añadió el
nombre de su reino y patria, por hacerla famosa, y se llamó
Amadís de Gaula, así quiso, como buen caballero, añadir al suyo
el nombre de la suya, y llamarse DON QUIJOTE DE LA MANCHA, con
que a su parecer declaraba muy al vivo su linaje y patria, y la
honraba con tomar el sobrenombre della.

     Limpias, pues, sus armas, hecho del morrión celada, puesto
nombre a su rocín, y confirmándose a sí mismo, se dió a entender
que no le faltaba otra cosa, sino buscar una dama de quien
enamorarse, porque el caballero andante sin amores, era árbol
sin hojas y sin fruto, y cuerpo sin alma. Decíase él: si yo por
malos de mis pecados, por por mi buena suerte, me encuentro por
ahí con algún gigante, como de ordinario les acontece a los
caballeros andantes, y le derribo de un encuentro, o le parto
por mitad del cuerpo, o finalmente, le venzo y le rindo, ¿no
será bien tener a quién enviarle presentado, y que entre y se
hinque de rodillas ante mi dulce señora, y diga con voz humilde
y rendida: yo señora, soy el gigante Caraculiambro, señor de la
ínsula Malindrania, a quien venció en singular batalla el jamás
como se debe alabado caballero D. Quijote de la Mancha, el cual
me mandó que me presentase ante la vuestra merced, para que la
vuestra grandeza disponga de mí a su talante? ¡Oh, cómo se holgó
nuestro buen caballero, cuando hubo hecho este discurso, y más
cuando halló a quién dar nombre de su dama! Y fue, a lo que se
cree, que en un lugar cerca del suyo había una moza labradora de
muy buen parecer, de quien él un tiempo anduvo enamorado, aunque
según se entiende, ella jamás lo supo ni se dió cata de ello.
Llamábase Aldonza Lorenzo, y a esta le pareció ser bien darle
título de señora de sus pensamientos; y buscándole nombre que no
desdijese mucho del suyo, y que tirase y se encaminase al de
princesa y gran señora, vino a llamarla DULCINEA DEL TOBOSO,
porque era natural del Toboso, nombre a su parecer músico y
peregrino y significativo, como todos los demás que a él y a sus
cosas había puesto.

     Capítulo segundo

     Que trata de la primera salida que de su tierra hizo el
ingenioso D. Quijote

     Hechas, pues, estas prevenciones, no quiso aguardar más
tiempo a poner en efecto su pensamiento, apretándole a ello la
falta que él pensaba que hacía en el mundo su tardanza, según
eran los agravios que pensaba deshacer, tuertos que enderezar,
sinrazones que enmendar, y abusos que mejorar, y deudas que
satisfacer; y así, sin dar parte a persona alguna de su
intención, y sin que nadie le viese, una mañana, antes del día
(que era uno de los calurosos del mes de Julio), se armó de
todas sus armas, subió sobre Rocinante, puesta su mal compuesta
celada, embrazó su adarga, tomó su lanza, y por la puerta falsa
de un corral, salió al campo con grandísimo contento y alborozo
de ver con cuánta facilidad había dado principio a su buen
deseo. Mas apenas se vió en el campo, cuando le asaltó un
pensamiento terrible, y tal, que por poco le hiciera dejar la
comenzada empresa: y fue que le vino a la memoria que no era
armado caballero, y que, conforme a la ley de caballería, ni
podía ni debía tomar armas con ningún caballero; y puesto qeu lo
fuera, había de llevar armas blancas, como novel caballero, sin
empresa en el escudo, hasta que por su esfuerzo la ganase.

     Estos pensamientos le hicieron titubear en su propósito;
mas pudiendo más su locura que otra razón alguna, propuso de
hacerse armar caballero del primero que topase, a imitación de
otros muchos que así lo hicieron, según él había leído en los
libros que tal le tenían. En lo de las armas blancas pensaba
limpiarlas de manera, en teniendo lugar, que lo fuesen más que
un armiño: y con esto se quietó y prosiguió su camino, sin
llevar otro que el que su caballo quería, creyendo que en
aquello consistía la fuerza de las aventuras. Yendo, pues,
caminando nuestro flamante aventurero, iba hablando consigo
mismo, y diciendo: ¿Quién duda sino que en los venideros
tiempos, ciando salga a luz la verdadera historia de mis famosos
hechos, que el sabio que los escribiere, no ponga, cuando llegue
a contar esta mi primera salida tan de mañana, de esta manera?
"Apenas había el rubicundo Apolo tendido por la faz de la ancha
y espaciosa tierra las doradas hebras de sus hermosos cabellos,
y apenas los pequeños y pintados pajarillos con sus arpadas
lenguas habían saludado con dulce y meliflua armonía la venida
de la rosada aurora que dejando la blanda cama del celoso
marido, por las puertas y balcones del manchego horizonte a los
mortales se mostraba, cuando el famoso caballero D. Quijote de
la Mancha, dejando las ociosas plumas, subió sobre su famoso
caballo Rocinante, y comenzó a caminar por el antiguo y conocido
campo de Montiel." (Y era la verdad que por él caminaba) y
añadió diciendo: "dichosa edad, y siglo dichoso aquel adonde
saldrán a luz las famosas hazañas mías, dignas de entallarse en
bronce, esculpirse en mármoles y esculpirse en mármoles y
pintarse en tablas para memoria en lo futuro. ¡Oh tú, sabio
encantador, quienquiera que seas, a quien ha de tocar el ser
coronista de esta peregrina historia! Ruégote que no te olvides
de mi buen Rocinante compañero eterno mío en todos mis caminos y
carreras." Luego volvía diciendo, como si verdaderamente fuera
enamorado: "¡Oh, princesa Dulcinea, señora de este cautivo
corazón! Mucho agravio me habedes fecho en despedirme y
reprocharme con el riguroso afincamiento de mandarme no parecer
ante la vuestra fermosura. Plégaos, señora, de membraros de este
vuestro sujeto corazón, que tantas cuitas por vuestro amor
padece."

     Con estos iba ensartando otros disparates, todos al modo de
los que sus libros le habían enseñado, imitando en cuanto podía
su lenguaje; y con esto caminaba tan despaico, y el sol entraba
tan apriesa y con tanto ardor, que fuera bastante a derretirle
los sesos, si algunos tuviera. Casi todo aquel día caminó sin
acontecerle cosa que de contar fuese, de lo cual se desesperaba,
poerque quisiera topar luego, con quien hacer experiencia del
valor de su fuerte brazo.

     Autores hay que dicen que la primera aventura que le avino
fue la de Puerto Lápice; otros dicen que la de los molinos de
viento; pero lo que yo he podido averiguar en este caso, y lo
que he hallado escrito en los anales de la Mancha, es que él
anduvo todo aquel día, y al anochecer, su rocín y él se hallaron
cansados y muertos de hambre; y que mirando a todas partes, por
ver si descubriría algún castillo o alguna majada de pastores
donde recogerse, y adonde pudiese remediar su mucha necesidad,
vió no lejos del camino por donde iba una venta, que fue como si
viera una estrella, que a los portales, si no a los alcázares de
su redención, le encaminaba. Dióse priesa a caminar, y llegó a
ella a tiempo que anochecía. Estaban acaso a la puerta dos
mujeres mozas, de estas que llaman del partido, las cuales iban
a Sevilla con unos arrieros, que en la venta aquella noche
acertaron a hacer jornada; y como a nuestro aventurero todo
cuanto pensaba, veía o imaginaba, le parecía ser hecho y pasar
al modo de lo que había leído, luego que vió la venta se le
representó que era un castillo con sus cuatro torres y
chapiteles de luciente plata, sin faltarle su puente levadizo y
honda cava, con todos aquellos adherentes que semejantes
castillos se pintan.

     Fuese llegando a la venta (que a él le parecía castillo), y
a poco trecho de ella detuvo las riendas a Rocinante, esperando
que algún enano se pusiese entre las almenas a dar señal con
alguna trompeta de que llegaba caballero al castillo; pero como
vió que se tardaban, y que Rocinante se daba priesa por llegar a
la caballeriza, se llegó a la puerta de la venta, y vió a las
dos distraídas mozas que allí estaban, que a él le parecieron
dos hermosas doncellas, o dos graciosas damas, que delante de la
puerta del castillo se estaban solazando. En esto sucedió acaso
que un porquero, que andaba recogiendo de unos rastrojos una
manada de puercos (que sin perdón así se llaman), tocó un
cuerno, a cuya señal ellos se recogen, y al instante se le
representó a D. Quijote lo que deseaba, que era que algún enano
hacía señal de su venida, y así con extraño contento llegó a la
venta y a las damas, las cuales, como vieron venir un hombre de
aquella suerte armado, y con lanza y adarga, llenas de miedo se
iban a entrar en la venta; pero Don Quijote, coligiendo por su
huida su miedo, alzándose la visera de papelón y descubriendo su
seco y polvoso rostro, con gentil talante y voz reposada les
dijo: non fuyan las vuestras mercedes, nin teman desaguisado
alguno, ca a la órden de caballería que profeso non toca ni
atañe facerle a ninguno, cuanto más a tan altas doncellas, como
vuestras presencias demuestran.

     Mirábanle las mozas y andaban con los ojos buscándole el
rostro que la mala visera le encubría; mas como se oyeron llamar
doncellas, cosa tan fuera de su profesión, no pudieron tener la
risa, y fue de manera, que Don Quijote vino a correrse y a
decirles: Bien parece la mesura en las fermosas, y es mucha
sandez además la risa que de leve causa procede; pero non vos lo
digo porque os acuitedes ni mostredes mal talante, que el mío
non es de al que de serviros.

     El lenguaje no entendido de las señoras, y el mal talle de
nuestro caballero, acrecentaba en ellas la risa y en él el
enojo; y pasara muy adelante, si a aquel punto no saliera el
ventero, hombre que por ser muy gordo era muy pacífico, el cual,
viendo aquella figura contrahecha, armada de armas tan
desiguales, como eran la brida, lanza, adarga y coselete, no
estuvo en nada en acompañar a las doncellas en las muestras de
su contento; mas, en efecto, temiendo la máquina de tantos
pertrechos, determinó de hablarle comedidamente, y así le dijo:
si vuestra merced, señor caballero, busca posada, amén del lecho
(porque en esta venta no hay ninguno), todo lo demás se hallará
en ella en mucha abundancia. Viendo Don Quijote la humildad del
alcaide de la fortaleza (que tal le pareció a él el ventero y la
venta), respondió: para mí, señor castellano, cualquiera cosa
basta, porque mis arreos son las armas, mi descanso el pelear,
etc.

     Pensó el huésped que el haberle llamado castellano había
sido por haberle parecido de los senos de Castilla, aunque él
era andaluz y de los de la playa de Sanlúcar, no menos ladrón
que Caco, ni menos maleante que estudiante o paje. Y así le
respondió: según eso, las camas de vuestra merced serán duras
peñas, y su dormir siempre velar; y siendo así, bien se puede
apear con seguridad de hallar en esta choza ocasión y ocasiones
para no dormir en todo un año, cuanto más en una noche. Y
diciendo esto, fue a tener del estribo a D. Quijote, el cual se
apeó con mucha dificultad y trabajo, como aquel que en todo
aquel día no se había desayunado. Dijo luego al huésped que le
tuviese mucho cuidad de su caballo, porque era la mejor pieza
que comía pan en el mundo.

     Miróle el ventero, y no le pareció tan bueno como Don
Quijote decía, ni aun la mitad; y acomodándole en la
caballeriza, volvió a ver lo que su huésped mandaba; al cual
estaban desarmando las doncellas (que ya se habían reconciliado
con él), las cuales, aunque le habían quitado el peto y el
espaldar, jamás supieron ni pudieron desencajarle la gola, ni
quitarle la contrahecha celada, que traía atada con unas cintas
verdes, y era menester cortarlas, por no poderse queitar los
nudos; mas él no lo quiso consentir en ninguna manera; y así se
quedó toda aquella noche con la celada puesta, que era la más
graciosa y extraña figura que se pudiera pensar; y al desarmarle
(como él se imaginaba que aquellas traídas y llevadas que le
desarmaban, eran algunas principales señoras y damas de aquel
castillo), les dijo con mucho donaire:

     Nunca fuera caballero
     de damas tan bien servido,
     como fuera D. Quijote
     cuando de su aldea vino;
     doncellas curaban dél,
     princesas de su Rocino.

     O Rocinante, que este es el nombre, señoras mías, de mi
caballo, y Don Quijote de la Mancha el mío; que puesto que no
quisiera descubrirme fasta que las fazañas fechas en vuestro
servicio y pro me descubrieran, la fuerza de acomodar al
propósito presente este romance viejo de Lanzarote, ha sido
causa que sepáis mi nombre antes de toda sazón; pero tiempo
vendrá en que las vuestras señorías me manden, y yo obedezca, y
el valor de mi brazo descubra el deseo que tengo de serviros.
Las mozas, que no estaban hechas a oír semejantes retóricas, no
respondían palabra; sólo le preguntaron si quería comer alguna
cosa. Cualquiera yantaría yo, respondió D. Quijote, porque a lo
que entiendo me haría mucho al caso. A dicha acertó a ser
viernes aquél día, y no había en toda la venta sino unas
raciones de un pescado, que en Castilla llaman abadejo, y en
Andalucía bacalao, y en otras partes curadillo, y en otras
truchuela.

     Preguntáronle si por ventura comería su merced truchuela,
que no había otro pescado que darle a comer. Como haya muchas
truchuelas, respondió D. Quijote, podrán servir de una trueba;
porque eso se me da que me den ocho reales en sencillos, que una
pieza de a ocho. Cuanto más, que podría ser que fuesen estas
truchuelas como la ternera, que es mejor que la vaca, y el
cabrito que el cabrón. Pero sea lo que fuere, venga luego, que
el trabajo y peso de las armas no se puede llevar sin el
gobierno de las tripas. Pusiéronle la mesa a la puerta de la
venta por el fresco, y trájole el huésped una porción de mal
remojado, y peor cocido bacalao, y un pan tan negro y mugriento
como sus armas. Pero era materia de grande risa verle comer,
porque como tenía puesta la celada y alzada la visera, no podía
poner nada en la boca con sus manos, si otro no se lo daba y
ponía; y así una de aquellas señoras sería de este menester; mas
el darle de beber no fue posible, ni lo fuera si el ventero no
horadara una caña, y puesto el un cabo en la boca, por el otro,
le iba echando el vino. Y todo esto lo recibía en paciencia, a
trueco de no romper las cintas de la celada.

     Estando en esto, llegó acaso a la venta un castrador de
puercos, y así como llegó sonó su silbato de cañas cuatro o
cinco veces, con lo cual acabó de confirmar Don Quijote que
estaba en algún famoso castillo, y que le servían con música, y
que el abadejo eran truchas, el pan candeal, y las rameras
damas, y el ventero castellano del castillo; y con esto daba por
bien empleada su determinación y salida. Mas lo que más le
fatigaba era el no verse armado caballero, por parecerle que no
se podría poner legítimamente en aventura alguna sin recibir la
órden de caballería.

   Capítulo tercero

     Donde se cuenta la graciosa manera que tuvo D. Quijote en
armarse
     caballero.

     Y así, fatigado de este pensamiento, abrevió su venteril y
limitada cena, la cual acabada llamó al ventero, y encerrándose
con él en la caballeriza, se hincó de rodillas ante él,
diciéndole, no me levantaré jamás de donde estoy, valeroso
caballero, fasta que la vuestra cortesía, me otorgue un don que
pedirle quiero, el cual redundará en alabanza vuestra y en pro
del género humano. El ventero que vió a su huésped a sus pies, y
oyó semejantes razones, estaba confuso mirándole, sin saber qué
hacerse ni decirle, y porfiaba con él que se levantase; y jamás
quiso, hasta que le hubo de decir que él le otorgaba el don que
le pedía. No esperaba yo menos de la gran magnificencia vuestra,
señor mío, respondió D. Quijote; y así os digo que el don que os
he pedido, y de vuestra liberalidad me ha sido otorgado, es que
mañana, en aquel día, me habéis de armar caballero, y esta noche
en la capilla de este vuestro castillo velaré las armas; y
mañana, como tengo dicho, se cumplirá lo que tanto deseo, para
poder, como se debe, ir por todas las cuatro partes del mundo
buscando las aventuras en pro de los menesterosos, como está a
cargo de la caballería y de los caballeros andantes, como yo
soy, cuyo deseo a semejantes fazañas es inclinado. El ventero,
que como está dicho, era un poco socarrón, y ya tenía algunos
barruntos de la falta de juicio de su huésped, acabó de creerlo
cuando acabó de oír semejantes razones, y por tener que reír
aquella noche, determinó seguirle el humor; así le dijo que
andaba muy acertado en lo qeu deseaba y pedía, y que tal
prosupuesto era propio y natural de los caballeros tan
principales como él parecía, y como su gallarda presencia
mostraba, y que él ansimesmo, en los años de su mocedad se había
dado a aquel honroso ejercicio, andando por diversas partes del
mundo buscando sus aventuras, sin que hubiese dejado los
percheles de Málaga, islas de Riarán, compás de Sevilla,
azoguejo de Segovia, la olivera de Valencia, rondilla de
Granada, playa de Sanlúcar, potro de Córdoba, y las ventillas de
Toledo, y otras diversas partes donde había ejercitado la
ligereza de sus pies y sutileza de sus manos, haciendo muchos
tuertos, recuestando muchas viudas, deshaciendo algunas
doncellas, y engañando a muchos pupilos, y finalmente, dándose a
conocer por cuantas audiencias y tribunales hay casi en toda
España; y que a lo último se había venido a recoger a aquel su
castillo, donde vivía con toda su hacienda y con las ajenas,
recogiendo en él a todos los caballeros andantes de cualquiera
calidad y condición que fuesen, sólo por la mucha afición que
les tenía, y porque partiesen con él de su shaberes en pago de
su buen deseo. Díjole también que en aquel su castillo no había
capilla alguna donde poder velar las armas, porque estaba
derribada para hacerla de nuevo; pero en caso de necesidad él
sabía que se podían velar donde quiera, y que aquella noche las
podría velar en un patio del castillo; que a la mañana, siendo
Dios servido, se harían las debidas ceremonias de manera que él
quedase armado caballero, y tan caballero que no pudiese ser más
en el mundo. Preguntóle si traía dineros: respondió Don Quijote
que no traía blanca, porque él nunca había leído en las
historias de los caballeros andantes que ninguno los hubiese
traído. A esto dijo el ventero que se engañaba: que puesto caso
que en las historias no se escribía, por haberles parecido a los
autores de ellas que no era menester escribir una cosa tan clara
y tan necesaria de traerse, como eran dineros y camisas limpias,
no por eso se había de creer que no los trajeron; y así tuviese
por cierto y averiguado que todos los caballeros andantes (de
que tantos libros están llenos y atestados) llevaban bien
erradas las bolsas por lo que pudiese sucederles, y que asimismo
llevaban camisas y una arqueta pequeña llena de ungüentos para
curar las heridas que recibían, porque no todas veces en los
campos y desiertos, donde se combatían y salían heridos, había
quien los curase, si ya no era que tenían algún sabio encantador
por amigo que luego los socorría, trayendo por el aire, en
alguna nube, alguna doncella o enano con alguna redoma de agua
de tal virtud, que en gustando alguna gota de ella, luego al
punto quedaban sanos de sus llagas y heridas, como si mal alguno
no hubiesen tenido; mas que en tanto que esto no hubiese,
tuvieron los pasados caballeros por cosa acertada que sus
escuderos fuesen proveídos de dineros y de otras cosas
necesarias, como eran hilas y ungüentos para curarse; y cuando
sucedía que los tales caballeros no tenían escuderos (que eran
pocas y raras veces), ellos mismos lo llevaban todo en unas
alforjas muy sutiles, que casi no se parecían a las ancas del
caballo, como que era otra cosa de más importancia; porque no
siendo por ocasión semejante, esto de llevar alforjas no fue muy
admitido entre los caballeros andantes; y por esto le daba por
consejo (pues aún se lo podía mandar como a su ahijado, que tan
presto lo había de ser), que no caminase de allí adelante sn
dineros y sin las prevenciones referidas, y que vería cuán bien
se hallaba con ellas cuando menos se pensase. Prometióle don
Quijote de hacer lo que se le aconsejaba con toda puntualidad; y
así se dió luego orden como velase las armas en un corral
grande, que a un lado de la venta estaba, y recogiéndolas Don
Quijote todas, las puso sobre una pila que junto a un pozo
estaba, y embrazando su adarga, asió de su lanza, y con gentil
continente se comenzó a pasear delante de la pila; y cuando
comenzó el paseo, comenzaba a cerrar la noche.

     Contó el ventero a todos cuantos estaban en la venta la
locura de su huésped, la vela de las armas y la armazón de
caballería que esperaba. Admirándose de tan extraño género de
locura, fuéronselo a mirar desde lejos, y vieron que, con
sosegado ademán, unas veces se paseaba, otras arrimado a su
lanza ponía los ojos en las armas sin quitarlos por un buen
espacio de ellas. Acabó de cerrar la noche; pero con tanta
claridad de la luna, que podía competir con el que se le
prestaba, de manera que cuanto el novel caballero hacía era bien
visto de todos.

  Antojósele en esto a uno de los arrieros que estaban en la
venta ir a dar agua a su recua, y fue menester quitar las armas
de Don Quijote, que estaban sobre la pila, el cual, viéndole
llegar, en voz alta le dijo: ¡Oh tú, quienquiera que seas,
atrevido caballero, que llegas a tocar las armas del más
valeroso andante que jamás se ciñó espada, mira lo que haces, y
no las toques, si no quieres dejar la vida en pago de tu
atrevimiento! No se curó el arriero de estas razones (y fuera
mejor que se curara, porque fuera curarse en salud); antes,
trabando de las correas, las arrojó gran trecho de sí, lo cual
visto por Don Quijote, alzó los ojos al cielo, y puesto el
pensamiento (a lo que pareció) en su señora Dulcinea, dijo:
acorredme, señora mía, en esta primera afrenta que a este
vuestro avasallado pecho se le ofrece; no me desfallezca en este
primero trance vuestro favor y amparo: y diciendo estas y otras
semejantes razones, soltando la adarga, alzó la lanza a dos
manos y dió con ella tan gran golpe al arriero en la cabeza, que
le derribó en el suelo tan maltrecho, que, si secundara con
otro, no tuviera necesidad de maestro que le curara. Hecho esto,
recogió sus armas, y tornó a pasearse con el mismo reposo que
primero. Desde allí a poco, sin saberse lo que había pasado
(porque aún estaba aturdido el arriero), llegó otro con la misma
intención de dar agua a sus mulos; y llegando a quitar las armas
para desembarazar la pila, sin hablar Don Quijote palabra, y sin
pedir favor a nadie, soltó otra vez la adarga, y alzó otra vez
la lanza, y sin hacerla pedazos hizo más de tres la cabeza del
segundo arriero, porque se la abrió por cuatro. Al ruido acudió
toda la gente de la venta, y entre ellos el ventero. Viendo esto
Don Quijote, embrazó su adarga, y puesta mano a su espada, dijo:
¡Oh, señora de la fermosura, esfuerzo y vigor del debilitado
corazón mío, ahora es tiempo que vuelvas los ojos de tu grandeza
a este tu cautivo caballero, que tamaña aventura está
atendiendo! Con esto cobró a su parecer tanto ánimo, que si le
acometieran todos los arrieros del mundo, no volviera el pie
atrás. Los compañeros de los heridos que tales los vieron,
comenzaron desde lejos a llover piedras sobre Don Quijote, el
cual lo mejor que podía se reparaba con su adarga y no se osaba
apartar de la pila por no desamparar las armas. El ventero daba
voces que le dejasen, porque ya les había dicho como era loco, y
que por loco se libraría, aunque los matase a todos. También Don
Quijote las daba mayores, llamándolos de alevosos y traidores, y
que el señor del castillo era un follón y mal nacido caballero,
pues de tal manera consentía que se tratasen los andantes
caballeros, y que si él hubiera recibido la orden de caballería,
que él le diera a entender su alevosía; pero de vosotros, soez y
baja canalla, no hago caso alguno: tirad, llegad, venid y
ofendedme en cuanto pudiéredes, que vosotros veréis el pago que
lleváis de vuestra sandez y demasía. Decía esto con tanto brío y
denuedo, que infundió un terrible temor en los que le acometían;
y así por esto como por las persuasiones del ventero, le dejaron
de tirar, y él dejó retirar a los heridos, y tornó a la vela de
sus armas con la misma quietud y sosiego que primero. 

     No le parecieron bien al ventero las burlas de su huésped,
y determinó abreviar y darle la negra orden de caballería luego,
antes que otra desgracia sucediese; y así, llegándose a él se
disculpó de la insolencia que aquella gente baja con él había
usado, sin que él supiese cosa alguna; pero que bien castigado
quedaban de su atrevimiento. Díjole, como ya le había dicho, que
en aquel castillo no había capilla, y para lo que restaba de
hacer tampoco era necesaria; que todo el toque de quedar armado
caballero consistía en la pescozada y en el espaldarazo, según
él tenía noticia del ceremonial de la orden, y que aquello en
mitad de un campo se podía hacer; y que ya había cumplido con lo
que tocaba al elar de las armas, que con solas dos horas de vela
se cumplía, cuanto más que él había estado más de cuatro.

     Todo se lo creyó Don Quijote, y dijo que él estaba allí
pronto para obedecerle, y que concluyese con la mayor brevedad
que pudiese; porque si fuese otra vez acometido, y se viese
armado caballero, no pensaba dejar persona viva en el castillo,
excepto aquellas que él le mandase, a quien por su respeto
dejaría. Advertido y medroso de esto el castellano, trajo luego
un libro donde asentaba la paja y cebada que daba a los
arrieros, y con un cabo de vela que le traía un muchacho, y con
las dos ya dichas doncellas, se vino a donde Don Quijote estaba,
al cual mandó hincar de rodillas, y leyendo en su manual como
que decía alguna devota oración, en mitad de la leyenda alzó la
mano, y dióle sobre el cuello un buen golpe, y tras él con su
misma espada un gentil espaldarazo, siempre murmurando entre
dientes como que rezaba. Hecho esto, mandó a una de aquellas
damas que le ciñese la espada, la cual lo hizo con mucha
desenvoltura y discreción, porque no fue menester poca para no
reventar de risa a cada punto de las ceremonias; pero las
proezas que ya habían visto del novel caballero les tenía la
risa a raya. Al ceñirle la espada dijo la buena señora: Dios
haga a vuestra merced muy venturoso caballero, y le dé ventura
en lides. Don Quijote le preguntó como se llamaba, porque él
supiese de allí adelante a quién quedaba obligado por la merced
recibida, porque pensaba darle alguna parte de la honra que
alcanzase por el valor de su brazo. Ella respondió con mucha
humildad que se llamaba la Tolosa, y que era hija de un
remendón, natural de Toledo, que vivía a las tendillas de Sancho
Bienaya, y que donde quiera que ella estuviese le serviría y le
tendría por señor. Don Quijote le replicó que por su amor le
hiciese merced, que de allí en adelante se pusiese don, y se
llamase doña Tolosa. Ella se lo prometió; y la otra le calzó la
espuela, con la cual le pasó casi el mismo coloquio que con la
de la espada. Preguntóle su nombre, y dijo que se llamaba la
Molinera, y que era hija de un honrado molinero de Antequera; a
la cual también rogó Don Quijote que se pusiese don, y se
llamase doña Molinera, ofreciéndole nuevos servicios y mercedes.

     Hechas, pues, de galope y aprisa las hasta allí nunca
vistas ceremonias, no vió la hora Don Quijote de verse a caballo
y salir buscando las aventuras; y ensillando luego a Rocinante,
subió en él, y abrazando a su huésped, le dijo cosas tan
extrañas, agradeciéndole la merced de haberle armado caballero,
que no es posible acertar a referirlas. El ventero, por verle ya
fuera de la venta, con no menos retóricas, aunque con más breves
palabras, respondió a las suyas, y sin pedirle la costa de la
posada, le dejó ir a la buena hora.

     Capítulo cuarto

     De lo que le sucedió a nuestro caballero cuando salió de la
venta

     La del alba sería cuando Don Quijote salió de la venta, tan
contento, tan gallardo, tan alborozado por verse ya armado
caballero, que el gozo le reventaba por las cinchas del caballo.
Mas viniéndole a la memoria los consejos de su huésped acerca de
las prevenciones tan necesarias que había de llevar consigo, en
especial la de los dineros y camisas, determinó volver a su casa
y acomodarse de todo, y de un escudero, haciendo cuenta de
recibir a un labrador vecino suyo, que era pobre y con hijos,
pero muy a propósito para el oficio escuderil de la caballería.
Con este pensamiento guió a Rocinante hacia su aldea, el cual
casi conociendo la querencia, con tanta gana comenzó a caminar,
que parecía que no ponía los pies en el suelo. No había andado
mucho, cuando le pareció que a su diestra mano, de la espesura
de un bosque que allí estaba, salían unas voces delicadas, como
de persona que se quejaba; y apenas las hubo oído, cuando dijo:
gracias doy al cielo por la merced que me hace, pues tan presto
me pone ocasiones delante, donde yo pueda cumplir con lo que
debo a mi profesión, y donde pueda coger el fruto de mis buenos
deseos: estas voces sin duda son de algún menesteroso o
menesterosa, que ha menester mi favor y ayuda: y volviendo las
riendas encaminó a Rocinante hacia donde le pareció que las
voces salían; y a pocos pasos que entró por el bosque, vió atada
una yegua a una encina, y atado en otra un muchacho desnudo de
medio cuerpo arriba, de edad de quince años, que era el que las
voces daba y no sin causa, porque le estaba dando con una
pretina muchos azotes un labrador de buen talle, y cada azote le
acompañaba con una reprensión y consejo, porque decía: la lengua
queda y los ojos listos. Y el muchacho respondía: no lo haré
otra vez, señor mío; por la pasión de Dios, que no lo haré otra
vez, y yo prometo de tener de aquí adelante más cuidado con el
hato. Y viendo Don Quijote lo que pasaba, con voz airada dijo:
descortés caballero, mal parece tomaros con quien defender no se
puede; subid sobre vuestro caballo y tomad vuestra lanza, (que
también tenía una lanza arrimada a la encina, adonde estaba
arrendada la yegua) que yo os haré conocer ser de cobardes lo
que estáis haciendo.

     El labrador, que vió sobre sí aquella figura llena de
armas, blandiendo la lanza sobre su rostro, túvose por muerto, y
con buenas palabras respondió: señor caballero, este muchacho
que estoy castigando es un mi criado, que me sirve de guardar
una manada de ovejas que tengo en estos contornos, el cual es
tan descuidado que cada día me falta una, y porque castigo su
descuido o bellaquería, dice que lo hago de miserable, por no
pagarle la soldada que le debo, y en Dios y en mi ánima que
miente. ¿Miente, delante de mí, ruin villano? dijo Don Quijote.
Por el sol que nos alumbra, que estoy por pasaros de parte a
parte con esta lanza: pagadle luego sin más réplica; si no, por
el Dios que nos rige, que os concluya y aniquile en este punto:
desatadlo luego. El labrador bajó la cabeza, y sin responder
palabra desató a su criado, al cual preguntó Don Quijote que
cuánto le debía su amo. El dijo que nueve meses, a siete reales
cada mes. Hizo la cuenta Don Quijote, y halló que montaban
sesenta y tres reales, y díjole al labrador que al momento los
desembolsase, si no quería morir por ello. Respondió el medroso
villano, que por el paso en que estaba y juramento que había
hecho (y aún no había jurado nada), que no eran tantos, porque
se le había de descontar y recibir en cuenta tres pares de
zapatos que le había dado, y un real de dos sangrías que le
habían hecho estando enfermo. Bien está todo eso, replicó Don
Quijote; pero quédense los zapatos y las sangrías por los azotes
que sin culpa le habéis dado, que si él rompió el cuero de los
zapatos que vos pagásteis, vos le habéis rompido el de su
cuerpo, y si le sacó el barbero sangre estando enfermo, vos en
sanidad se la habéis sacado; así que por esta parte no os debe
nada. El daño está, señor caballero, en que no tengo aquí
dineros: véngase Andrés conmigo a mi casa, que yo se los pagaré
un real sobre otro.

     ¿Irme yo con él, dijo el muchacho, más? ¡Mal año! No,
señor, ni por pienso, porque en viéndose solo me desollará como
a un San Bartolomé. No hará tal, replicó Don Quijote; basta que
yo se lo mande para que me tenga respeto, y con que él me lo
jure por la ley de caballería que ha recibido, le dejaré ir
libre y aseguraré la paga. Mire vuestra merced, señor, lo que
dice, dijo el muchacho, que este mi amo no es caballero, ni ha
recibido orden de caballería alguna, que es Juan Haldudo el
rico, vecino del Quintanar.  Importa poco eso, respondió Don
Quijote, que Haldudos puede haber caballeros, cuanto más que
cada uno es hijo de sus obras. Así es verdad, dijo Andrés; pero
este mi amo, ¿de qué obras es hijo, pues me niega mi soldada y
mi sudor y trabajo? No niego, hermano Andrés, respondió el
labrador, y hacedme placer de veniros conmigo, que yo juro, por
todas las órdenes de caballerías hay en el mundo, de pagaros,
como tengo dicho, un real sobre otro, y aun sahumados. Del
sahumerio os hago gracia, dijo Don Quijote, dádselos en reales,
que con esto me contento; y mirad que lo cumpláis como lo habéis
jurado; si no, por el mismojuramento os juro de volver a
buscaros y a castigaros, y que os tengo de hallar aunque os
escondáis más que una lagartija. Y si queréis saber quién os
manda esto, para quedar con más veras obligado a cumplirlo,
sabed que yo soy el valeroso Don Quijote de la Mancha, el
desfacedor de agravios y sinrazones; y a Dios quedad, y no se os
parta de las mientes lo prometido y jurado, so pena de la pena
pronunciada.

     Y en diciendo esto picó a su Rocinante, y en breve espacio
se apartó de ellos. Siguióle el labrador con los ojos, y cuando
vió que había traspuesto el bosque y que ya no parecía, volvióse
a su criado Andrés y díjole: Venid acá, hijo mío, que os quiero
pagar lo que os debo, como aquel desfacedor de agravios me dejó
mandado. Eso juro yo, dijo Andrés, y como que andará vuestra
merced acertado en cumplir el mandamiento de aquel buen
caballero, que mil años viva, que según es de valeroso y de buen
jue, vive Roque, que si no me paga, que vuelva y ejecute lo que
dijo. También lo juro yo, dijo el labrador; pero por lo mucho
que os quiero, quiero acrecentar la deuda por acrecentar la
paga. Y asiéndolo del brazo, le tornó a atar a la encina, donde
le dió tantos azotes, que le dejó por muerto. Llamad, señor
Andrés, ahora, decía el labrador, al desfacedor de agravios,
veréis cómo no desface aqueste, aunque creo que no está acabado
de hacer, porque me viene gana de desollaros vivo, como vos
temíades.

     Pero al fin le desató, y le dió licencia que fuese a buscar
a su juez para que ejecutase la pronunciada sentencia. Andrés se
partió algo mohino, jurando de ir a buscar al valeroso Don
Quijote de la Mancha, y contarle punto por punto lo que había
pasado, y que se lo había de pagar con setenas, pero con todo
esto, él se partió llorando y su amo se quedó riendo.

     Y de esta manera deshizo el agravio el valeroso Don
Quijote, el cual, contentísimo de lo sucedido, pareciéndole que
había dado felicísimo y alto principio a sus caballerías, con
gran satisfacción de sí mismo iba caminando hacia su aldea,
diciendo a media voz: Bien te puedes llamar dichosas sobre
cuantas hoy viven en la tierra, oh sobre las bellas, bella
Dulcinea del Toboso, pues te cupo en suerte tener sujeto y
rendido a toda tu voluntad y talante a un tan valiente y tan
nombrado caballero, como lo es y será Don Quijote de la Mancha,
el cual, como todo el mundo sabe, ayer recibió la orden de
caballería, y hoy ha desfecho el mayor tuerto y agravio que
formó la sinrazón y cometió la crueldad; hoy quitó el látigo de
la mano a aquel despiadado enemigo que tan sin ocasión
valpuleaba a aquel delicado infante. En esto llegó a un camino
que en cuatro se dividía, y luego se le vino a la imaginación
las encrucijadas donde los caballeros andantes se ponían a
pensar cuál camino de aquellos tomarían; y por imitarlos, estuvo
un rato quedo, y al cabo de haberlo muy bien pensado soltó la
rienda a Rocinante, dejando a la voluntad del rocín la suya, el
cual siguió su primer intento, que fue el irse camino de su
caballeriza, y habiendo andado como dos millas, descubrió Don
Quijote un gran tropel de gente que, como después se supo, eran
unos mercaderes toledanos, que iban a comprar a Murcia. Eran
seis, y venían con sus quitasoles, con otros cuatro criados a
caballo y tres mozos de mulas a pie.

     Apenas les divisó Don Quijote, cuando se imaginó ser cosa
de nueva aventura, y por imitar en todo, cuanto a él le parecía
posible, los pasos que había leído en su s libros, le pareció
venir allí de molde uno que pensaba hacer; y así con gentil
continente y denuedo se afirmó bien en los estribos, apretó la
lanza, llegó la adarga al pecho, y puesto en la mitad del camino
estuvo esperando que aquellos caballeros andantes llegasen (que
ya él por tales los tenía y juzgaba); y cuando llegaron a trecho
que se pudieron ver y oír, levantó Don Quijote la voz, y con
ademán arrogante dijo: todo el mundo se tenga, si todo el mundo
no confiesa que no hay en el mundo todo doncella más hermosa que
la emperatriz de la Mancha, la sin par Dulcinea del Toboso.

     Paráronse los mercaderes al son de estas razones, y al ver
la estraña figura del que las decía, y por la figura y por ellas
luego echaron de ver la locura de su dueño, mas quisieron ver
despacio en qué paraba aquella confesión que se les pedía; y uno
de ellos, que era un poco burlón y muy mucho discreto, le dijo:
señor caballero, nosotros no conocemos quién es esa buena señora
que decís; mostrádnosla, que si ella fuere de tanta hermosura
como significáis, de buena gana y sin apremio alguno
confesaremos la verdad que por parte vuestra nos es pedida. Si
os la mostrara, replicó Don Quijote, ¿qué hiciérades vosotros en
confesar una verdad tan notoria? La importancia está en que sin
verla lo habéis de creer, confesar, afirmar, jurar y defender;
donde no, conmigo sois en batalla, gente descomunal y soberbia:
que ahora vengáis uno a uno, como pide la orden de caballería,
ora todos juntos, como es costumbre y mala usanza de los de
vuestra ralea, aquí os aguardo y espero, confiado en la razón
que de mi parte tengo. Señor caballero, replicó el mercader,
suplico a vuestra merced en nombre de todos estos príncipes que
aquí estamos, que, porque no carguemos nuestras conciencias,
confesando una cosa por nosotros jamás vista ni oída, y más
siendo tan en perjuicio de las emperatrices y reinas del
Alcarria y Extremadura, que vuestra merced sea servido de
mostrarnos algún retrato de esa señora, aunque sea tamaño como
un grano de trigo, que por el hilo se sacará el ovillo, y
quedaremos con esto satisfechos y seguros, y vuestra merce
quedará contento y pagado; y aun creo que estamos ya tan de su
parte, que aunque su retrato nos muestre que es turerta de un
ojo, y que del otro le mana bermellón y piedra azufre, con todo
eso, por complacer a vuestra merced, diremos en su favor todo lo
que quisiere. No le mana, canalla infame, respondió Don Quijote
encendido en cólera, no le mana, digo, eso que decís, sino ámbar
y algalia entre algodones, y no es tuerta ni corcobada, sino más
derecha que un huso de Guadarrama; pero vosotros pagaréis la
grande blasfemia que habéis dicho contra tamaña beldad, como es
la de mi señora. Y en diciendo esto, arremetió con la lanza baja
contra el que lo había dicho, con tanta furia y enojo, que si la
buena suerte no hiciera que en la mitad del camino tropezara
Rocinante, lo pasara mal el atrevido mercader. Cayó Rocinante, y
fue rodando su amo una buena pieza por el campo, y queriéndose
levantar, jamás pudo: tal embarazo le causaba la lanza, espuelas
y celada, con el peso de las antiguas armas. Y entre tanto que
pugnaba por levantarse y no podía, estaba diciendo: non fuyáis,
gente cobarde, gente cautiva, atended que no por culpa mía, sino
de mi caballo, estoy aquí tendido. Un mozo de mulas de los que
allí venían, que no debía de ser muy bien intencionado, oyendo
decir al pobre caído tantas arrogancias, no lo pudo sufrir sin
darle la respuesta en las costillas. Y llegándose a él, tomó la
lanza, y después de haberla hecho pedazos, con uno de ellos
comenzó a dar a nuestro Don Quijote tantos palos, que a despecho
y pesar de sus armas le molió como cibera. Dábanle voces sus
amos que no le diese tanto, y que le dejase; pero estaba ya el
mozo picado, y no quiso dejar el juego hasta envidar todo el
resto de su cólera; y acudiendo por los demás trozos de la
lanza, los acabó de deshacer sobre el miserable caído, que con
toda aquella tempestad de palos que sobre él lovía, no cerraba
laboca, amenazando al cielo y a la tierra y a los malandrines,
que tal le parecían. Cansóse el mozo, y los mercaderes siguieron
su camino, llevando que contar en todo él del pobre apaleado, el
cual, después que se vió solo, tornó a probar si podía
levantarse; pero, si no lo pudo hacer cuando sano y bueno, ¿cómo
lo haría molido y casi deshecho? Y aún se tenía por dichoso,
pareciéndole que aquella era propia desgracia de caballeros
andantes, y toda la atribuía a la falta de su caballo; y no era
posible levantarse, según tenía abrumado todo el cuerpo.


     Capítulo quinto

     Donde se prosigue la narración de la desgracia de nuestro
caballero

     Viendo, pues, que en efecto no podía menearse, acordó de
acogerse a su ordinario remedio, que era pensar en algún paso de
sus libros, y trájole su cólera a la memoria aquel de Baldovinos
y del marqués de Mantua, cuando Carloto le dejó herido en la
montaña... historia sabida de los niños, no ignorada de los
mozos, celebrada y aun creída de viejos, y con todo esto no más
verdadera que los milagros de Mahoma. Esta, pues, le pareció a
él que le venía de molde para el paso en que se hallaba, y así
con muestras de grande sentimiento, se comenzó a volcar por la
tierra, y a decir con debilitado aliento lo mismo que dicen
decía el herido caballero del bosque:

     ¿Donde estáis, señora mía,
     que no te duele mi mal?
     O no lo sabes, señora,
     o eres falsa y desleal.

     Y de esta manera fue prosiguiendo el romance hasta aquellos
versos que dicen:

     Oh noble marqués de Mantua,
     mi tío y señor Carnal.

     Y quiso la suerte que cuando llegó a este verso acertó a
pasar por allí un labrador de su mismo lugar, y vecino suyo, que
venía de llevar una carga de trigo al molino; el cual, viendo
aquel hombre allí tendido, se llegó a él y le preguntó que quién
era y qué mal sentía que tan tristemente se quejaba. Don Quijote
creyó sin duda que aquel era el marqués de Mantua su tío, y así
no le respondió otra cosa sino fue proseguir en su romance,
donde le daba cuenta de su desgracia y de los amores del hijo
del Emperante con su esposa, todo de la misma manera que el
romance lo canta. El labrador estaba admirado oyendo aquellos
disparates, y quitándole la visera, que ya estaba hecha pedazos
de los palos, le limpió el rostro que lo tenía lleno de polvo; y
apenas le hubo limpiado, cuando le conoció y le dijo: señor
Quijada (que así se debía de llamar cuando él tenía juicio, y no
había pasado de hidalgo sosegado a caballero andante) ¿quién ha
puesto a vuestra merced de esta suerte? Pero él, seguía con su
romance a cuanto le preguntaba. Viendo esto el buen hombre, lo
mejor que pudo le quitó el peto y espaldar, para ver si tenía
alguna herida; pero no vió sangre ni señal alguna. Procuró
levantarle del suelo, y no con poco trabajo le subió sobre su
jumento, por parecerle caballería más sosegada. Recogió las
armas hasta las astillas de la lanza, y liólas sobre Rocinante,
al cual tomó de la rienda, y del cabestro al asno, y se encaminó
hacia su pueblo, bien pensativo de oír los disparates que Don
Quijote decía; y no menos iba Don Quijote, que de puro molido y
quebrantado no se podía tener sobre el borrico, y de cuando en
cuando daba unos suspiro que los ponía en el cielo, de modo que
de nuevo obligó a que el labrador le preguntase le dijese qué
mal sentía; y no parece sino que el diablo le traía a la memoria
los cuentos acomodados a sus sucesos, porque en aquel punto,
olvidándose de Baldovinos, se acordó del moro Abindarráez cuando
el alcaide de Antequera Rodrigo de Narváez le prendió, y llevó
cautivo a su alcaidía. De suerte que cuando el labrador le
volvió a preguntar cómo estaba y qué sentía, le respondió las
mismas palabras y razones que el cautivo Abencerraje respondía a
Rodrigo de Narváez, del mismo modo que él había leído la
historia en la Diana de Jorge de Montemayor, donde se escribe;
aprovechándose de ella tan de propósito que el labrador se iba
dando al diablo de oír tanta máquina de necedades; por donde
conoció que su vecino estaba loco, y dábase priesa a llegar al
pueblo, por excusar el enfado que Don Quijote le causaba con su
larga arenga. Al cabo de lo cual dijo; sepa vuestra merced,
señor Don Rodrigo de Narváez, que esta hermosa Jarifa, que he
dicho, es ahora la linda Dulcinea del Toboso, por quien yo he
hecho, hago y haré los más famosos hechos de caballerías que se
han visto, vean, ni verán en el mundo.

     A esto respondió el labrador: mire vuestra merced, señor,
¡pecador de mí! que yo no soy don Rodrigo de Narváez, ni el
marqués de Mantua, sino Pedro Alonso, su vecino; ni vuestra
merced es Baldominos, ni Abindarráez, sino el honrado hidalgo
del señor Quijada; yo sé quien soy, respondió Don Quijote, y sé
que puedo ser, no sólo los que he dicho, sino todos los doce
Pares de Francia, y aún todos los nueve de la fama, pues a todas
las hazañas que ellos todos juntos y cada uno de por sí
hicieron, se aventajarán las mías.

     En estas pláticas y otras semejantes llegaron al lugar a la
hora que anochecía; pero el labrador aguardó a que fuese algo
más noche, porque no viesen al molido hidalgo tan mal caballero.
Llegada, pues, la hora que le pareció, entró en el pueblo y en
casa de Don Quijote, la cual halló toda alborotada, y estaban en
ella el cura y el barbero del lugar, que eran grandes amigos de
Don Quijote, que estaba diciéndoles su ama a voces: ¿qué le
parece a vuestra merced, señor licenciado, Pero Pérez, que así
se llamaba el cura, de la desgracia de mi señor? Seis días ha
que no parecen él, ni el rocín, ni la adarga, ni la lanza, ni
las armas. ¡Desventurada de mí! que me doy a entender, y así es
ello la verdad como nací para morir, que estos malditos libros
de caballerías que él tiene, y suele leer tan de ordinario, le
han vuelto el juicio; que ahora me acuerdo haberle oído decir
muchas veces hablando entre sí, que quería hacerse caballero
andante, e irse a buscar las aventuras por esos mundos.
Encomendados sean a Satanás y a Barrabás tales libros, que así
han echado a perder el más delicado entendimiento que había en
toda la Mancha. La sobrina decía lo mismo, y aún decía más:
sepa, señor maese Nicolás, que este era el nombre del barbero,
que muchas veces le aconteció a mi señor tío estarse leyendo en
estos desalmados libros de desventuras dos días con sus noches:
al cabo de los cuales arrojaba el libro de las manos, y ponía
mano a la espada, y andaba a cuchilladas con las paredes; y
cuando estaba muy cansado, decía que había muerto a cuatro
gigantes como cuatro torres, y el sudor que sudaba del cansancio
decía que era sangre de las feridas que había recibido en la
batalla; y bebíase luego un gan jarro de agua fría, y quedaba
sano y sosegado, diciendo que aquella agua era una preciosísisma
bebida que le había traído el sabio Esquife, un grande
encantador y amigo suyo. Mas yo me tengo la culpa de todo, que
no avisé a vuestras mercedes de los disparates de mi señor tío,
para que lo remediaran antes de llegar a lo que ha llegado, y
quemaran todos estos descomulgados libros (que tiene muchos),
que bien merecen ser abrasados como si fuesen de herejes. Esto
digo yo también, dijo el cura, y a fe que no se pase el día de
mañana sin que de ellos no se haga auto público, y sean
condenados al fuego, porque no den ocasión a quien los leyere de
hacer lo que mi buen amigo debe de haber hecho.

     Todo esto estaban oyendo el labrador y Don Quijote, con que
acabó de entender el labrador la enfermedad de su vecino, y así
comenzó a decir a voces: abran vuestras mercedes al señor
Baldovinos y al señor marqués de Mantua, que viene mal ferido, y
al señor moro Abindarráez, que trae cautivo el valeroso Rodrigo
de Narváez, alcaide de Antequera. A estas voces salieron todos,
y como conocieron los unos a su amigo, las otras a su amo y tío,
que aún no se había apeado del jumento, porque no podía,
corrieron a abrazarle. El dijo: ténganse todos, que vengo mal
ferido por la culpa de mi caballo; llévenme a mi lecho, y
llámese si fuere posible, a la sabia Urganda, que cure y cate
mis feridas. Mirad en hora mala, dijo a este punto el ama, si me
decía a mí bien mi corazón del pie que cojeaba mi señor. Suba
vuestra merced en buena hora, que sin que venga esa Urganda le
sabremos aquí curar. Malditos, digo, sean otra vez y otras
ciento estos libros de caballería que tal han parado a vuestra
merced.

     Lleváronle luego a la cama, y catándole las feridas, no le
hallaron ninguna; y él dijo que todo era molimiento, por haber
dado una gran caída con Rocinante, su caballo, combatiéndose con
diez jayanes, los más desaforados y atrevidos que pudieran
fallar en gran parte de la tierra. Ta, Ta, dijo el cura;
¿jayanes hay en la danza? para mí santiguada, que yo los queme
mañana antes de que llegue la noche. Hiciéronle a Don Quijote
mil preguntas, y a ninguna quiso responder otra cosa, sino que
le diesen de comer y le dejasen dormir, que era lo que más le
importaba. Hízose así, y el cura se informó muy a la larga del
labrador, del modo que había hallado a Don Quijote. El se lo
contó todo con los disparates que al hallarle y al traerle había
dicho, que fue poner más deseo en el licenciado de hacer lo que
el otro día hizo, que fue llevar a su amigo el barbero maese
Nicolás, con el cual se vino a casa de Don Quijote.


     Capítulo sexto

     Del donoso y grande escrutinio que el cura y el barbero
hicieron en la 
     librería de nuestro ingenioso hidalgo

     El cual aún todavía dormía. Pidió las llaves a la sobrina
del aposento donde estaban los libros autores del daño, y ella
se las dió de muy buena gana. Entraron dentro todos, y el ama
con ellos, y hallaron más de cien cuerpos de libros grandes muy
bien encuadernados, y otros pequeños; y así como el ama los vió,
volvióse a salir del aposento con gran priesa, y tornó luego con
una escudilla de agua bendita y un hisopo, y dijo: tome vuestra
merced, señor licenciado; rocíe este aposento, no esté aquí
algún encantador de los muchos que tienen estos libros, y nos
encanten en pena de la que les queremos dar echándolos del
mundo. Causó risa al licenciado la simplicidad del ama, y mandó
al barbero que le fuese dando de aquellos libros uno a uno, para
ver de qué trataban, pues podía ser hallar algunos que no
mereciesen castigo de fuego. No, dijo la sobrina, no hay para
qué perdonar a ninguno, porque todos han sido los dañadores,
mejor será arrojarlos por las ventanas al patio, y hacer un
rimero de ellos, y pegarles fuego, y si no, llevarlos al corral,
y allí se hará la hoguera, y no ofenderá el humo. Lo mismo dijo
el ama: tal era la gana que las dos tenían de la muerte de
aquellos inocentes; mas el cura no vino en ello sin primero leer
siquiera los títulos. Y el primero que maese Nicolás le dió en
las manos, fue los cuatro de Amadís de Gaula, y dijo el cura:
parece cosa de misterio esta, porque, según he oído decir, este
libro fue el primero de caballerías que se imprimió en España, y
todos los demás han tomado principio y origen de este; y así me
parece que como a dogmatizador de una secta tan mala, le debemos
sin excusa alguna condenar al fuego. No, señor, dijo el barbero,
que también he oído decir que es el mejor de todos los libros
que de este género se han compuesto, y así, como a único en su
arte, se debe perdonar. Así es verdad, dijo el cura, y por esa
razón se le otorga la vida por ahora. Veamos ese otro que está
junto a él. Es, dijo el barbero, Las sergas de Esplandián, hijo
legítimo de Amadís de Gaula. Pues es verdad, dijo el cura, que
no le ha de valer al hijo la bondad del padre; tomad, señora am,
abrid esa ventana y echadle al corral, y dé principio al montón
de la hoguera que se ha de hacer. Hízolo así el ama con mucho
contento, y el bueno de Esplandián fue volando al corral,
esperando con toda paciencia el fuego que le amenazaba.
Adelante, dijo el cura. Este que viene, dijo el barbero, es
Amadís de Grecia, y aun todos los de este lado, a lo que creo,
son del mismo linaje de Amadís. Pues vayan todos al corral, dijo
el cura, que a trueco de quemar a la reina Pintiquiniestra, y al
pastor Darinel, y a sus églogas, y a las endiabladas y revueltas
razones de su autor, quemara con ellos al padre que me engendró,
si anduviera en figura de caballero andante. De ese parecer soy
yo, dijo el barbero. Y aun yo, añadió la sobrina. Pues así es,
dijo el ama, vengan, y al corral con ellos. Diéronselos, que
eran muchos, y ella ahorró la escalera, y dió con ellos por la
ventana abajo. ¿Quién es ese tonel? dijo el cura. Este es,
respondió el barbero, Don Olicante de Laura. El autor de ese
libro, dijo el cura, fue el mismo que compuso a Jardín de
Flores, y en verdad que no sepa determinar cuál de los dos
libros es más verdadero, o por decir mejor, menos mentiroso;
solo sé decir que este irá al corral por disparatado y
arrogante. Este que sigue es Florismarte de Hircania, dijo el
barbero. ¿Ahí está el señor Florismarte? replicó el cura. Pues a
fe que ha de parar presto en el corral a pesar de su extraño
nacimiento y soñadas aventuras, que no da lugar a otra cosa la
dureza y sequedad de su estilo; al corral con él, y con ese
otro, señora ama. Que me place, señor mío, respondió ella... y
con mucha alegría ejecutaba lo que era mandado. Este es El
caballero Platir, dijo el barbero. Antiguo libro es ese, dijo el
cura, y no hallo en él cosa que merezca venia; acompañe a los
demás sin réplica... Y así fue hecho. Abrióse otro libro, y
vieron que tenía por título El caballero de la Cruz. Por nombre
tan santo como este libro tiene, se podía perdonar su
ignorancia; mas también se suele decir tras la cruz está el
diablo: vaya al fuego. Tomando el barbero otro libro, dijo: Este
es Espejo de Caballerías. Ya conozco a su merced, dijo el cura:
ahí anda el señor Reinaldos del Montalban con sus amigos y
compañeros, más ladrones que Caco, y los doce Pares con el
verdadero historiador Turpin; y en verdad que estoy por
condenarlos no más que a destierro perpetuo, siquiera porque
tienen parte de la invención del famoso Mato Boyardo, de donde
también tejió su tela el cristiano poeta Ludovico Ariosto, al
cual, si aquí le hallo, ya que habla en otra lengua que la suya,
no le guardaré respeto alguno; pero si habla en su idioma, le
pondré sobre mi cabeza. Pues yo le tengo en italiano, dijo el
barbero, mas no le entiendo. Ni aun fuera bien que vos le
entendiérais, respondió el cura; y aquí le perdonáramos al señor
capitán, que no le hubiera traído a España, y hecho castellano;
que le quitó mucho de su natural valor, y lo mismo harán todos
aquellos que los libros de verso quisieren volver en otra
lengua, que por mucho cuidado que pongan y habilidad que
muestren, jamás llegarán al punto que ellos tienen en su primer
nacimiento. Digo, en efecto, que este libro y todos los que se
hallaren, que tratan de estas cosas de Francia, se echen y
depositen en un pozo seco, hasta que con más acuerdo se vea lo
que se ha de hacer de ellos, exceptuando a un Bernardo del
Carpio, que anda por ahí, y a otro llamado Roncesvalles, que
estos, en llegando a mis manos, han de estar en las del alma, y
de ellas en las del fuego, sin remisión alguna. Todo lo confirmó
el barbero, y lo tuvo por bien y por cosa muy acertada, por
entender que era el cura tan buen cristiano y tan amigo de la
verdad, que no diría otra cosa por todas las del mundo. Y
abriendo otro libro, vió que era Palmerín de Oliva, y junto a él
estaba otro que se llamaba Palmerín de Inglaterra, lo cual,
visto por el licenciado, dijo: esa oliva se haga luego rajas y
se queme, que aun no queden de ella las cenizas, y esa palma de
Inglaterra se guarde y se conserve como cosa única, y se haga
para ella otra caja como la que halló Alejandro en los despojos
de Darío, que la diputó para guardar en ellas las obras del
poeta Homero. Este libro, señor compadre, tiene autoridad por
dos cosas: la una porque él por sí es muy bueno, y la otra,
porque es fama que le compuso un discreto rey de Portugal. Todas
las aventuras del castillo de Miraguarda son bonísimas y de
grande artificio, las razones cortesanas y claras que guardan y
miran el decoro del que habla, con mucha propiedad y
entendimiento. Digo, pues, salvo vuestro buen parecer, señor
maese Nicolás, que este y Amadís de Gaula queden libres del
fuego, y todos los demás, sin hacer más cala y cata, perezcan.
No, señor compadre, replicó el Barbero, que este que aquí tengo
es el afamado Don Belianís. Pues ese, replicó el cura, con la
segunda y tercera y cuarta parte, tienen necesidad de un poco de
ruibarbo para purgar la demasiada cólera suya, y es menester
quitarles todo aquello del castillo de la fama, y otras
impertinencias de más importancia, para lo cual se les da
término ultramarino, y como se enmendaren, así se usará con
ellos de misericordia o de justicia; y en tanto tenedlos vos,
compadre, en vuestra casa; mas no lo dejéis leer a ninguno. Que
me place, respondió el barbero, y sin querer cansarse más en
leer libros de caballerías, mandó al ama que tomase todos los
grandes, y diese con ellos en el corral. No lo dijo a tonta ni a
sorda, sin o a quien tenía más gana de quemarlos que de echar
una tela por grande y delgada que fuera; y asiendo casi ocho de
una vez, los arrojó por la ventana. Por tomar muchos juntos se
le cayó uno a los pies del barbero, que le tomó gana de ver de
quién era, y vió que decía: Historia del famoso caballero
Tirante el Blanco. Válame Dios dijo el cura, dando una gran voz;
¡que aquí esté Tirante Blanco! Dádmele acá, compadre, que hago
cuenta que he hallado en él un tesoro de contento y una mina de
pasatiempos. Aquí está don Kirieleison de Montalván, valeroso
caballero, y su hermano Tomás de Montalván y el caballero
Fonseca, con la batalla que el valiente de Tirante hizo con
Alano, y las agudezas de la doncella Placerdemivida, con los
amores y embustes de la viuda Reposada, y la señora emperatriz
enamorada de Hipólito su escudero. Dígoos verdad, señor
compadre, que por su estilo es este el mejor libro del mundo;
aquí comen los caballeros, y duermen y mueren en sus camas, y
hacen testamento antes de su muerte, con otras cosas de que
todos los demás libros de este género carecen. Con todo eso, os
digo que merecía el que lo compuso, pues no hizo tantas
necedades de industria, que le echaran a galeras por todos los
días de su vida. Llevadle a casa y leedle, y veréis que es
verdad cuanto de él os he dicho. Así será, respondió el barbero;
pero ¿qué haremos de estos pequeños libros que quedan? Estos,
dijo el cura, no deben de ser de caballerías, sino de poesía; y
abriendo uno, vió que era la Diana, de Jorge de Montemayor, y
dijo (creyendo que todos los demás eran del mismo género:) estos
no merecen ser quemados como los demás, porque no hacen ni harán
el daño que los de caballerías han hecho, que son libros de
entretenimiento, sin perjuicio de tercero. ¡Ay, señor!, dijo la
sobrina. Bien los puede vuestra merced mandar quemar como a los
demás, porque no sería mucho que habiendo sanado mi señor tío de
la enfermedad caballeresca, leyendo estos se le antojase de
hacerse pastor, y andarse por los bosques y prados cantando y
tañendo, y lo que sería peor, hacerse poeta, que, según dicen,
es enfermedad incurable y pegadiza. Verdad dice esta doncella,
dijo el cura, y será bien, quitarle a nuestro amigo este
tropiezo y ocasión de delante. Y pues comenzamos por la Diana de
Montemayor, soy de parecer que no se queme, sino que se le quite
todo aquello que trata de la sabia Felicia y de la agua
encantada, y casi todos los versos mayores, y quédesele en hora
buena la prosa y la honra de ser primero en semejantes libros.
Este que se sigue, dijo el barbero, es la Diana llamada Segunda
del Salmantino; y este otro, que tiene el mismo nombre, cuyo
autor es Gil Polo. Pues la del Salmantino, respondió el cura,
acompañe y acreciente el número de los condenados al corral, y
la de Gil Polo se guarde como si fuera del mismo Apolo; y pase
adelante, señor compadre, y démonos priesa, que se va haciendo
tarde. Este libro es, dijo el barbero abriendo otro, los diez
libros de Fortuna de Amor, compuesto por Antonio de Lofraso,
poeta sardo. Por las órdenes que recibí, dijo el cura, que desde
que Apolo fue Apolo, y las musas musas, y los poetas poetas, tan
gracioso ni tan disparatado libro como ese no se ha compuesto, y
que por su camino es el mejor y el más único de cuantos de este
género han salido a la luz del mundo; y el que no le ha leído
puede hacer cuenta que no ha leído jamás cosa de gusto. Dádmele
acá, compadre, que precio más de haberle hallado, que si me
dieran una sotana de raja de Florencia. Púsole aparte con
grandísimo gusto, y el Barbero prosiguió diciendo: Estos que
siguen son el Pastor de Iberia, Ninfas de Henares y Desengaño de
Zelos. Pues no hay más que hacer, dijo el cura, sino
entregárselos al brazo seglar del ama, y no se me pregunte el
porqué, que sería nunca acabar. Este que viene es el Pastor de
Filida. No es ese pastor, dijo el cura, sino muy discreto
cortesano; guárdese como joya preciosa. Este grande que aquí
viene se intitula, dijo el barbero, Tesoro de varias poesías.
Como ellas no fueran tantas, dijo el cura, fueran más estimadas;
menester es que este libro se escarde y limpie de algunas
bajezas que entre sus grandezas tiene; guárdese, porque su autor
es amigo mío, y por respeto de otras más heroicas y levantadas
obras que ha escrito. Este es, siguió el barbero, el Cancionero
de López Maldonado. También el autor de ese libro, replicó el
cura, es grande amigo mío, y sus versos en su boca admiran a
quien los oye, y tal es la suavidad de la voz con que los canta,
que encanta; algo largo es en las églogas, pero nunca lo bueno
fue mucho, guárdese con los escogidos. Pero ¿qué libro es ese
que está junto a él? La Galatea de Miguel de Cervantes, dijo el
barbero. Muchos años ha que es grande amigo mío ese Cervantes, y
sé que es más versado en desdichas que en versos. Su libro tiene
algo de buena invención, propone algo y no concluye nada. Es
menester esperar la segunda parte que promete; quizá con la
enmienda alcanzará del todo la misericordia que ahora se le
niega; y entre tanto que esto se vé, tenedle recluso en vuestra
posada, señor compadre. Que me place, respondió el barbero; y
aquí vienen tres todos juntos: la Araucana de don Alonso de
Ercilla; la Austríada de don Juan Rufo, jurado de Córdoba y el
Montserrat de Cristóbal de Virues, poeta valenciano. Todos estos
tres libros, dijo el cura, son los mejores que en verso heroico,
en lengua castellana están escritos, y pueden competir con los
más famosos de Italia: guárdense como las más ricas prendas de
poesía que tiene España. Cansóse el cura de ver más libros, y
así a carga cerrada, quiso que todos los demás se quemasen; pero
ya tenía abierto uno el barbero que se llamaba Las lágrimas de
Angélica. Lloráralas yo, dijo el cura en oyendo el nombre, si
tal libro hubiera mandado quemar, porque su autor fue uno de los
famosos poetas del mundo, no sólo de España, y fue felicísimo en
la traducción de algunas fábulas de Ovidio.     

   Capítulo séptimo

     De la segunda salida de nuestro buen caballero D. Quijote
de la Mancha

     Estando en esto, comenzó a dar voces Don Quijote, diciendo:
aquí, aquí, valerosos caballeros, aquí es menester mostrar la
fuerza de vuestros valerosos brazos, que los cortesanos llevan
lo mejor del torneo. Por acudir a este ruido y estruendo no se
pasó adelante con el escrutinio de los demás libros que
quedaban, y así se cree que fueron al fuego sin ser vistos ni
oídos, la Carolea y León de España, con los Hechos del
emperador, compuestos por don Luis de Avila, que sin duda debían
de estar entre los que quedaban, y quizá, si el cura los viera,
no pasaran por tan rigurosa sentencia. Cuando llegaron a Don
Quijote, ya él estaba levantado de la cama, y proseguía en sus
voces y en sus desatinos, dando cuchilladas y reveses a todas
partes, estando tan despierto como si nunca hubiera dormido.
Abrazáronse con él, y por fuerza le volvieron al lecho; y
después que hubo sosegado un poco, volviéndose a hablar con el
cura, le dijo: por cierto, señor Arzobispo Turpin, que es gran
mengua de los que nos llamamos doce Pares dejar tan sin más ni
más llevar la victoria de este torneo a los caballeros
cortesanos, habiendo nosotros los aventureros ganado el prez, en
los tres días antecedentes. Calle vuestra merced, señor
compadre, dijo el cura, que Dios será servido que la suerte se
mude, y que lo que hoy se pierde se gane mañaa; y atienda
vuestra merced a su salud por ahora, que me parece que debe de
estar demasiadamente cansado, si ya no es que está mal ferido.
Ferido no, dijo Don Quijote; pero molido y quebrantado no hay
duda en ello, porque aquel astardo de don Roldán me ha molido a
palos con el tronco de una encina, y todo de envidia, porque ve
que yo solo soy el opuesto de sus valentías; mas no me llamaría
yo Reinaldos de Montalbán, si en levantándome de este lecho no
me lo pagare, a pesar de todos sus encantamientos; y por ahora
tráigame de yantar, que sé que es lo que más me hará al caso, y
quédese lo del vengarme a mi cargo. Hiciéronlo así, diéronle de
comer, y quedóse otra vez dormido, y ellos admirados de su
locura.

     Aquella noche quemó y abrasó el ama cuantos libros había en
el corral y en toda la casa, y tales debieron de arder, que
merecían guardarse en perpetuos archivos; mas no lo permitió su
suerte y la pereza del escrutinador, y así se cumplió el refrán
en ellos, de que pagan a veces justos por pecadores. Uno de los
remedios que el cura y el barbero dieron por entonces para el
mal de su amigo, fue que le murasen y tapiasen el aposento de
los libros, porque cuando se levantase no los hallase (quizá
quitando la causa cesaría el efecto), y que dijesen que uun
encantador se los había llevado, y el aposento y todo. Y así fue
hecho con mucha presteza.  De allí a dos días se levantó Don
Quijote, y lo primero que hizo fue ir a ver sus libros; y como
no hallaba el aposento donde le había dejado, andaba de una a
otra parte buscándole. Llegaba adonde solía tener la puerta, y
tentábala con las manos, y volvía y revolvía los ojos sin decir
palabra; pero al cabo de una buena pieza, preguntó a su ama que
hacía qué parte estaba el aposento de sus libros. El ama, que ya
estaba bien advertida de lo que había de responder, le dijo:
¿qué aposento, o qué anda buscando vuestra merced? Ya no hay
aposento ni libros en esta casa porque todo se lo llevó el mismo
diablo. No era el diablo, replicó la sobrina, sino un encantador
que vino sobre una nube una noche después del día que vuestra
merced de aquí se partió, y apeándose de una sierpe en que venía
caballero, entró en el aposento; y no sé lo que hizo dentro, que
a cabo de poca pieza salió volando por el tejado, y dejó la casa
llena de humo; y cuando acordamos a mirar lo que dejaba hecho,
no vimos libros ni aposento alguno; sólo se nos acuerda muy bien
a mí y al ama, que al tiempo de partirse aquel mal viejo, dijo
en altas voces, que por enemistad secreta que tenía al dueño de
aquellos libros y aposento, dejaba hecho el daño en aquella casa
que después se vería; dijo también qeu se llamaba el sabio
Muñatón. Fristón diría, dijo Don Quijote. No sé, respondió el
ama, si se llamaba Frestón o Fritón; sólo sé que acabó en ton su
nombre. Así es, dijo Don Quijote, que ese es un sabio
encantador, grande enemigo mío, que me tiene ojeriza porque
sabe, por sus artes y letras, que tengo de venir, andando los
tiempos, a pelear en singular batalla con un caballero a quien
él favorece, y le tengo de vencer sin que él lo pueda estorbar,
y por esto procura hacerme todos los sinsabores que puede; y
mándole yo, qué mal podrá él contradecir ni evitar lo que por el
cielo está ordenado. ¿Quién duda de eso? dijo la sobrina. Pero
¿quién le mete a vuestra merced, señor tío, en esas pendencias?
¿No será mejor estarse pacífico en su casa, y no irse por el
mundo a buscar pan de trastrigo, sin considerar que muchos van
por lana y vuelven trasquilados? ¡Oh, sobrina mía, respondió Don
Quijote, y cuán mal que estás en la cuenta! Primero que a mí me
trasquilen, tendré peladas y quitadas las barbas a cuantos
imaginaren tocarme en la punta de un solo cabello. No quisieron
las dos replicarle más, porque vieron que se le encendía la
cólera. Es, pues, el caso que él estuvo quince días en casa muy
sosegado, sin dar muestras de querer secundar sus primeros
devaneos, en los cuales días pasó graciosísimos cuentos con sus
dos compadres el cura y el barbero, sobre que él decía que la
cosa de que más necesidad tenía el mundo era de caballeros
andantes, y de que en él se resucitase la caballería andantesca.
El cura algunas veces le contradecía y otras concedía, porque si
no guardaba este artificio, no había poder averiguarse con él.
En este tiempo solicitó Don Quijote a un labrador vecino suyo,
hombre de bien (si es que ese título se puede dar al que es
pobre), pero de muy poca sal en la mollera. En resolución, tanto
le dijo, tanto le persuadió y prometió, que el pobre villano se
determinó de salir con él y servirle de escudero. Decíale entre
otras cosas Don Quijote, que se dispusiese a ir con él de buena
gana, porque tal vez le podía suceder aventura que ganase en
quítame allá esas pajas, alguna ínsula, y le dejase a él por
gobernador de ella. Con estas promesas y otras tales, Sancho
Panza (que así se llamaba el labrador) dejó su mujer e hijos, y
asentó por escudero de su vecino. Dió luego Don Quijote orden en
buscar dineros; y vendiendo una cosa, y empeñando otra, y
malbaratándolas todas, allegó una razonable cantidad. Acomodóse
asimismo de una rodela que pidió prestada a un su amigo, y
pertrechando a su rota celada lo mejor que pudo, avisó a su
escudero Sancho del día y la hora que pensaba ponerse en camino,
para que él se acomodase de lo que viese que más le era
menester; sobre todo, le encargó que llevase alforjas. El dijo
que sí llevaría, y que asimismo pensaba llevar un asno que tenía
muy bueno, porque él no estaba ducho a andar mucho a pie. En lo
del asno reparó un poco Don Quijote, imaginando si se le
acordaba si algún caballero andante había traido escudero
caballero asnalmente; pero nunca le vino alguno a la memoria;
mas con todo esto, determinó que le llevase, con presupuesto de
acomodarle de más honrada caballería en habiendo ocasión para
ello, quitándole el caballo al primer descortés caballero que
topase. Proveyóse de camisas y de las demás cosas que él pudo,
conforme al consejo que el ventero le había dado.

  Todo lo cual hecho y cumplido, sin despedirse Panza de sus
hijos y mujer, ni Don Quijote de su ama y sobrina, una noche se
salieron del lugar sin que persona los viese, en la cual
caminaron tanto, que al amanecer se tuvieron por seguros de que
no los hallarían aunque les buscasen. Iba Sancho Panza sobre su
jumento como un patriarca, con sus alforjas y su bota, y con
mucho deseo de verse ya gobernador de la ínsula que su amo le
había prometido. Acertó Don Quijote a tomar la misma derrota y
camino que el que él había antes tomado en su primer viaje, que
fue por el Campo de Montiel, por el cual caminaba con menos
pesadumbre que la vez pasada, porque por ser la hora de lamañana
y herirles a soslayo los rayos del sol, no les fatigaban. Dijo
en esto Sancho Panza a su amo: mire vuestra merced, señor
caballero andante, que no se le olvide lo que de la ínsula me
tiene prometido, que yo la sabré gobernar por grande que sea. A
lo cual le respondió Don Quijote: has de saber, amigo Sancho
Panza, que fue costumbre muy usada de los caballeros andantes
antiguos hacer gobernadores a sus escuderos de las ínsulas o
reinos que ganaban; y yo tengo determinado de que por mí no
falte tan agradecida usanza; antes pienso aventajarme en ella,
porque ellos algunas veces, y quizá las más, esperaban a que sus
escuderos fuesen viejos, y ya después de hartos de servir, y de
llevar malos días y peores noches, les daban algún título de
conde; o por lo menos de marqués de algún valle o provincia de
poco más o menos; pero si tú vives y yo vivo, bien podría ser
que antes de seis días ganase yo tal reino, que tuviese otros a
él adherentes, que viniesen de molde para coronarte por rey de
uno de ellos. Y no lo tengas a mucho, que cosas y casos
acontecen a los tales caballeros, por modos tan nunca vistos ni
pensados, que con facilidad te podría dar aún más de lo que te
prometo. De esa manera, respondió Sancho Panza, si yo fuese rey
por algún milagro de los que vuestra merced dice, por lo menos
Juana Gutiérrez, mi oislo, vendría a ser reina y mis hijos
infantes. ¿Pues quién lo duda? respondión Don Quijote. Yo lo
dudo, respondió Sancho Panza, porque tengo para mí que aunque
lloviese Dios reinos sobre la tierra, ninguno asentaría bien
sobre la cabeza de Mari Gutiérrez. Sepa, señor, que no vale dos
maravedís para reina; condesa le caerá mejor, y aún Dios y
ayuda. Encomiéndalo tú a Dios, Sancho, respondió Don Quijote,
que él le dará lo que más le conventa; pero no apoques tu ánimo
tanto que te vengas a contentar con menos que con ser
adelantado. No haré, señor mío, respondió Sancho, y más teniendo
tan principal amo en vuestra merced, que me sabrá dar todo
aquello que me esté bien y yo pueda llevar.


     Capítulo octavo

     Del buen suceso que el valeroso Don Quijote tuvo en la
espantable y 
     jamás imaginada aventura de los molinos de viento, con
otros sucesos 
     dignos de felice recordación

     En esto descubrieron treinta o cuarenta molinos de viento
que hay en aquel campo, y así como Don Quijote los vió, dijo a
su escudero: la ventura va guiando nuestras cosas mejor de lo
que acertáramos a desear; porque ves allí, amigo Sancho Panza,
donde se descubren treinta o poco más desaforados gigantes con
quien pienso hacer batalla, y quitarles a todos las vidas, con
cuyos despojos comenzaremos a enriquecer: que esta es buena
guerra, y es gran servicio de Dios quitar tan mala simiente de
sobre la faz de la tierra. ¿Qué gigantes? dijo Sancho Panza.

     Aquellos que allí ves, respondió su amo, de los brazos
largos, que los suelen tener algunos de casi dos leguas. Mire
vuestra merced, respondió Sancho, que aquellos que allí se
parecen no son gigantes, sino molinos de viento, y lo que en
ellos parecen brazos son las aspas, que volteadas del viento
hacen andar la piedra del molino. Bien parece, respondió Don
Quijote, que no estás cursado en esto de las aventuras; ellos
son gigantes, y si tienes miedo quítate de ahí, y ponte en
oración en el espacio que yo voy a entrar con ellos en fiera y
desigual batalla. Y diciendo esto, dio de espuelas a su caballo
Rocinante, sin atender a las voces que su escudero Sancho le
daba, advirtiéndole que sin duda alguna eran molinos de viento,
y no gigantes aquellos que iba a acometer. Pero él iba tan
puesto en que eran gigantes, que ni oía las voces de su escudero
Sancho, ni echaba de ver, aunque estaba ya bien cerca, lo que
eran; antes iba diciendo en voces altas: non fuyades, cobardes y
viles criaturas, que un solo caballero es el que os acomete.
Levantóse en esto un poco de viento y las grandes aspas
comenzaron a moverse, lo cual visto por Don Quijote, dijo: pues
aunque mováis más brazos que los del gigante Briareo, me lo
habéis de pagar.

     Y en diciendo esto, y encomendándose de todo corazón a su
señora Dulcinea, pidiéndole que en tal trance le socorriese,
bien cubierto de su rodela, con la lanza en ristre, arremetió a
todo el galope de Rocinante, y embistió con el primer molino que
estaba delante; y dándole una lanzada en el aspa, la volvió el
viento con tanta furia, que hizo la lanza pedazos, llevándose
tras sí al caballo y al caballero, que fue rodando muy maltrecho
por el campo. Acudió Sancho Panza a socorrerle a todo el correr
de su asno, y cuando llegó, halló que no se podía menear, tal
fue el golpe que dio con él Rocinante. ¡Válame Dios! dijo
Sancho; ¿no le dije yo a vuestra merced que mirase bien lo que
hacía, que no eran sino molinos de viento, y no los podía
ignorar sino quien llevase otros tales en la cabeza? Calla,
amigo Sancho, respondió Don Quijote, que las cosas de la guerra,
más que otras, están sujetas a continua mudanza, cuanto más que
yo pienso, y es así verdad, que aquel sabio Frestón, que me robó
el aposento y los libros, ha vuelto estos gigantes en molinos
por quitarme la gloria de su vencimiento: tal es la enemistad
que me tiene; mas al cabo al cabo han de poder poco sus malas
artes contra la voluntad de mi espada. Dios lo haga como puede,
respondió Sancho Panza. Y ayudándole a levantar, tornó a subir
sobre Rocinante, que medio despaldado estaba; y hablando en la
pasada aventura, siguieron el camino del puerto Lápice, porque
allí decía Don Quijote que no era posible dejar de hallarse
muchas y diversas aventuras, por ser lugar muy pasajero; sino
que iba muy pesaroso por haberle faltado la lanza y diciéndoselo
a su escudero, dijo: yo me acuerdo haber leído que un caballero
español, llamado Diego Pérez de Vargas, habiéndosele en una
batalla roto la espada, desgajó de una encina un pesado ramo o
tronco, y con él hizo tales cosas aquel día, y machacó tantos
moros, que le quedó por sobrenombre Machuca, y así él, como sus
descendientes, se llamaron desde aquel día en adelante Vargas y
Machuca. Hete dicho esto, porque de la primera encina o roble
que se me depare, pienso desgajar otro tronco tal y bueno como
aquel, que me imagino y pienso hacer con él tales hazañas, que
tú te tengas por bien afortunado de haber merecido venir a
verlas, y aser testigo de cosas que apenas podrán ser creídas. A
la mano de Dios, dijo Sancho, yo lo creo todo así como vuestra
merced lo dice; pero enderécese un poco, que parece que va de
medio lado, y debe de ser del molimiento de la caída. Así es la
verdad, respondió Don Quijote; y si no me quejo del dolor, es
porque no es dado a los caballeros andantes quejarse de herida
alguna, aunque se le salgan las tripas por ella. Si eso es así,
no tengo yo que replicar, respondió Sancho; pero sabe Dios si yo
me holgara que vuestra merced se quejara cuando alguna cosa le
doliera. De mí sé decir, que me he de quejar del más pequeño
dolor que tenga, si ya no se entiende también con los escuderos
de los caballeros andantes eso del no quejarse.

     No se dejó de reír Don Quijote de la simplicidad de su
escudero; y así le declaró que podía muy bien quejarse, como y
cuando quisiese, sin gana o con ella, que hasta entonces no
había leído cosa en contrario en la orden de caballería. Díjole
Sancho que mirase que era hora de comer. Respondióle su amo que
por entonces no le hacía menester; que comiese él cuando se le
antojase. Con esta licencia se acomodó Sancho lo mejor que pudo
sobre su jumento, y sacando de las alforjas lo que en ellas
había puesto, iba caminando y comiendo detrás de su amo muy
despacio, y de cuando en cuando empinaba la bota con tanto
gusto, que le pudiera envidiar el más regalado bodegonero de
Málaga. Y en tanto que él iba de aquella manera menudeando
tragos, no se le acordaba de ninguna promesa que su amo le
hubiese hecho, ni tenía por ningún trabajo, sino por mucho
descanso, andar buscando las aventuras por peligrosas que
fuesen. En resolución, aquella noche la pasaron entre unos
árboles, y del uno de ellos desgajó Don Quijote un ramo seco,
que casi le podía servir de lanza, y puso en él el hierro que
quitó de la que se le había quebrado. Toda aquella noche no
durmió Don Quijote, pensando en su señora Dulcinea, por
acomodarse a lo que había leído en sus libros, cuando los
caballeros pasaban sin dormir muchas noches en las florestas y
despoblados, entretenidos en las memorias de sus señoras.

     No la pasó así Sancho Panza, que como tenía el estómago
lleno, y no de agua de chicoria, de un sueño se la llevó toda, y
no fueran parte para despertarle, si su amo no le llamara, los
rayos del sol que le daban en el rostro, ni el canto de las
aves, que muchas y muy regocijadamente la venida del nuevo día
saludaban. Al levantarse dio un tiento a la bota, y hallóla algo
más flaca que la noche antes, y afligiósele el corazón por
parecerle que no llevaban camino de remediar tan presto su
falta. No quiso desayunarse Don Quijote porque como está dicho,
dio en sustentarse de sabrosas memorias.

     Tornaron a su comenzado camino del puerto Lápice, y a hora
de las tres del día le descubrieron. Aquí, dijo en viéndole Don
Quijote, podemos, hermano Sancho Panza, meter las manos hasta
los codos en esto que llaman aventuras, mas advierte que, aunque
me veas en los mayores peligros del mundo, no has de poner mano
a tu espada para defenderme, si ya no vieres que los que me
ofenden es canalla y gente baja, que en tal caso bien puedes
ayudarme; pero si fueren caballeros, en ninguna manera te es
lícito ni concedido por las leyes de caballería que me ayudes,
hasta que seas armado caballero. Por cierto, señor, respondió
Sancho, que vuestra merced será muy bien obedecido en esto, y
más que yo de mío me soy pacífico y enemigo de meterme en ruidos
y pendencias; bien es verdad que en lo que tocare a defender mi
persona no tendré mucha cuenta con esas leyes, pues las divinas
y humanas permiten que cada uno se defienda de quien quisiere
agraviarle. No digo yo menos, respondió Don Quijote; pero en
esto de ayudarme contra caballeros, has de tener a raya tus
naturales ímpetus. Digo que sí lo haré, respondió Sancho, y que
guardaré ese precepto tan bien como el día del domingo. Estando
en estas razones, asomaron por el camino dos frailes de la orden
de San Benito, caballeros sobre dos dromedarios, que no eran más
pequeñas dos mulas en que venían. Traían sus anteojos de camino
y sus quitasoles. Detrás de ellos venía un coche con cuatro o
cinco de a caballo que les acompañaban, y dos mozos de mulas a
pie. Venía en el coche, como después se supo, una señora
vizcaína que ia a Sevilla, donde estaba su marido que pasaba a
las Indias con muy honroso cargo. No venían los frailes con
ella, aunque iban el mismo camino; mas apenas los divisó Don
Quijote, cuando dijo a su escudero: o yo me engaño, o esta ha de
ser la más famosa aventura que se haya visto, porque aquellos
bultos negros que allí parecen, deben ser, y son sin duda,
algunos encantadores que llevan hurtada alguna princesa en aquel
coche, y es menester deshacer este tuerto a todo mi poderío.
Peor será esto que los molinos de viento, dijo Sancho. Mire
señor, que aquellos son frailes de San Benito, y el coche debe
de ser de alguna gente pasajera: mire que digo que mire bien lo
que hace, no sea el diablo que le engañe. Ya te he dicho,
Sancho, respondió Don Quijote, que sabes poco de achaques de
aventuras: lo que yo digo es verdad, y ahora lo verás. Y
diciendo esto se adelantó, y se puso en la mitad del camino por
donde los frailes venían, y en llegando tan cerca que a él le
pareció que le podían oír lo que dijese, en alta voz dijo: gente
endiablada y descomunal, dejad luego al punto las altas
princesas que en ese coche lleváis forzadas, si no, aparejáos a
recibir presta muerte por justo castigo de vuestras malas obras.

     Detuvieron los frailes las riendas, y quedaron admirados,
así de la figura de Don Quijote, como de sus razones; a las
cuales respondieron: señor caballero, nosotros no somos
endiablados ni descomunales, sino dos religiosos de San Benito,
que vamos a nuestro camino, y no sabemos si en este coche vienen
o no ningunas forzadas princesas. Para conmigo no hay palabras
blandas, que ya yo os conozco, fementida canalla, dijo Don
Quijote. Y sin esperar más respuesta, picó a Rocinante, y la
lanza baja arremetió contra el primer fraile con tanta furia y
denuedo, que si el fraile no se dejara caer de la mula, él le
hiciera venir al suelo mal de su grado, y aun mal ferido si no
cayera muerto. El segundo religioso, que vio del modo que
trataban a su compañero, puso piernas al castillo de su buena
mula, y comenzó a correr por aquella campaña más ligero que el
mismo viento. Sancho Panza que vio en el suelo al fraile,
apeándose ligeramente de su asno, arremetió a él y le comenzó a
quitar los hábitos. Llegaron en esto dos mozos de los frailes, y
preguntáronle que por qué le desnudaba. Respondióles Sancho que
aquello le tocaba a él legítimamente, como despojos de la
batalla que su señor Don Quijote había ganado. Los mozos, que no
sabían de burla, ni entendían aquello de despojos ni batallas,
viendo que ya Don Quijote estaba desviado de allí, hablando con
las que en el coche venían, arremetieron con Sancho, y dieron
con él en el suelo; y sin dejarle pelo en las barbas le molieron
a coces y le dejaron tendido en el suelo sin aliento ni sentido:
y sin detenerse un punto, tornó a subir el fraile, todo temeroso
y acobardado y sin color en el rostro y cuando se vio a caballo
picó tras su compañero, que un buen espacio de allí le estaba
aguardando, y esperando en qué paraba aquel sobresalto; y sin
querer aguardar el fin de todo aquel comenzado suceso, siguieron
su camino haciéndose más cruces que si llevaran el diablo a las
espaldas. Don Quijote estaba, como se ha dicho, hablando con la
señora del coche, diciéndole: la vuestra fermosura, señora mía,
puede facer de su persona lo que más le viniera en talante,
porque ya la soberbia de vuestros robadores yace por el suelo
derribada por este mi fuerte brazo; y porque no penéis por saber
el nombre de vuestro libertador, sabed que yo me llamo Don
Quijote de la Mancha, caballero andante y aventurero, y cautivo
de la sin par y hermosa doña Dulcinea del Toboso; y en pago del
beneficio que de mí habéis recibido o quiero otra cosa sino que
volváis al Toboso, y que de mi parte os presentéis ante esta
señora, y le digáis lo que por vuestra libertad he fecho. Todo
esto que Don Quijote decía, escuchaba un escudero de los que el
coche acompañaban, que era vizcaíno; el cual, viendo que no
quería dejar pasar el coche adelante, sino que decía que luego
había de dar la vuelta al Toboso, se fue para Don Quijote, y
asiéndole de la lanza le dijo en mala lengua castellana, y peor
vizcaína, de esta manera: anda, caballero, que mal andes; por el
Dios que crióme, que si no dejas coche, así te matas como estás
ahí vizcaíno. Entendióle muy bien Don Quijote, y con mucho
sosiego le respondió: si fueras caballero, como no lo eres, ya
yo hubiera castigado tu sandez y atrevimiento, cautiva criatura.
A lo cual replicó el vizcaíno: ¿yo no caballero? juro a Dios tan
mientes como cristiano; si lanza arrojas y espada sacas, el agua
cuán presto verás que el gato llevas; vizcaíno por tierra,
hidalgo por mar, hidalgo por el diablo; y mientes, que mira si
otra dices cosa. Ahora lo veredes, dijo Agraves, respondió Don
Quijote; y arrojando la lanza en el suelo, sacó su espada y
embrazó su rodela, y arremetió al vizcaíno con determinación de
quitarle la vida.

     El vizcaíno, que así le vio venir, aunque quisiera apearse
de la mula, que por ser de las malas de alquiler, no había que
fiar en ella, no pudo hacer otra cosa sino sacar su espada; pero
avínole bien que se halló junto al coche, de donde pudo tomar
una almohada que le sirvió de escudo, y luego fueron el uno para
el otro, como si fueran dos mortales enemigos. La demás gente
quisiera ponerlos en paz; mas no pudo, porque decía el vizcaíno
en sus mal trabadas razones, que si no le dejaban acabar su
batalla, que él mismo había de matar a su ama y a toda la gente
que se lo estorbase. La señora del coche, admirada y temerosa de
lo que veía, hizo al cochero que se desviase de allí algún poco,
y desde lejos se puso a mirar la rigurosa contienda, en el
discurso de la cual dio el vizcaíno una gran cuchillada a Don
Quijote encima de un hombro por encima de la rodela, que a
dársela sin defensa, le abriera hasta la cintura. Don Quijote,
que sintió la pesadumbre de aquel desaforado golpe, dio una gran
voz, diciendo: ¡oh señora de mi alma, Dulcinea, flor de la
fermosura, socorred a este vuestro caballero, que por satisfacer
a la vuestra mucha bondad, en este riguroso trance se halla! El
decir esto, y el apretar la espada, y el cubrirse bien de su
rodela, y el arremeter al vizcaíno, todo fue en un tiempo,
llevando determinación de aventurarlo todo a la de un solo
golpe. El vizcaíno, que así le vio venir contra él, bien
entendió por su denuedo su coraje, y determinó hacer lo mismo
que Don Quijote: y así le aguardó bien cubierto de su almohada,
sin poder rodear la mula a una ni a otra parte, que ya de puro
cansada, y no hecha a semejantes niñerías, no podía dar un paso.
Venía, pues, como se ha dicho, Don Quijote contra el cauto
vizcaíno con la espada en alto, con determinación de abrirle por
medio, y el vizcaíno le aguardaba asimismo, levantada la espada
y aforrado con su almohada, y todos los circunstantes estaban
temerosos y colgados de lo que había de suceder de aquellos
tamaños golpes con que se amenazaban, y la señora del coche y
las demás criadas suyas estaban haciendo mil votos y
ofrecimientos a todas las imágenes y casas de devoción de
España, porque Dios librase a su escudero y a ellas de aquel tan
grande peligro en que se hallaban. Pero está el daño de todo
esto, que en este punto y término deja el autor de esta historia
esta batalla, disculpándose que no halló más escrito destas
hazañas de Don Quijote, de las que deja referidas. Bien es
verdad que el segundo autor de esta obra no quiso creer que tan
curiosa historia estuviese entregada a las leyes del olvido, ni
que hubiesen sido tan poco curiosos los ingenios de la Mancha
que no tuviesen en sus archivos o en sus escritorios algunos
papeles que de este famoso caballero tratasen; y así, con esta
imaginación, no se desesperó de hallar el fin de esta apacible
historia, el cual, siéndole el cielo favorable, le halló del
modo que se contará en el siguiente capítulo.


     Capítulo noveno

     Donde se concluye y da fin a la estupenda batalla que el
gallardo vizcaíno y 
     el valiente manchego tuvieron


     Dejamos en el anterior capítulo al valeroso vizcaíno y al
famoso Don Quijote con las espadas altas y desnudas, en guisa de
descargar dos furibundos fendientes, tales que si en lleno se
acertaban, por lo menos se dividirían y henderían de arriba
abajo, y abrirían como una granada, y que en aquel punto tan
dudoso paró y quedó destroncada tan sabrosa historia, sin que
nos diese noticia su autor dónde se podría hallar lo que de ella
faltaba. Causóme esto mucha pesadumbre, porque el gusto de haber
leido tan poco, se volvía en disgustos de pensar el mal camino
que se ofrecía para hallar lo mucho que a mi parecer faltaba de
tan sabroso cuento. Parecióme cosa imposible y fuera de toda
buena costumbre, que a tan buen caballero le hubiese faltado
algún sabio que tomara a cargo en escribir sus nunca vistas
hazañas; cosa que no faltó a ninguno de los caballeros andantes,
de los que dicen las gentes que van a sus aventuras: porque cada
uno de ellos tenía uno o dos sabios como de molde, que no
solamente escribían sus hechos, sino que pintaban sus más
mínimos pensamientos y niñerías por más escondidas que fuesen; y
no había de ser tan desdichado tan buen caballero, que le
faltase a él lo que sobró a Platir y a otros semejantes. Y así
no podía inclinarme a creer que tan gallarda historia hubiese
quedado manca y estropeada, y echada la culpa a la malignidad
del tiempo, devorador y consumidor de todas las cosas, el cual o
la tenía oculta o consumida. Por otra parte, me parecía que pues
entre sus libros se habían hallado tan modernos como Desengaño
de celos, y Ninfas y pastores de Henares, que tambíen su
historia debía de ser moderna, y que ya que no estuviese
escrita, estaría en la memoria de la gente de su aldea y de las
a ellas circunvecinas. Esta imaginación me traía confuso y
deseoso de saber real y verdaderamente toda la vida y milagros
de nuestro famoso español Don Quijote de la Mancha, luz y espejo
de la caballería manchega, y el primero que en nuestra edad y en
estos tan calamitosos tiempos se puso al trabajo y ejercicio de
las andantes armas, y el de desfacer agravios, socorrer viudas,
amparar doncellas, de aquellas que andaban con sus azotes y
palafrenes, y con toda su virginidad a cuestas, de monte en
monte y de valle en valle; que si no era que algún follón, o
algún villano de hacha y capellina, o algún descomunal gigante
las forzaba, doncella hubo en los pasados tiempos que al cabo de
ochenta años, que en todos ellos no durmió un día debajo de
tejado, se fue tan entera a la sepultura como la madre que la
había parido. Digo, pues, que por estos y otros muchos respetos
es digno nuestro gallardo Don Quijote de continuas y memorables
alabanzas, y aun a mí no se me deben negar, por el trabajo y
diligencia que puse en buscar el fin de esta agradable historia;
aunque bien sé que si el cielo, el caso y la fortuna no me
ayudaran, el mundo quedara falto y sin el pasatiempo y gusto,
que bien casi dos horas podrá tener el que con atención la
leyere. Pasó, pues, el hallarla en esta manera: estando yo un
día en el Alcaná de Toledo, llegó un muchacho a vender unos
cartapacios y papeles viejos a un sedero; y como soy aficionado
a leer, aunque sean los papeles rotos de las calles, llevado de
esta mi natural inclinación tomé un cartapacio de los que el
muchacho vendía; vile con caracteres que conocí ser arábigos, y
puesto que, aunque los conocía, no los sabía leer, anduve
mirando si parecía por allí algún morisco aljamiado que los
leyese; y no fue muy dificultoso hallar intérprete semejante,
pues aunque le buscara de otra mejor y más antigua lengua le
hallara. En fin, la suerte me deparó uno, que diciéndole mi
deseo, y poniéndole el libro en las manos le abrió por medio, y
leyendo un poco en él se comenzó a reír: preguntéle que de qué
se reía, y respondióme que de una cosa que tenía aquel libro
escrita en la margen por anotación. Díjele que me la dijese, y
él sin dejar la risa dijo: está, como he dicho, aquí en el
margen escrito esto: esta Dulcinea del Toboso, tantas veces, en
esta historia referida, dicen que tuvo la mejor mano para salar
puercos que otra mujer de toda la Mancha. Cuando yo oí decir
Dulcinea del Toboso, quedé atónito y suspenso, porque luego se
me representó que aquellos cartapacios conteían la historia de
Don Quijote. con esta imaginación le di priesa que leyese el
principio; y haciéndolo así, volviendo de improviso el arábigo
en castellano, dijo que decía: Historia de Don Quijote de la
Mancha, escrita por Cide Hamete Benengeli, historiador arábigo.

     Mucha discreción fue menester para disimular el contento
que recibí cuando llegó a mis oídos el título del libro; y
salteándosele al sedero, compré al muchacho todos los papeles y
cartapacios por medio real, que si él tuviera discreción, y
supiera que yo los deseaba, bien se pudiera prometer y llevar
más de seis reales de la compra. Apartéme luego con el morisco
por el claustro de la iglesia mayor, y roguéle me volviese
aquellos cartapacios, todos los que trataban de Don Quijote, en
lengua castellana, sin quitarles ni añadirles nada, ofreciéndole
la paga que él quisiese. Contentóse con dos arrobas de pasas y
dos fanegas de trigo, y prometió de traducirlos bien y
fielmente, y con mucha brevedad, pero yo, por facilitar más el
negocio y por no dejar de la mano tan buen hallazgo, le traje a
mi casa, donde en poco más de mes y medio la tradujo toda del
mismo modo que aquí se refiere. Estaba en el primer cartapacio
pintada muy al natural la batalla de Don Quijote con el
vizcaíno, puestos en la misma postura que la historia cuenta,
levantadas las espadas, el uno cubierto de su rodela, el otro de
la almohada, y la mula del vizcaíno tan al vivo, que estaba
mostrando ser de alquiler a tiro de ballesta. Tenía a los pies
el vizcaíno un título que decía: Don Sancho de Azpeitia que sin
duda debía de ser su nombre, y a los pies de Rocinante estaba
otro, que decía: Don Quijote: estaba Rocinante maravillosamente
pintado, tan largo y tendido, tan atenuado y flaco, con tanto
espinazo, tan hético confirmado, que mostraba bien al
descubierto con cuánta advertencia y propiedad se le había
puesto el nombre de Rocinante. Junto a él estaba Sancho Panza,
que teía del cabestro a su asno, a los pies del cual estaba otro
rótulo, que decía: Sancho Zancas; y debía de ser que tenía, a lo
que mostraba la pintura, la barriga grande, el talle corto, y
las zancas largas, y por esto se le debió de poner nombre de
Panza y Zancas, que con estos dos sobrenombres se le llama
algunas veces la historia. Otras algunas menudencias había que
advertir; pero todas son de poca importancia y que no hacen al
caso a la verdadera relación de la historia, que ninguna es mala
como sea verdadera.

     Si a esta se le puede poner alguna objeción acerca de su
verdad, no podrá ser otra sino haber sido su autor arábigo,
siendo muy propio de los de aquella nación ser mentirosos aunque
por ser tan nuestros enemigos, antes se puede entender haber
quedado falto en ella que demasiado: y así me parece a mí, pues
cuando pudiera y debiera extender la pluma en las alabanzas de
tan buen caballero, parece que de industria las pasa en
silencio; cosa mal hecha y peor pensada, habiendo y debiendo ser
los historiadores puntuales, verdaderos y no nada apasionados, y
que ni el interés ni el miedo, el rencor ni la afición, no les
haga torcer del camino de la verdad, cuya madre es la historia,
émula del tiempo, depósito de las acciones, testigo de lo
pasado, ejemplo y aviso de lo presente, advertencia de lo
porvenir. En esta sé que se hallará todo lo que se acertare a
desear en la más apacible; y si algo bueno en ella faltare, para
mí tengo que fue por culpa del galgo de su autor, antes que por
falta del sujeto.

     En fin, su segunda parte siguiendo la traducción,
continuaba de esta manera: puestas y levantadas en alto las
cortadoras espadas de los dos valerosos y enojados combatientes,
no parecía sino que estaban amenazando al cielo, a la tierra y
al abismo: tal era el denuedo y continente que tenían. Y el
primero que fue a descargar el golpe fue el colérico vizcaíno,
el cual fue dado con tanta fuerza y tanta furia, que a no
volvérsele la espada en el camino, aquel solo golpe fuera
bastante para dar fin a su rigurosa contienda, y a todas las
aventuras de nuestro caballero; mas la buena suerte, que para
mayores cosas le tenía guardado, torció la espada de su
contrario, de modo que aunque le acertó en el hombro izquierdo,
no le hizo otro daño qeu desarmarle todo aquel lado, llevándole
de camino gran parte de la celada con la mitad de la oreja, que
todo ello con espantosa ruina vino al suelo, dejándole muy
maltrecho. ¡Válame Dios, y quién será aquel que buenamente pueda
contar ahora la rabia que entró en el corazón de nuestro
manchego, viéndose parar de aquella manera! No se diga más, sino
que fue de manera que se alzó de nuevo en los estribos, y
apretando más la espada en las dos manos, con tal furia descargó
sobre el vizcaíno, acertándole de lleno sobre la almohada y
sobre la cabeza, que sin ser parte tan buena defensa, como si
cayera sobre él una montaña, comenzó a echar sangre por las
narices, y por la boca, y por los oídos, y a dar muestras de
caer de la mula abajo, de donde cayera sin duda, si no se
abrazara con el cuello; pero con todo eso sacó los pies de los
estribos, y luego soltó los brazos, y la mula espantada del
terrible golpe dio a correr por el campo, y a pocos corcovos dio
con su dueño en tierra. Estábaselo con mucho sosiego mirando Don
Quijote, y como lo vio caer, saltó de su caballo y con mucha
ligereza se llegó a él, y poniéndole la punta de la espada en
los ojos, le dijo que se rindiese; si no, que le cortaría la
cabeza.

     Estaba el vizcaíno tan turbado que no podía responder
palabra, y él lo pasara mal, según estaba ciego Don Quijote, si
las señoras del coche, que hasta entonces con gran desmayo
habían mirado la pendencia, no fueran adonde estaba y le
pidieran con mucho encarecimiento les hiciera tan grande merced
y favor de perdonar la vida a aquel su escudero; a lo cual Don
Quijote respondió con mucho entono y gravedad: por cierto,
fermosas señoras, yo soy muy contento de hacer lo que me pedís;
mas ha de ser con una condición y concerto, y es que este
caballero ma ha de prometer de ir al lugar del Toboso, y
presentarse de mi parte ante la sin par doña Dulcinea, para que
ella haga de él lo que más fuere de su voluntad. Las temerosas y
desconsoladas señoras, sin entrar en cuenta de lo que Don
Quijote pedía, y sin preguntar quién Dulcinea fuese, le
prometieron que el escudero haría todo aquello que de su parte
le fuese mandado: pues en fe de esa palabra, yo no le haré más
daño, puesto que me lo tenía bien merecido.

     

     Parte primera: Capítulo décimo

     De los graciosos razonamientos que pasaron entre D. Quijote
y Sancho 
     Panza su escudero.

    
     Ya en este tiempo se había levantado Sancho Panza algo
maltratado de los mozos de los frailes, y había estado atento a
la batalla de su señor Don Quijote, y rogaba a Dios en su
corazón fuese servido de darle victoria y que en ella ganase
alguna ínsula de donde le hiciese gobernador, como se lo había
prometido. Viendo, pues, ya acabada la pendencia, y que su amo
volvía a subir sobre Rocinante, llegó a tenerle el estribo, y
antes que subiese se hincó de rodillas delante de él, y
asiéndole de la mano, se la besó y le dijo: sea vuestra merced
servido, señor Don Quijote mío, de darme el gobierno de la
ínsula que en esta rigurosa pendencia se ha ganado, que por
grande que sea, yo me siento con fuerzas de saberla gobernar tal
y tan bien como otro que haya gobernado ínsulas en el mundo. A
lo cual respondió Don Quijote: advertid, hermano Sancho, que
esta aventura, y las a estas semejantes, no son aventuras de
ínsulas, sino de encrucijadas, en las cuales no se gana otra
cosa que sacar rota la cabeza, o una oreja menos; tened
paciencia, que aventuras se ofrecerán, donde no solamente os
pueda hacer gobernador, sino más adelante. Agradecióselo mucho
Sancho, y besándole otra vez la mano y la falda de la loriga, le
ayudó a subir sobre Rocinante, y él subió sobre su asno, y
comenzó a seguir a su señor, que a paso tirado, sin despedirse
ni hablar más con las del coche, se entró por un bosque que allí
junto estaba.

     Seguíale Sancho a todo trote de su jumento; pero caminaba
tanto Rocinante, que, viéndose quedar atrás, le fue forzoso dar
voces a su amo, que se aguardase. Hízolo así Don Quijote,
teniendo las riendas a Rocinante hasta que llegase su cansado
escudero, el cual en llegando le dijo: paréceme, señor, que
sería acertado irnos a retraer a alguna iglesia, que, según
quedó maltrecho aquel con quien combatisteis, no será mucho que
den noticia del caso a la Santa Hermandad, y nos prendan; y a fe
que si lo hacen, que primero que salgamos de la cárcel, que nos
ha de sudar el hopo. Calla, dijo Don Quijote. ¿Y dónde has visto
tú o leído jamás que caballero andante haya sido puesto ante la
justicia, por más homicidios que haya cometido? Yo no sé nada de
omecillos, respondió Sancho, ni en mi vida le caté a ninguno;
sólo sé que la Santa Hermandad tiene que ver con los que pelean
en el campo, y en esotro no me entremeto. Pues no tengas pena,
amigo, respondió Don Quijote, que yo te sacaré de las manos de
los caldeos, cuanto más de las de la Hermandad. Pero dime por tu
vida: ¿has tú visto más valeroso caballero que yo en todo lo
descubierto de la tierra? ¿Has leído en historias otro que tenga
ni haya tenido más brío en acometer, más aliento en el
perseverar, más destreza en el herir, ni más maña en el
derribar? La verdad sea, respondió Sancho, que yo no he leído
ninguna historia jamás, porque ni sé leer ni escribir; mas lo
que osaré apostar es que más atrevido amo que vuestra merced yo
no le he servido en todos los días de mi vida, y quiera Dios que
estos atrevimientos no se paguen donde tengo dicho. Lo que le
ruego a vuestra merced es que se cure, que se le va mucha sangre
de esa oreja, que aquí traigo hilas y un poco de ungüento blanco
en las alforjas.

     Todo esto fuera bien escusado, respondió Don Quijote, si a
mí se me acordara de hacer una redoma del bálsamo de Fierabrás,
que con sólo una gota se ahorraran tiempo y medicinas. ¿Qué
redoma y qué bálsamo es ese? dijo Sancho Panza. De un bálsamo,
respondió Don Quijote, de quien tengo la receta en la memoria,
con el cual no hay que tener temor a la muerte, ni hay que
pensar morir de ferida alguna; y así, cuando yo le haga y te le
dé, no tienes más que hacer sino que cuando vieres que en alguna
batalla me han partido por medio del cuerpo, como muchas veces
suele acontecer, bonitamente la parte del cuerpo que hubiere
caído en el suelo, y con mucha sutileza, antes que la sangre se
hiele, la pondrás sobre la otra mitad que quedare en la silla,
advirtiendo de encajallo igualmente y al justo. Luego me darás a
beber solos dos tragos del bálsamo que he dicho, y verásme
quedar más sano que una manzana. Si eso hay, dijo Panza, yo
renuncio desde aquí el gobierno de la prometida ínsula, y no
quiero otra cosa en pago de mis muchos y buenos servicios, sino
que vuestra merced me djé la receta de ese estremado licor, que
para mí tengo que valdrá la onza donde quiera más de dos reales,
y no he menester yo más para pasar esta vida honrada y
descansadamente; pero es de saber ahora si tiene mucha costa el
hacella. Con menos de tres reales se pueden hacer tres azumbres,
respondió Don Quijote. ¡Pecador de mí! replicó Sancho. ¿Pues a
qué aguarda vuestra merced a hacelle y a enseñármele? Calla,
amigo, respondió Don Quijote, que mayores secretos pienso
enseñarte, y mayores mercedes hacerte; y por ahora curémonos,
que la oreja me duele más de lo que yo quisiera.

     Sacó Sancho de las alforjas hilas y ungüento; mas cuando
Don Quijote llegó a ver rota su celada, pensó perder el juicio,
y puesta la mano en la espada y alzando los ojos al cielo, dijo:
yo hago juramento al criador de todas las cosas, y a los santos
cuatro Evangelios, donde más largamente están escritos, de hacer
la vida que hizo el grande marqués de Mantua, cuando juró de
vengar la muerte de su sobrino Baldovinos, que fue de no comer
pan a manteles, ni con su mujer folgar, y otras cosas, que,
aunque de ellas no me acuerdo, las doy aquí por espresadas,
hasta tomar entera venganza del que tal desaguisado me fizo.
Oyendo esto Sancho, le dijo: advierta vuestra merced, señor Don
Quijote, que si el caballero cumplió lo que se le dejó ordenado
de irse a presentar ante mi señora Dulcinea del Toboso, ya habrá
cumplido con lo que debía, y no merece otra pena si no comete
nuevo delito. Has hablado y apuntado muy bien, repondió Don
Quijote; y así anulo el juramento en lo que toca a tomar de él
nueva venganza; pero hágole y confírmole de nuevo de hacer la
vida que he dicho, hasta tanto que quite por fuerza otra celada
tal y tan buena como esta a algún caballero; y no pienses,
Sancho, que así, a humo de pajas, hago esto, que bien tengo a
quien imitar en ello, que esto mismo pasó al pie de la letra
sobre el yelmo del Mambrino, que tan caro le costó a Sacripante.
Que dé al diablo vuestra merced tales juramentos, señor mío,
replicó Sancho, que son muy en daño de la salud y muy en
perjuicio de la conciencia. Si no, dígame ahora si acaso en
muchos días no topamos hombre armado con celada, ¿qué hemos de
hacer? ¿Hase de cumplir el juramento a despecho de tantos
inconvenientes e incomodidades, como será el dormir vestido, y
el no dormir en poblado, y otras mil penitencias que contenía el
juramento de aquel loco viejo del marqués de Mantua, que vuestra
merced quiere revalidar ahora? Mire vuestra merced bien que por
todos estos caminos no andan hombres armados sino arrieros y
carreteros, que no sólo no traen celadas, pero quizá no las han
oído nombrar en todos los días de su vida. Engañaste en eso,
dijo Don Quijote, porque no habremos estado dos horas por estas
encrucijadas, cuando veamos más armados que los que vinieron
sobre Albraca a la conquista de Angélica la Bella. Alto, pues;
sea así, dijo Sancho y a Dios prazga que nos suceda bien, y que
se llegue ya el tiempo de ganar esa ínsula, que tan cara me
cuesta, y muérame yo luego. Ya te he dicho, Sancho, que no te dé
eso cuidado alguno, que cuando faltare ínsula, ahí está el reino
de Dinamarca, o el de Sobradisa, que te vendrán como anillo al
dedo, y más que, por ser en tierra firme, te debes de alegrar.
Pero dejemos esto para su tiempo, y mira si traes algo en esas
alforjas que comamos, porque vamos luego en busca de algún
castillo donde alojemos esta noche, y hagamos el bálsamo que te
he dicho, porque yo te voto a Dios que me va doliendo mucho la
oreja.

     Aquí trayo una cebolla y un poco de queso, y no sé cuántos
mendrugos de pan, dijo Sancho; pero no son manjares que
pertenecen a tan valiente caballero como vuestra merced. Que mal
lo entiendes, respondió Don Quijote: hágote saber, Sancho, que
es honra de los caballeros andantes no comer en un mes, y ya que
coman, sea de aquello que hallaren más a mano: y esto se te
hiciera cierto, si hubieras leído tantas historias como yo, que
aunque han sido muchas, en todas ellas no he hallado hecha
relación de que los caballeros andantes comiesen, si no era
acaso, y en algunos suntuosos banquetes que les hacían, y los
demás días se los pasaban en flores. Y aunque se deja entender
que no podían pasar sin comer y sin hacer todos los otros
menesteres naturales, porque en efecto eran hombres como
nosotros, has de entender también que, andando lo más del tiempo
de su vida por las florestas y despoblados, y sin cocinero, que
su más ordinaria comida sería de viandas rústicas, tales como
las que tú ahora me ofreces: así que, Sancho amigo, no te
congoje lo que a mí me da gusto, ni quieras tú hacer mundo
nuevo, ni sacar la caballería andante de sus quicios. Perdóneme
vuestra merced, dijo Sancho, que como yo no sé leer ni escribir,
como otra vez he dicho, no sé ni he caído en las reglas de la
profesión caballeresca; y de aquí adelante yo proveeré las
alforjas de todo género de fruta seca para vuestra merced, que
es caballero, y para mí las proveeré, pues no lo soy, de otras
cosas volátiles y de más sustancia. No digo yo, Sancho, replicó
Don Quijote, que sea forzoso a los caballeros andantes no comer
otra cosa que esas frutas que dices; sino que su más ordinario
sustento debía ser de ellas, y de algunas yerbas que hallaban en
los campos, que ellos conocían, y yo también conozco. Virtud es,
respondió Sancho, conocer esas yerbas, que según yo me voy
imaginando, algún día será menester usar de ese conocimiento.

     Y sacando en esto lo que dijo que traía, comieron los dos
en buena paz y compañía; pero deseosos de buscar donde alojar
aquella noche, acabaron con mucha brevedad su pobre y seca
comida. Subieron luego a caballo, y diéronse priesa por llegar a
poblado, antes que anocheciese; pero faltóles el sol y la
esperanza de alcanzar lo que deseaban junto a unas chozas de
unos cabreros, y así determinaron de pasar allí la noche que
cuanto fue de pesadumbre para Sancho no llegar a poblado, fue de
contento para su amo dormirla al cielo descubierto, por
parecerle que cada vez que esto le sucedía era hacer un acto
posesivo que facilitaba la prueba de su caballería.


     Parte primera: Capítulo undécimo

     De lo que sucedió a Don Quijote con unos cabreros

    
 Fue recogido de los cabreros con buen ánimo, y habiendo Sancho
lo mejor que pudo acomodado a Rocinante y a su jumento, se fue
tras el olor que despedían de sí ciertos tasajos de cabra que
hirviendo al fuego en un caldero estaban; y aunque él quisiera
en aquel mismo punto ver si estaban en sazón de trasladarlos del
caldero al estómago, lo dejó de hacer porque los cabreros los
quitaron del fuego, y tendiendo por el suelo unas pieles de
ovejas, aderezaron con mucha priesa su rústica mesa, y
convidaron a los dos, con muestras de muy buena voluntad, con lo
que tenían. Sentáronse a la redonda de las pieles seis de ellos,
que eran los que en la majada había, habiendo primero con
groseras ceremonias rogado a Don Quijote que se sentase sobre un
dornajo que vuelto al revés le pusieron. Sentóse Don Quijote, y
quedábase Sancho en pie para servirle la copa, que era hecha de
cuerno. Viéndole en pie su amo, le dijo: porque veas, Sancho, el
bien que en sí encierra la andante caballería, y cuán a pique
están los que en cualquiera ministerio de ella se ejercitan, de
venir brevemente a ser honrados y estimados del mundo, quiero
que aquí a mi lado, y en compañía de esta buena gente, te
sientes, y que seas una misma cosa conmigo que soy tu amo y
natural señor, que comas en mi plato y bebas por donde yo
bebiere; porque de la caballería andante se puede decir lo mismo
que del amor que se dice, que todas las cosas iguala. ¡Gran
merced! dijo Sancho; pero sé decir a vuestra merced, que como yo
tuviese bien de comer, tan bien y mejor me lo comería en pie y a
mis solas, como sentado a par de un emperador. Y aún si va a
decir verdad, mucho mejor me sabe lo que como en mi rincón sin
melindres sin respetos, aunque sea pan y cebolla, que los
gallipavos de otras mesas, donde me sea forzoso mascar despacio,
beber poco, limpiarme a menudo, no estornudar ni toser si me
viene gana, ni hacer otras cosas que la soledad y la libertad
traen consigo. Así que, señor mío, estas honras que vuestra
merced quiere darme, por ser ministro y adherente de la
caballería andante, como lo soy siendo escudero de vuestra
merced, conviértalas en otras cosas que me sean de más cómodo y
provecho; que estas, aunque las doy por bien recibidas, las
renuncio para desde aquí al fin del mundo. Con todo eso, te has
de sentar, porque a quien se humilla Dios le ensalza. Y
asiéndole por el brazo, le forzó a que junto a él se sentase. No
entendían los cabreros aquella jerigonza de escuderos y de
caballeros andantes, y no hacían otra cosa que comer y callar y
mirar a sus huéspedes, que con mucho donaire y gana embaulaban
tasajo como puño. Acabado el servicio de carne, tendieron sobre
las zaleas gran cantidad de bellotas avellanadas, y juntamente
pusieron un medio queso, más duro que si fuera hecho de
argamasa. No estaba en esto ocioso el cuerno, porque andaba a la
redonda tan a menudo, ya lleno, ya vacío, como arcaduz de noria,
que con facilidad vació un zaque de dos que estaban de
manifiesto. Después que Don Quijote hubo bien satisfecho su
estómago, tomó un puño de bellotas en la mano, y mirándolas
atentamente, soltó la voz a semejantes razones:

     ¡Dichosa edad y siglos dichosos aquellos a quien los
antiguos pusieron nombre de dorados, y no porque en ellos el
oro, que en esta nuestra edad de hierro tanto se estima, se
alcanzase en aquella venturosa sin fatiga alguna, sino porque
entonces los que en ella vivían ignoraban etas dos palabras de
tuyo y mío!

     Eran en aquella santa edad todas las cosas comunes; a nadie
le era necesario, para alcanzar su ordinario sustento, tomar
otro traajo que lzar la mano, y alcanzarle de las robustas
encinas, que liberalmente les estaban convidando con su dulce y
sazonado ruto. Las claras fuentes y corrientes ríos, en
magnífica abundancia, sabrosas y transparentes aguas les
ofrecían. En las quiebras de las peñas y en lo hueco de los
árboles formaban su república las solícitas y discretas abejas,
ofreciendo a cualquiera mano sin interés alguno la fértil
cosecha de su dulcísimo trabajo. Los valientes alcornoques
despedían de sí, sin otro artificio que el de su cortesía, sus
anchas y livianas cortezas, con que se comenzaron a cubrir las
casas sobre rústicas estacas, sustentadas no más que para
defensa de las inclemencias del cielo. Todo era paz entonces,
todo amistad, todo concordia: aún no se había atrevido la pesada
reja del corvo arado a abrir ni visitar las entrañas piadosas de
nuestra primera madre, que ella sin ser forzada, ofrecía por
todas partes de su fértil y espacioso seno lo que pudiese
hartar, sustentar y deleitar a los hijos que entonces la
poseían. Entonces sí que andaban las simples y hermosas
zagalejas de valle en valle, y de otero en otero, en trenza y en
cabello, sin más vestidos de aquellos que eran menester para
cubrir honestamente lo que la honestidad quiere y ha querido
siempre que se cubra; y no eran sus adornos de los que ahora se
usan, a quien la púrpura de Tiro y la por tantos modos
martirizada seda encarecen, sino de algunas hojas de verdes
lampazos y hiedra entretejidas, con lo que quizá iban tan
pomposas y compuestas, como van ahora nuestras cortesanas con
las raras y peregrinas invenciones que la curiosidad ociosa les
ha mostrado. Entonces se decoraban los conceptos amorosos del
alma simple y sencillamente, del mismo modo y manera que ella
los concebía, sin buscar artificioso rodeo de palabras para
encarecerlos. No habían la fraude, el engaño ni la malicia
mezcládose con la verdad y la llaneza. La justicia se estaba en
sus propios términos, sin que la osasen turbar ni ofender los
del favor y los del interés, que tanto ahora la menoscaban,
turban y persiguen. La ley del encaje aún no se había sentado en
el entendimiento del juez, porque entonces no había qué juzgar
ni quién fuese juzgado. Las doncellas y la honestidad andaban,
como tengo dicho, por donde quiera, solas y señoras, sin temor
que la ajena desenvoltura y lascivo intento las menoscabasen, y
su perdición nacía de su gusto y propia voluntad. Y ahora en
estos nuestros detestables siglos no está segura ninguna, aunque
la oculte y cierre otro nuevo laberinto como el de Creta; porque
allí por los resquicios o por el aire, con el celo de la maldita
solicitud, se les entra la amorosa pestilencia, y les hace dar
con todo su recogimiento al traste. Para cuya seguridad, andando
más los tiempos y creciendo más la malicia, se instituyó la
orden de los caballeros andantes, para defender las doncellas,
amparar las viudas y socorrer a los huérfanos y a los
menesterosos. De esta orden soy yo, hermanos cabreros, aquien
agradezco el agasajo y buen acogimiento que hacéis a mí y a mi
escudero; que aunque por ley natural están todos los que viven
obligados a favorecer a los caballeros andantes, todavía por
saber que, sin saber vosotros esta obligación, me acogísteis y
regalásteis, es razón que con la voluntad a mí posible os
agradezca la vuestra.

     Toda esta larga arenga (que se pudiera muy bien excusar)
dijo nuestro caballero, porque las bellotas que le dieron le
trujeron a la memoria la edad dorada, y antojósele hacer aquel
inútil razonamiento a los cabreros, que, sin respondelle
palabra, embobados y suspensos le estuvieron escuchando. Sancho
asimismo callaba, y comía bellotas y visitaba muy amenudo el
segundo zaque, que porque se enfriase el vino lo tenían colgado
de un alcornoque.  Más tardó en hablar Don Quijote que en acabar
la cena, al fin de la cual uno de los cabreros dijo: para que
con más veras pueda vuestra merced decir, señor caballero
andante, que le agasajamos con pronta y buena voluntad, queremos
darle solaz y contento con hacer que cante un compañero nuestro,
que no tardará mucho en estar aquí, el cual es un zagal muy
entendido y muy enamorado, y que sobre todo sabe leer y
escribir, y es músico de un rabel, que no hay más que desear.
Apenas había el cabrero acabado de decir esto, cuando llegó a
sus oídos el son del rabel y de allí a poco llegó el que le
tañía, que era un mozo de hasta veintidós años, de muy buena
gracia. Preguntáronle sus compañeros si había cenado, y
respondiendo que sí, el que había hecho los ofrecimientos le
dijo: de esa manera, Antonio, bien podrás hacernos placer de
cantar un poco, porque vea este señor huésped que tenemos, que
también por los montes y selvas hay quien sepa de música.
Hémosle dicho tus buenas habilidades, y deseamos que las
muestres y nos saques verdaderos; y así te ruego por tu vida que
te sientes y cantes el romance de tus amores, que te compuso el
beneficiado tu tío, que en el pueblo ha parecido muy bien. Que
me place, dijo el mozo; y sin hacerse más de rogar, se sentó en
el tronco de una desmochada encina, y templando su rabel, de
allí a poco, con muy buena gracia, comenzó a cantar, diciendo de
esta manera:

     ANTONIO

     Yo sé, Olalla, que me adoras,
     puesto que no me lo has dicho
     ni aún con los ojos siquiera,
     mudas lenguas de amoríos.

     Porque sé que eres sabida,
     en que me quieres me afirmo,
     que nunca fue desdichado
     amor que fue conocido.

     Bien es verdad que tal vez,
     Olalla, me has dado indicio
     que tienes de bronce el alma,
     y el blanco pecho de risco.

     Más allá, entre sus reproches
     y honestísimos desvíos
     tal vez la esperanza muestra
     la orilla de su vestido. 
     Abalánzase al señuelo
     mi fe que nunca ha podido
     ni menguar por no llamado
     ni crecer por escogido.

     Si el amor es cortesía,
     de la que tienes colijo
     que al fin de mis esperanzas
     ha de ser cual imagino.

     Y si son servicios parte
     de hacer un pecho benigno,
     algunos de los que he hecho
     fortalecen mi partido.

     Porque, si has mirado en ello,
     más de una vez habrás visto 
     que me he vestido en los lunes
     lo que me honraba el domingo.

     Como el amor y la gala
     andan un mismo camino,
     en todo tiempo a tus ojos
     quise mostrarme polido.

     Dejo el bailar por tu causa,
     ni las músicas te pinto,
     que has escuchado a deshoras
     y al canto del gallo primo.

     No cuento las alabanzas
     que de tu belleza he dicho,
     que, aunque verdaderas, hacen
     ser yo de algunas mal quisto.

     Teresa del Berrocal,
     yo alabándote, me dijo:
     Tal piensa que adora un ángel,
     y viene a adorar a un jimio.

     Merced a los mucho dijes
     y a los cabellos postizos,
     y a hipócritas hermosuras
     que engañan al amor mismo.

     Desmentíla, y enojóse,
     volvió por ella su primo,
     desafióme, y ya sabes,
     lo que yo hice y él hizo.

     No te quiero yo a montón,
     ni te pretendo y te sirvo
     por lo de barraganía,
     que más bueno es mi designio.

     Coyundas tiene la iglesia,
     que son lazadas de sirgo,
     pon tu cuello en la gamella,
     verás cómo pongo yo el mío.

     Donde no, desde aquí juro
     por el santo más bendito,
     de no salir destas tierras
     sino para capuchino.

     Con esto dio el cabrero fin a su canto, y aunque Don
Quijote le rogó que algo más cantase, no lo consintió Sancho
Panza, porque estaba más para dormir que para oír canciones. Y
así dijo a su amo: bien puede vuestra merced acomodarse desde
luego a donde ha de pasar esta noche, que el trabajo de estos
buenos hombres tienen todo el día no permite que pasen las
noches cantando. Ya te entiendo, Sancho, respondió Don Quijote,
que bien se me trasluce que las visitas del zaque piden más
recompensa de sueño que de música. A todos nos sabe bien,
bendito sea Dios, respondió Sancho. No lo lo niego, replicó Don
Quijote; pero acomódate tú donde quisieres, que los de mi
profesión mejor parecen velando que durmiendo; pero con todo eso
sería bien, Sancho, que me vuelvas a curar esta oreja, que me va
doliendo más de lo que es menester. Hizo Sancho lo que se le
mandaba; y viendo uno de los cabreros la herida, le dijo que no
tuviese pena, que él pondría remedio con que fácilmente se
sanase; y tomando algunas hojas de romero, de mucho que por allí
había, las mascó y las mezcló con un poco de sal, y
aplicándoselas a la oreja, se las vendó muy bien, asegurándole
que no había menester otra medicina. Y así fue la verdad.


     Parte primera: Capítulo duodécimo

     De lo que contó un cabrero a los que estaban con Don
Quijote
    
     Estando en esto llegó otro mozo de los que les traían de la
aldea  el bastimento, y dijo: ¿sabéis lo que pasa en el lugar, 
compañeros? ¿cómo lo podemos saber? respondió uno de ellos. Pues 
sabed, prosiguió el mozo, que murió esta mañana aquel famoso 
pastor estudiante llamado Grisóstomo, y se murmura que ha muerto 
de amores de aquella endiablada moza de la aldea, la hija de 
Guillermo el rico, aquella que se anda en hábito de pastora por 
esos andurriales. Por Marcela dirás, dijo uno. Por esa digo, 
respondió el cabrero; y es lo bueno, que mandó en su testamento 
que le enterrasen en el campo como si fuera moro, y que sea al
pie  de la peña donde está la fuente del alcornoque, porque
según es  fama (y él dicen que lo dijo) aquel lugar es adonde él
la vio la  vez primera. Y también mandó otras cosas tales, que
los abades del  pueblo dicen que no se han de cumplir ni es bien
que se cumplan,  porque parecen de gentiles. A todo lo cual
responde aquel gran su  amigo Ambrosio el estudiante, que
también se vistió de pastor con  él, que se ha de cumplir todo
sin faltar nada como lo dejó mandado  Grisóstomo, y sobre esto
anda el pueblo alborotado, mas a lo que  se dice, en fin se hará
lo que Ambrosio y todos los pastores sus  amigos quieren, y
mañana le vienen a enterrar con gran pompa  adonde tengo dicho;
y tengo para mí que ha de ser cosa muy de ver,  a lo menos yo no
dejaré de ir a verla, si supiese no volver mañana  al lugar.
Todos haremos lo mismo, respondieron los cabreros, y  echaremos
suertes a quien ha de quedar a guardar las cabras de  todos.
Bien dices Pedro, dijo uno de ellos, aunque no será  menester
usar de esa diligencia, que yo me quedaré por todos; y no  lo
atribuyas a virtud y a poca curiosidad mía, sino a que no me 
deja andar el garrancho que el otro día me pasó este pie. Con
todo  esto, te lo agradecemos, respondió Pedro.

     Y Don Quijote rogó a Pedro le dijese qué muerto era aquel y
qué  pastora aquella. A lo cual Pedro respondió, que lo que
sabía era  que el muerto era un hijodalgo rico, vecino de un
lugar que estaba  en aquellas sierras, el cual había sido
estudiante muchos años en  Salamanca, al cabo de los cuales
había vuelto a su lugar con  opinión de muy sabio y muy leído.      
Principalmente decían que sabía la ciencia de las estrellas, y
de  lo que pasaban allá en el cielo el sol y la luna, porque 
puntualmente nos decía el cris del sol y de la luna. Eclipse se 
llama, amigo, que no cris, el escurecerse esos dos luminares 
mayores, dijo Don Quijote. Mas Pedro, no reparando en niñerías, 
prosiguió su cuento, diciendo: asimesmo adivinaba cuando había
de  ser el año abundante o estil. Estéril queréis decir, amigo,
dijo  Don Quijote. Estéril, o estil, respondió Pedro, todo se
sale allá.  Y digo que, con esto que decía, se hicieron su padre
y sus amigos  que le daban crédito muy ricos, porque hacían lo
que él les  aconsejaba, diciéndoles: sembrad este año cebada, no
trigo; en  este podéis sembrar garbanzos, y no cebada; el que
viene será de  guilla de aceite; los tres siguientes no se
cogerá gota. Esa  ciencia se llama Astrología, dijo Don Quijote.
No sé yo cómo se  llama, replicó Pedro, mas sé que todo esto
sabía y aún más.  Finalmente no pasaron muchos meses después que
vino de Salamanca,  cuando un día remaneció vestido de pastor
con su cayado y pellico,  habiéndose quitado los hábitos largos
que como escolar traía, y  juntamente se vistió con él de pastor
otro su grande amigo llamado  Ambrosio, que había sido su
compañero en los estudios.  Olvidábaseme decir cómo Grisóstomo
el difunto fue grande hombre de  componer coplas, tanto que él
hacía los villancicos para la noche  del Nacimiento del Señor, y
los autos para el día de Dios, que los  representaban los mozos
de nuestro pueblo, y todos decían que eran  por el cabo. Cuando
los del lugar vieron tan de improviso vestidos  de pastores a
los dos escolares, quedaron admirados y no podían  adivinar la
causa que les había movido a hacer tan extraña  mudanza. Ya en
este tiempo era muerto el padre de nuestro  Grisóstomo, y él
quedó heredado en mucha cantidad de hacienda,  ansí en muebles
como en raíces, y en no pequeña cantidad de ganado  mayor y
menor, y en gran cantidad de dineros: de todo lo cual  quedó el
mozo señor desoluto; y en verdad que todo lo merecía, que  era
muy buen compañero y caritativo y amigo de los buenos, y tenía 
una cara como una bendición. Después se vino a entender que el 
haberse mudado de traje no había sido por otra cosa que por 
andarse por estos despoblados en pos de aquella pastora Marcela 
que nuestro zagal nombró denantes, de la cual se había enamorado 
el difunto de Grisóstomo. Y quiéroos decir ahora, porque es bien 
que lo sepáis, quén es esta rapaza; quizá y aun sin quizá no 
habréis oído semejante cosa en todos los días de vuestra vida, 
aunque viváis más años que sarna. Decid Sarra, replicó Don 
Quijote, no pudiendo sufrir el trocar de los vocablos del
cabrero.  Harto vive la sarna, respondió Pedro; y si es, señor,
que me  habéis de andar zaheriendo a cada paso los vocablos, no
acabaremos  en un año. Perdonad, amigo, dijo Don Quijote, que
por haber tanta  diferencia de sarna a Sarra os lo dije; pero
vos respondísteis muy  bien, porque vive más sarna que Sarra, y
proseguid vuestra  historia, que no os replicaré más en nada.

     Digo, pues, señor de mi alma, dijo el cabrero, que en
nuestra  aldea hubo un labrador aún más rico que el padre de
Grisóstomo, el  cual se llamaba Guillermo, y al cual dio Dios,
amén de las muchas  y grandes riquezas, una hija, de cuyo parto
murió su madre, que  fue la más honrada mujer que hubo en todos
estos contornos; no  parece sino que ahora la veo con aquella
cara, que del un cabo  tenía el sol y del otro la luna, y sobre
todo hacendosa y amiga de  los pobres, por lo que creo que debe
de estar su ánima a la hora  de hora gozando de Dios en el otro
mundo. De pesar de la muerte de  tan buena mujer murió su marido
Guillermo, dejando a su hija  Marcela muchacha y rica en poder
de un tío suyo, sacerdote, y  beneficiado en nuestro lugar.
Creció la niña con tanta belleza,  que nos hacía acordar de la
de su madre, que la tuvo muy grande, y  con todo esto se juzgaba
que le había de pasar la de la hija; y  así fue, que cuando
llegó a edad de catorce a quince años, nadie  la miraba que no
bendecía a Dios, que tan hermosa la había criado,  y los más
quedaban enamorados y perdidos por ella. Guardábala su  tío con
mucho recato y con mucho encerramiento, pero con todo  esto, la
fama de su mucha hermosura se extendió de manera, que así  por
ella, como por sus muchas riquezas, no solamente de los de 
nuestro pueblo, sino de los de muchas leguas a la redonda, y de 
los mejores de ellos, era rogado, solicitado e importunado su
tío  se la diese por mujer. Mas él, que a las derechas es buen 
cristiano, aunque quisiera casarla luego, así como la vía de
edad,  no quiso hacerlo sin su consentimiento, sin tener ojo a
la  ganancia y granjería que le ofrecía el tener la hacienda de
la  moza, dilatando su casamiento. Y a fe que se dijo esto en
más de  un corrillo en el pueblo en alabanza del buen sacerdote.
Que  quiero que sepa, señor andante, que en estos lugares cortos
de  todo se trata y de todo se murmura; y tened para vos, como
yo  tengo para mí, que debe de ser demasiadamente bueno el
clérigo que  obliga a sus feligreses a que digan bien dél,
especialmente en las  aldeas.

     Así es la verdad, dijo Don Quijote, y proseguid adelante,
que el  cuento es muy bueno, y vos, buen Pedro, le contáis con
mucha  gracia.

     La del Señor no me falte, que es la que hace al caso. Y en
lo  demás, sabréis que aunque el tío proponía a la sobrina, y le
decía  las calidades de cada uno, en particular de los muchos
que por  mujer la pedían, rogándole que se casase y escogiese a
su gusto,  jamás ella respondió otra cosa sino que por entonces
no quería  casarse, y que por ser tan muchacha no se sentía
hábil para poder  llevar la carga del matrimonio. Con estas que
daba al parecer  justas excusas, dejaba el tío de importunarla,
y esperaba que  entrase algo más en edad y ella supiese escoger
compañía a su  gusto. Porque decía él, y decía muy bien, que no
habían de dar los  padres a sus hijos estado contra su voluntad.
Pero hételo aquí,  cuando no me cato, que remanece un día la
melindrosa Marcela hecha  pastora; y sin ser parte su tío ni
todos los del pueblo que se lo  desaconsejaban, dio en irse al
campo con las demás zagalas del  lugar, y dio en guardar su
mesmo ganado. Y así como ella salió en  público, y su hermosura
se vio al descubierto, no os sabré  buenamente decir cuántos
ricos mancebos, hidalgos y labradores han  tomado el traje de
Grisóstomo, y la andan requebrando por estos  campos. Uno de los
cuales, como ya está dicho, fue nuestro  difunto, del cual
decían que la dejaba de querer y la adoraba. Y  no se piense que
porque Marcela se puso en aquella libertad y vida  tan suelta, y
de tan poco o de ningún recogimiento, que por eso ha  dado
indicio, ni por semejas, que venga en menoscabo de su 
honestidad y recato; antes es tanta y tal la vigilancia con que 
mira por su honra, que de cuantos la sirven y solicitan ninguno
se  ha alabado, ni con verdad se podrá alabar, que le haya dado
alguna  pequeña esperanza de alcanzar su deseo. Que puesto que
no huye ni  es esquiva de la compañía y conversación de los
pastores, y los  trata cortés y amigablemente, en llegando a
descubrirle su  intención cualquiera dellos, aunque sea tan
justa y santa como la  del matrimonio, los arroja de sí como con
un trabuco. Y con esta  manera de condición hace más daño en
esta tierra que por si ella  entrara la pestilencia, porque su
afabilidad y hermosura atraen  los corazones de los que la
tratan a servirla y a amarla; pero su  desdén y desengaño los
conduce a términos de desesperarse, y así  no saben qué decirle
sino llamarla a voces cruel y desagradecida,  con otros títulos
a este semejantes, que bien la calidad de su  condición
manifiestan; y si aquí estuviéredes, señores, algún día, 
veríades resonar estas sierras y estos valles con los lamentos
de  los desengañados que la siguen. No está muy lejos de aquí un
sitio  donde hay casi dos docenas de altas hayas, y no hay
ninguna que en  su lisa corteza no tenga grabado y escrito el
nombre de Marcela, y  encima de alguna una corona grabada en el
mesmo árbol, como si más  claramente dijera su amante que
Marcela la lleva y la merece de  toda la hermosura humana. Aquí
suspira un pastor, allí se queja  otro, acullá se oyen amorosas
canciones, acá desesperadas  endechas. Cual hay que pasa todas
las horas de la noche sentado al  pie de alguna encina o
peñasco, y allí, sin plegar los llorosos  ojos, embebecido y
trasportado en sus pensamientos, le halla el  sol a la mañana; y
cual hay que sin dar vado ni tregua a sus  suspiros, en mitad
del ardor de la más enfadosa siesta del verano  tendido sobre la
ardiente arena, envía sus quejas al piadoso  cielo; y deste y de
aquel, y de aquellos y destos, libre y  desenfadadamente triunfa
la hermosa Marcela. Y todos los que la  conocemos estamos
esperando en qué ha de parar su altivez, y quién  ha de ser el
dichoso que ha de venir a domeñar condición tan  terrible, y
gozar de hermosura tan extremada. Por ser todo lo que  he
contado tan averiguada verdad, me doy a entender que también lo 
es la que nuestro zagal dijo que se decía de la causa de la
muerte  de Grisóstomo. Y así os aconsejo, señor, que no dejéis
de hallaros  mañana a su entierro, que será muy de ver, porque
Grisóstomo tiene  muchos amigos, y no está deste lugar a aquel
donde manda  enterrarse media legua.

     En cuidado me lo tengo, dijo Don Quijote, y agradézcoos el
gusto  que me habéis dado con la narración de tan sabroso
cuento. ¡Oh!  replicó el cabero. Aun no sé yo la mitad de los
casos sucedidos a  los amantes de Marcela; mas podría ser que
mañana topásemos en el  camino algún pastor que nos lo dijese; y
por ahora bien será que  os vais a dormir debajo de techado,
porque el sereno os podría  dañar la herida, puesto que es tal
la medicina que se os ha  puesto, que no hay que temer de
contrario accidente.

     Sancho Panza que ya daba al diablo el tanto hablar del
cabrero,  solicitó por su parte que su amo se entrase a dormir
en la choza  de Pedro. Hízolo así y todo lo más de la noche se
la pasó en  memorias de su señora Dulcinea, a imitación de los
amantes de  Marcela. Sancho Panza se acomodó entre Rocinante y
su jumento, y  durmió, no como enamorado desfavorecido, sino
como hombre molido a  coces.

     Parte primera: Capítulo décimotercero

     Donde se da fin al cuento de la pastora Marcela, con otros
sucesos

    
     Mas apenas comenzó a descubrirse el día por los balcones
del Oriente, cuando los cinco de los seis cabreros se levantaron
y fueron a despertar a Don Quijote, y a decille si estaba
todavía con propósito de ir a ver el famoso entierro de
Grisóstomo, y que ellos le harían compañía. Don Quijote, que
otra cosa no deseaba, se levantó y mandó a Sancho que ensillase
y enalbardase al momento, lo cual él hizo con mucha diligencia,
y con la misma se pusieron luego todos en camino.

     Y no hubieron andado un cuarto de legua, cuando al cruzar
de una senda vieron venir hacia ellos hasta seis pastores
vestidos con pellicos negros, y coronadas las cabezas con
guirnaldas de ciprés y de amarga adelfa. Traía cada uno un
grueso bastón de acebo en la mano; venían con ellos asimismo dos
gentiles hombres de a caballo tan bien aderezados de camino, con
otros tres mozos de a pie que los acompañaban.

     En llegándose a juntar se saludaron cortésmente, y
preguntándose los unos a los otros dónde iban, supieron que
todos se encaminaban al lugar del entierro, y así comenzaron a
caminar todos juntos. Uno de los de a caballo, hablando con su
compañero le dijo: - Paréceme, señor Vivaldo, que habemos de dar
por bien empleada la tardanza que hiciéremos en ver este famoso
entierro que no podrá dejar de ser famoso, según estos pastores
nos han contado extrañezas, así del muerto pastor como de la
pastora homicida. Así me lo parece a mí, respondió Vivaldo, y no
digo yo hacer tardanza de un día, pero de cuatro la hiciera a
trueco de verle. Preguntóles Don Quijote qué era lo que habían
oído de Marcela y de Grisóstomo. El caminante dijo que aquella
madrugada habían encontrado con aquellos pastores, y que por
haberles visto en aquel tan triste traje les habían preguntado
la ocasión por que iban de aquella manera; que uno dellos se lo
contó, contando las eztrañezas y hermosura de una pastora
llamada Marcela, y los amores de muchos que la recuestaban, con
la muerte de aquel Grisóstomo a cuyo entierro iban. Finalmente,
él contó lo que Pedro a Don Quijote había contado.

     Cesó esta plática y comenzóse otra, preguntando el que se
llamaba Vivaldo a Don Quijote, qué era la ocasión que le movía a
andar armado de aquella manera por tierra tan pacífica. A lo
cual respondió Don Quijote: - La profesión de mi ejercicio no
consiente ni permite que yo ande de otra manera; el buen paso,
el regalo y el reposo allá se inventaron para los blandos
cortesanos; mas el trabajo, la inquietud y las armas sólo se
inventaron e hicieron para aquellos que el mundo llama
caballeros andantes, de los cuales yo, aunque indigno, soy el
menor de todos. Apenas oyeron esto, cuando todos le tuvieron por
loco, y por averiguarlo más y ver qué género de locura era el
suyo, le tornó a preguntar Vivaldo qué quería decir caballeros
andantes. - ¿No han vuestras mercedes leído, respondió Don
Quijote, los anales e historias de Inglaterra, donde se tratan
las famosas fazañas del rey Arturo, que continuamente en nuestro
romance castellano llamamos el rey Artús, de quien es tradición
antigua y común en todo aquel reino de la Gran Bretaña, que este
rey no murió, sino que por arte de encantamiento se convirtió en
cuervo, y que andando los tiempos ha de volver a reinar y a
cobrar su reino y cetro; a cuya causa no se probará que desde
aquel tiempo a este haya ningún inglés muerto cuervo alguno?
Pues en tiempo de este buen rey fue instituida aquella famosa
orden de caballería de los caballeros de la Tabla Redonda, y
pasaron sin faltar un punto los amores que allí se cuentan de
Don lanzarote del Lago con la reina Ginebra, siend medianera
dellos y sabidora aquella tan honrada duaña Quitañona, de donde
nació aquel famoso romance, y tan decantado en nuestra España
de:

     Nunca fuera caballero
     de damas tan bien servido,
     como lo fue Lanzarote
     cuando de Bretaña vino;

     con aquel progreso tan dulce y tan suave de sus amorosos y
fuertes fechos. Pues desde entonces, de mano en mano fue aquella
orden de caballería extendiéndose y dilatándose por muchas y
diversas partes del mundo; y en ella fueron famosos y conocidos
por sus fechos el valiente Amadís de Gaula con todos sus hijos y
nietos hasta la quinta generación, y el valeroso Felixmarte de
Hircania, y el nunca como se debe alabado Tirante el Blanco, y
casi que en nuestros días vimos y comunicamos y oímos al
invencible y valeroso caballero don Belianís de Grecia. Esto,
pues, señores, es ser caballero andante, y la que he dicho es la
orden de su caballería, en la cual, como otra vez he dicho, yo,
aunque pecador, he hecho profesión, y lo mismo que profesaron
los caballeros referidos, profeso yo; y así me voy por estas
soledades y despoblados buscando las aventuras, con ánimo
deliberado de ofrecer mi brazo y mi persona a la más peligrosa
que la suerte me depare, en ayuda de los flacos y menesterosos.

     Por estas razones que dijo, acabaron de enterarse los
caminantes que era Don Quijote falto de juicio, y del género de
locura que señoreaba, de lo cual recibieron la misma admiración
que recibían todos aquellos qeu de nuevo venían en conocimiento
della. Y Vivaldo, que era persona muy discreta y de alegre
condición, por pasar sin pesadumbre el poco camino qeu decían
que les faltaba a llegar a la sierra del entierro, quiso darle
ocasión a que pasase más adelante con sus disparates. Y así le
dijo: paréceme, señor caballero andante, que vuestra merced ha
profesado una de las más estrechas profesiones que hay en la
tierra, y tengo para mí que aún la de los frailes cartujos no es
tan estrecha. Tan estrecha bien podía ser, respondió nuestro Don
Quijote; pero tan necesaria en el mundo, no estoy en dos dedos
de ponello en duda. Porque si va a decir verdad, no hace menos
el soldado que pone en ejecución lo que su capitán le manda, que
el mismo capitán que se lo ordena. Quiero decir, que los
religiosos con toda paz y sosiego piden al cielo el bien de la
tierra; pero los soldados y cablleros ponemos en ejecución lo
que ellos piden, defendiéndola con el valor de nuestros brazos y
filos de nuestras espadas; no debajo de cubierta, sino al cielo
abierto, puesto por blanco de los insufribles rayos del sol en
el verano, y de los erizados hielos del invierno. Así que somos
ministros de Dios en la tierra, y brazos por quien se ejecuta en
ello su justicia. Y como las cosas de la guerra, y las a ellas
tocantes y concernientes no se pueden poner en ejecución sino
sudando, afanando y trabajando excesivamente, síguese que
aquellos que la profesan tienen sin duda mayor trabajo que
aquellos que en sosegada paz y reposo están rogando a Dios
favorezca a los que poco pueden. No quiero yo decir, ni me pasa
por pensamiento, que es tan buen estado el de caballero andante
como el de encerrado religioso; sólo quiero inferir, por lo que
yo padezco, que sin duda es más trabajoso y aporreado, y más
hambriento y sediento, miserable, roto y piojoso, porque no hay
duda sino que los caballeros andantes pasados pasaron mucha mala
ventura en el discurso de su vida. Y si algunos subieron a ser
emperadores por el valor de su brazo, a fe que les costó buen
porqué de su sangre y de su sudor; y que así a los que tal grado
subieron les faltaran encantadores y sabios que los ayudaran,
que ellos quedarán bien defraudados de sus deseos y bien
engañados de sus esperanzas.

     De ese parecer estoy yo, replicó el caminante; pero una
cosa entre otras muchas, me parece muy mal de los caballeros
andantes, y es que cuando se ven en ocasión de acometer una
grande y peligrosa aventura, en que se ve manifiesto peligro de
perder la vida, nunca en aquel instante de acometella se
acuerdan de encomendarse a Dios, como cada cristiano está
obligado a hacer en peligros semejantes; antes se encomiendan a
sus damas con tanta gana y devoción, como si ellas fueran su
Dio: cosa que me parece que huele algo a gentilidad.

     Señor, respondió Don Quijote, eso no puede ser menos en
ninguna manera, y caería en mal caso el caballero andante que
otra cosa hiciese; que ya está en uso y costumbre en la
caballería andantesca que el caballero andante, que al acometer
algún gran fecho de armas tuvise su señora delante, vuelva a
ella los ojos blanda y amorosamente, como que le pide con ellos
le favorezca y ampare en el dudoso trance que acomete; y aun si
nadie le oye, está obligado a decir algunas palabras entre
dientes, en que de todo corazón se le encomiende, y desto
tenemos innumerables ejemplos en las historias. Y no se ha de
entender por esto que han de dejar de encomendarse a Dios, que
tiempo y lugar les queda para hacello en el discurso de la obra.
Con todo eso, replicó el caminante, me queda un escrúpulo, y es
que muchas veces he leído que se traban palabras entre dos
andantes caballeros, y de una en otra se les viene a encender la
cólera, y a volver los caballos, y a tomar una buena pieza del
campo, y luego sin más ni más, a todo el correr dellos se
vuelven a encontrar, y en mitad de la corrida se encomiendan a
sus damas; y lo que suele suceder del encuentro es que el uno
cae por las ancas del caballo pasado con lalanza del contrario
de parte a parte, y al otro le aviene también que a no tenerse a
las crines del suyo no pudiera dejar de venir al suelo; y no sé
yo cómo el muerto tuvo lugar para encomendarse a Dios en el
discurso de esta tan celebrada obra; mejor fuera que las
palabras que en la carrera gastó encomendándose a su dama, las
gastara en lo que debía, y estaba obligado como cristiano;
cuanto más que yo tengo para mí que no todos los caballeros
andantes tienen damas a quien encomendarse, porque no todos son
enamorados.

     Eso no puede ser, respondió Don Quijote: digo que no puede
ser que haya caballero andante sin dama, porque tan propio y tan
natural les es a los tales ser enamorados como al cielo tener
estrellas, y a buen seguro que no se haya visto historia donde
se halle caballero andante sin amores, y por el mismo caso que
estuviese sin ellos, no sería tenido por legítimo caballero,
sino por bastardo, y que entró en la fortaleza de la caballería
dicha, no por la puerta, sino por las bardas, como salteador y
ladrón. Como todo eso dijo el caminante, me parece, si mal no me
acuerdo, haber leído que don Galaor, hermano del valeroso Amadís
de Gaula, nunca tuvo dama señalada a quien pudiese encomendarse,
y con todo esto no fue tenido en menos, y fue un muy valiente y
famoso caballero. A lo cual respondió nuestro Don Quijote:
Señor, una golondrina sola no hace verano; cuanto más que yo sé
que de secreto estaba ese caballero muy bien enamorado; fuera de
aquello de querer a todas bien, cuantas bien le parecían, era
condición natural a quien no podía ir a la mano. Pero en
resolución, averiguado está muy bien que él tenía una sola a
quien le había hecho señora de su voluntad; a la cual se
encomendabaq muy a menudo y muy secretamente, porque se preció
de secreto caballero.

     Luego si es de esencia que todo caballero andante haya de
ser enamorado, dijo el caminante, bien se puede creer que
vuestra merced lo es, pues de la profesión, y si es que vuestra
merced no se precia de ser tan secreto como Don Galaor, con las
veras que puedo, le suplico, en nombre de toda esta compañía y
en el mío, nos diga el nombre, patria, calidad y hermosura de su
dama, que ella se tendrá por dichosa de que todo el mundo sepa
que es querida y servida de un tal caballero como vuestra merced
parece. Aquí dio un gran suspiro Don Quijote y dijo: yo no podré
afirmar si la dulce mi enemiga gusta o no de que el mundo sepa
que yo la sirvo; sólo sé decir, respondiendo a lo que con tanto
comedimiento se me pide, que su nombre es Dulcinea, su patria el
Toboso, un lugar de la Mancha; su calidad por lo menos ha de ser
princesa, pues es reina y señora mía; su hermosura sobrehumana,
pues en ella se vienen a hacer verdaderos todos los imposibles y
quiméricos atributos de belleza qeu los poetas dan a sus damas;
que sus cabellos son oro, su frente campos elíseos, sus cejas
arcos del cielo, sus ojos soles, sus mejillas rosas, sus labios
corales, perlas sus dientes, alabastro su cuello, mármol su
pecho, marfil sus manos, su blacura nieve; y las partes que a la
vista humana encubrió la honestidad son tales, según yo pienso y
entiendo, que sola la discreta consideración puede encarecerlas
y no compararlas. El linaje, prosapia y alcurnia querríamos
saber, replicó Vivaldo. A lo cual respondión Don Quijote: no es
de los antiguos Curcios, Gayos y Cipiones romanos, ni de los
modernos Colonas y Ursinos, ni de los Moncadas y Requesens de
Cataluña, ni menos de los Rebellas y Villenovas de Valencia, y
Palafoxes Nuzas, Rocabertis, Corellas, Lunas, Alagones, Urreas,
Foces y Gurreas de Aragón; Cerdas, Manriques, Mendozas y
Guzmanes de Castilla; Alencastros, Pallas y Meneses de Portugal;
pero es de los del Toboso de la Mancha, linaje, aunque moderno,
tal que puede dar generoso principio a las más ilustres familias
de los venideros siglos; y no se me replique en esto, si no
fuere con las condiciones que puso Cerbino al pie del trofeo de
las armas de Orlando, que decía:

     Nadie las mueva
     que estar no pueda
     con Roldán a prueba.

     Aunque el mío es de los Cachopines de Laredo, respondió el
caminante, no le osaré yo poner con el del Toboso de la Mancha
puesto que, para decir verdad, semejante apellido hasta ahora no
ha llegado a mis oídos. Como ese no habrá llegado, replicó Don
Quijote. 

     Con gran atención iban escuchando todos los demás la
plática de los dos, y aun hasta los mismos cabreros y pastores
conocieron la demasiada falta de juicio de nuestro Don Quijote.
Sancho Panza pensaba que cuanto su amo decía era verdad,
sabiendo él quién era, habiéndole conocido desde su nacimiento;
y en lo que dudaba algo era en creer aquello de la linda
Dulcinea del Toboso, porque nunca tal nombre ni tal princesa
había llegado jamás a su noticia, aunque vivía tan cerca del
Toboso.

     En estas pláticas iban cuando vieron que por la quiebra que
dos altas montañas hacían, bajaban hasta veinte pastores, todos
con pellicos de negra lana vestidos, y coronados con guirnaldas
que, a lo que después pareció, eran cual de tejo y cual de
ciprés. Entre seis dellos traían unas andas, cubiertas de mucha
diversidad de flores y de ramos. Lo cual, visto por uno de los
cabreros, dijo: aquellos que allí vienen son los que traen el
cuerpo de Grisóstomo, y el pie de aquella montaña es el lugar
donde él mandó que le enterrasen. Por eso se dieron priesa a
llegar, y fue a tiempo que ya los que venían habían puesto las
andas en el suelo, y cuatro dellos con agudos picos, estaban
cavando la sepultura a un lado de una dura peña. Recibiéronse
los unos y los otros cortésmente, y luego, Don Quijote, y los
que con él venían, se pusieron a mirar las andas, y en ellas
vieron cubierto de flores un cuerpo muerto, y vestido como
pastor, de edad al parecer de treinta años; y aunque muerto,
mostraba que vivo había sido de rostro hermoso y de disposición
gallarda. Alrededor dél tenía en las mismas andas algunos libros
y muchos papeles abiertos y cerrados; y así los que estos
miraban como los que abrían la sepultura, y todos los demás que
allí había, guardaban un maravilloso silencio, hasta que uno de
los que al muerto trujeron dijo a otro: mirad bien, Ambrosio, si
es este el lugar que Grisóstomo dijo, ya que queréis que tan
puntualmente se cumpla lo que dejó mandado en su testamento.
Esto es, repondió Ambrosio, que muchas veces en él me contó mi
desdichado amigo la historia de su desventura. Allí me dijo él
que vio la vez primera a aquella enemiga mortal del linaje
humano, y allí fue también donde la primera vez le declaró su
pensamiento tan honesto como enamorado, y allí fue la última vez
donde Marcela le acabó de desengañar y desdeñar; de suerte que
puso fin a la tragedia de su miserable vida y aquí, en memoria
de tantas desdichas, quiso él que le depositasen en las entrañas
del eterno olvido. Y volviéndose a Don Quijote y a los
caminantes, prosiguió diciendo: ese cuerpo, señores, que con
piadosos ojos estáis mirando, fue depositario de un alma en
quien el cielo puso infinita parte de sus riquezas. Ese es el
cuerpo de Grisóstomo, que fue único en el ingenio, sólo en la
cortesía, extremo en la gentileza, fénix en la amistad,
magnífico sin tasa, grave sin presunción, alegre sin bajeza, y
finalmente, primero en todo lo que es ser bueno, y sin segundo
en todo lo que fue sr desdichado. Quiso bien, fue aborrecido;
adoró, fue desdeñado; rogó a una fiera, importunó a un mármol,
corrió tras el viento, dio voces a la soledad, sirvió a la
ingratitud, de quien alcanzó por premio ser despojo de la muerte
en la mitad de la carrera de su vida, a la cual dio fin una
pastora, a quien él procuraba eternizar para que viviera en la
memoria de las gentes, cual lo pudieran mostrar bien estos
papeles que estáis mirando, si él no me hubiera mandado que los
entregara al fuego en habiendo entregado su cuerpo a la tierra.
De mayor rigor y crueldad usaréis vos con ellos, dijo Vivaldo,
que su mismo dueño, pues no es justo ni acertado que se cumpla
la voluntad de quien lo ordena y afuera de todo razonable
discurso; y no le tuviera bueno Augusto César, si consintiera
que se pusiera en ejecución lo que el divino Mantuano dejó en su
testamento mandado. Así que, señor Ambrosio, ya que deis el
cuerpo de vuestro amigo a la tierra, no queráis dar sus escritos
al olvido; que si él ordenó como agraviado, no es bien que vos
cumpláis como indiscreto, antes haced, dando la vida a estos
papeles, que la tenga siempre la crueldad de Marcela, para que
sirva de ejemplo en los tiempos que están por venir a los
vivientes, para que se aparten y huyan de caer en semejantes
despeñaderos; que ya sé yo y los que aquí venimos la historia
deste vuestro enamorado y desesperado amigo, y sabemos la
amistad vuestra y la ocasión de su muerte, y lo que dejó mandado
al acabar de la vida: de la cual lamentable historia se puede
sacar cuanta haya sido la crueldad de Marcela, el amor de
Grisóstomo, la fe de la amistad vuestra, con el paradero que
tienen los que a rienda suelta corren por la senda que el
desvariado amor delante de los ojos les pone. Anoche supimos la
muerte de Grisóstomo, y que en este lugar había de ser
enterrado, y así de curiosidad y de lástima dejamos nuestro
derecho viaje, y acordamos de venir a ver con los ojos lo que
tanto nos había lastimado en oíllo; y en pago desta lástima y
del deseo que en nosotros nació de remedialla si pudiéramos, os
rogamos, oh discreto Ambrosio, a lo menos yo os lo suplico de mi
parte, que dejando de abrasar estos papeles, me dejéis llevar
algunos dellos. Y sin aguardar que el pastor respondiese, alargó
la mano y tomó algunos de los que más cerca estaban. Viendo lo
cual Ambrosio, dijo: por cortesía consentiré que os quedéis,
señor, con los que ya habéis tomado; pero pensar que dejaré de
quemar los que quedan es pensamiento vano. Vivaldo, que deseaba
ver lo que los papeles decían, abrió luego el uno dellos, y vio
que tenía por título: Canción desesperada. Oyólo Ambrosio y
dijo: ese es el último papel que escribió el desdichado y porque
veáis, señor, en el término que le tenían sus desventuras,
leedle de modo que seáis oído, ue bien os dará lugar a ello el
que se tardare en abrir la sepultura. Eso haré yo de muy buena
gana, dijo Vivaldo. Y como todos los circunstantes tenían el
mismo deseo, se pusieron a la redonda, y él, leyendo en voz
clara, vio que así decía:


     no al concertado son, sino al ruido
     que de lo hondo de mi amargo pecho,
     llevado de un forzoso desvarío,
     por gusto mío sale y tu despecho.

     El rugir del león, del lobo fiero
     el temeroso aullido, el silbo horrendo
     de escamosa serpiente, el espantable

     Bbaladro de algún monstruo, el agorero
     graznar de la corneja, y el estruendo
     del viento contrastado en mar inestable:

     Del ya vencido toro el implacable
     bramido, y de la viuda tortolilla
     el sensible arrullar, el triste canto
     del enviudado buho, con el llanto
     de toda la infernal negra cuadrilla,

     Salgan con la doliente ánima fuera,
     mezclados en un son de tal manera
     que se confundan los sentidos todos,
     pues la pena cruel que en mí se halla
     para contarla pide nuevos modos.

     De tanta confusión, no las arenas
     del padre Tajo oirán los tristes ecos,
     ni del famoso Betis las olivas:
     que allí se esparcirán mis duras penas
     en altos riscos y en profundos huecos,
     con muerta lengua y con palabras vivas;

     O ya en oscuros valles o en esquivas
     playas desnudas de contrato humano,
     o adonde el sol jamás mostró su lumbre,
     o entre la venenosa muchedumbre,
     de fieras que alimenta el Nislo llano:

     Que puestos en los páramos desiertos
     los ecos roncos de mi mal inciertos
     suenen con tu rigor tan sin segundo,
     por privilegio de mis cortos hados
     serán llevados por el ancho mundo.

     Mata un desdén, aterrada paciencia
     o verdadera o falsa una sospecha;
     mata los celos con rigor tan fuerte;

     Desconcierta la vida larga ausencia;
     contra un temor de olvido no aprovecha
     firme esperanza de dichosa suerte.

     En todo hay cierta, inevitable muerte;
     mas yo, ¡milagro nunca visto! vivo
     celoso, ausente, desdeñado y cierto
     de las sospechas que me tienen muerto:
     y en el olvido en quien mi fuego avivo.

     Y entre tantos tormentos, nunca alcanza
     mi vista a ver en sombra a la esperanza;
     ni yo desesperado la procuro,
     antes por extremarme en mi querella,
     estar sin ella eternamente juro.
     ¿Puédese por ventura en un instante
     esperar y temer, o es bien hacello,
     siendo las causas del temor más ciertas?
     ¿Tengo, si el duro celo está delante,
     de cerrar estos ojos, si he de vello
     por mil heridas en el alma abiertas?
     ¿Quién no abrirá de par en par las puertas
     a la desconfianza, cuando mira
     descubierto el desdén, y las sospechas
     ¡Oh amarga conversión! verdades hechas,
     y la limpia verdad vuelta en mentira?

     ¡Oh en el reino de amor fieros tiranos
     celos! ponedme un hierro en estas manos.
     Dam, desdén, una torcida soga.
     ¡Mas ay de mí! que con cruel victoria
     vuestra memoria el sufrimiento ahoga.

     Yo muero, en fin, y porque nunca espere,
     buen suceso en la muerte ni en la vida,
     pertinaz estaré en mi fantasía:

     Diré que va acertado el que bien quiere
     y que es más libre el alma más rendida
     a la de amor antigua tiranía.

     Diré que la enemiga siempre mía,
     hermosa el alma como el cuerpo tiene,
     y que su olvido de mi culpa nace,
     y que en fe de los males que nos hace
     amor su imperio en justa paz mantiene.

     Y con esta opinión y un duro lazo,
     acelerando el miserable plazo
     a que me han conducido sus desdenes,
     ofreceré a los vientos cuerpo y alma
     sin lauro o palma de futuros bienes.

     Tú, que con tantas sinrazones muestras
     la razón que me fuerza a que la haga
     a la cansada vida que aborrezco;
     pues ya ves que te da notorias muestras
     esta del corazón profunda llaga,
     de cómo alegre a tu rigor me ofrezco;

     Si por dicha conoces que merezco
     que el cielo claro de tus bellos ojos
     en mi muerte se turbe, no lo hagas,
     que no quiero que en nada satisfagas
     al darte de mi alma los despojos.

     Antes con risa en la ocasión funesta
     descubre que el fin mío fue tu fiesta.
     Mas gran simpleza es avisarte desto,
     pues sé que está tu gloria conocida
     en que mi vida llegue al fin tan presto.

     Venga, es tiempo ya, del hondo abismo
     tántalo con su sed, Sísifo venga
     con el peso terrible de su canto.

     Ticio traiga un buitre, y asimismo
     con su rueda Egión no se detenga,
     ni las hermanas que trabajan tanto.

     Y todos juntos su mortal quebranto
     traslaen en mi pecho, y en voz baja
     (si y a un desesperado son debidas)
     canten obsequias tristes, doloridas,
     al cuerpo a quien se niegue aun la mortaja.

     Y el portero infernal de los tres rostros,
     con otras mil quimeras y mil mostruos
     lleven en doloroso contrapunto,
     que otra pompa mejor no me parece
     que la merece un amador difunto.

     Canción desesperada, no te quejes
     cuando mi triste compañía dejes;
     antes, pues, que la causa do naciste
     con mi desdicha aumenta su ventura,
     aun en la sepultura no estés triste.

     Bien les pareció a los que escuchado habían la canción de
Grisóstomo, puesto, que el que la leyó dijo que no le parecía
que conformaba con la relación que él había oído del recato y
bondad de Marcela, porque en ella se quejaba Grisóstomo de
celos, sospechas y de ausencia, todo en perjuicio del buen
créditto y buena fama de Marcela, a lo cual respondió Ambrosio,
como aquel que sabía bien los más escondidos pensamientos de su
amigo; para que, señor, os satisfagáis desa duda, es bien que
sepáis que cuando este desdichado escribió esta canción estaba
ausente de Marcela, de quien se había ausentado por su voluntad,
por ver si usaba con él la ausencia de sus ordinarios fueros; y
como al enamorado ausente no hay cosa que no lo fatigue, ni
temor que no le dé alcance, así le fatigaban a Grisóstomo los
celos imaginados y las sospechas temidas como si fueran
verdaderas; y con esto queda en su punto la verdad que la fama
pregona de la bondad de Marcela; la cual fuera de ser cruel y un
poco arrogante, y un mucho desdeñosa, la misma envidia ni debe
ni puede ponerle falta alguna. Así es la verdad, respondió
Vivaldo; y queriendo leer otro papel de loos que había reservado
del fuego, lo estorbó una maravillosa visión (que tal parecía
ella) que improvisamente se les ofreció a los ojos, y fue que,
por cima de la peña donde se cavaba la sepultura, pareció la
pastora Marcela tan hermosa, que pasaba a su fama en hermosura.
Los que hasta entonces no la habían visto la miraban con
admiración y silencio, y los que ya estaban acostumbrados a
verla no quedaron menos suspensos que los que nunca la habían
visto. Mas apenas la hubo visto Ambrosio, cuando con muestras de
ánimo indignado, le dijo: ¿vienes a ver por ventura, oh fiero
basilisco destas montañas, si con tu presencia vierten sangre
las heridas deste miserable a quien tu crueldad quitó la vida; o
vienes a ufanarte en las crueles hazañas de tu condición, o a
ver desde esa altura, como otro despiadado Nero, el incendio de
su abrasada Roma, o a pisar arrogante este desdichado cadáver,
como la ingrata hija al de su padre Tarquino? Dinos presto a lo
que vienes, o qué es aquello de que más gustas, que por saber yo
que los pensamientos de Grisóstomo jamás dejaron de obedecerte
en vida, haré que, aun él muerto, te obedezcan los de todos
aquellos que se llamaron sus amigos.

     No vengo, oh Ambrosio, a ninguna cosa de las que has dicho,
respondió Marcela, sino a volver por mí misma, y a dar a
entender cuán fuera de razón van todos aquellos que de sus penas
y de la muerte de Grisóstomo me culpan. Y así ruego a todos los
que aquí estáis me estéis atentos, que no será menester mucho
tiempo ni gastar muchas palabras para persuadir una verdad a los
discretos. Hízome el cielo, según vosotros decís, hermosa, y de
tal manera, que sin ser poderosos a otra cosa, a que me améis os
mueve mi hermosura, y por el amor que me mostráis decís y aun
queréis que esté yo obligada a amaros. Yo conozco con el natural
entendimiento que Dios me ha dado, que todo lo hermoso es
amable; mas no alcanzo que por razón de eser amado, esté
obligado lo que es amado por hermoso a amar a quien le ama; y
más que podría acontecer que el amador de lo hermoso fuese feo,
y siendo lo feo digno de ser aborrecido, cae muy mal el decir
quiérote por hermosa, hazme de amar aunque sea feo. Pero puesto
caso que corran igualmente las hermosuras, no por eso han de
correr iguales los deseos, que no todas las hermosuras enamoran,
que algunas alegran la vista y no rinden la voluntad; que si
todas las bellezas enamorasen y rindiesen, sería un andar las
voluntades confusas y descaminadas sin saber en cuál habían de
parar, porque siendo infinitos los sujetos hermosos, infinitos
habían de ser los deseos; y según yo he oído decir, el verdadero
amor no se divide, y ha de ser voluntario y no forzoso. Siendo
esto así, como yo creo que lo es, ¿por qué queréis que rinda mi
voluntad por fuerza, obligada no más de que decís que me queréis
bien? Sino, decidme: si como el cielo me hizo hermosa me hiciera
fea, ¿fuera justo que me quejara de vosotros porque no me
amábades? Cuanto más que habéis de considerar que yo no escogí
la hermosura que tengo, que tal cual es, el cielo me la dio de
gracia sin yo pedirla ni escogella; y así como la víbora no
merece ser culpada por la ponzoña que tiene, puesto que con ella
mata, por habérsela dado naturaleza, tampoco yo merrezco ser
reprendida por ser hermosa; que la hermosura en la mujer honesta
es como el fuego apartado, o como la espada aguda, que ni él
quema, ni ella corta a quien a ellos no se acerca. La honra y
las virtudes son adornos del alma, sin las cuales el cuerpo,
aunque lo sea, no debe parecer hermoso; pues si la honestidad es
una de las virtudes que al cuerpo y alma más adornan y
hermosean, ¿por qué la ha de perder la que es amada por hermosa,
por corresponder a la intención de aquél que por solo su gusto
con todas sus fuerzas e industrias procura que la pierda? Yo
nací libre, y para poder libre escogí la soledad de los campos;
los árboles destas montañas son mi compañía, las claras aguas
destos arroyos mis espejos; con los árboles y con las aguas
comunico mis pensamientos y hermosura. Fuego soy apartado, y
espada puesta lejos. A los que he enamorado con la vista he
desengañado con las palabras; y si los deseos se sustentan con
esperanzas, no habiendo yo dado alguna a Grisóstomo, ni a otro
alguno, el fin de ninguno dellos, bien se puede decir que no es
obra mía que antes le mató su porfía que mi crueldad; y si me
hace cargo que eran honestos sus pensamientos, y que por esto
estaba obligada a corresponder a ellos, digo que cuando en ese
mismo lugar donde ahora se cava su sepultura me descubrió la
bondad de su intención, le dije yo que la mía era vivir en
perpetua soledad, y de que sola la tierra gozase el fruto de mi
recogimiento y los despojos de mi hermosura; y si él con todo
este desengaño quiso porfiar contra la esperanza y navegar
contra el viento, ¿qué mucho que se anegase en la mitad del
golfo de su desatino? Si yo le entretuviera, fuera falsa; si le
contentara, hiciera contra mi mejor intención y prosupuesto.
Porfió desengañado, desesperó sin ser aborrecido: mirad ahora si
será razón que de su pena se me dé a mí la culpa. Quéjese el
engañado, desespérese aquél a quien le faltaron las prometidas
esperanzas, confiese el qeu yo llamare, ufánese el qeu yo
admitiere; pero no me llame cruel ni homicida aquel a quien yo
no prometo, engaño, llamo, ni admito. El cielo aun hasta ahora
no ha querido que yo llame por destino, y el pensar que tengo
que amar por elección es excusado. Este general desengaño sirva
a cada uno de los que me solicitan de su particular provecho, y
entiéndase de aquí adelante, que si alguno por mí muriere, no
muere de celoso ni desdichado, porque a quien a nadie quiere, a
ninguno debe dar celos, que los desengaños no se han de tomar en
cuenta de desdenes. El que me llama fiera y basilisco, déjeme
como cosa perjudicial y mala: el que me llama ingrata, no me
sirva; el que desconocida, no me conozca; quien cruel, no me
siga; que esta fiera, este basilisco, esta ingrata, esta cruel y
esta desconocida, ni los buscará, servirá, conocerá, ni seguirá,
en ninguna manera. Que si a Grisóstomo mató su impaciencia y
arrojado deseo, ¿por qué se ha de culpar mi honesto proceder y
recato? Si yo conservo mi limpieza con la compañía de los
árboles, ¿por qué ha de querer que la pierda, el que quiera que
la tenga, con los hombres¿ Yo, como sabéis, tengo riquezas
propias, y no codicio las ajenas: tengo libre condición, y no
gusto de sujetarme; ni quiero ni aborrezco a nadie; no engaño a
este, ni solicito a aquel, ni me burlo con uno, ni me entretengo
con el otro. La conversación honesta de las zagalas destas
aldeas, y el cuidado de mis cabras me entretiene; tienen mis
deseos por término estas montañas, y si de aquí salen, es a
contemplar la hermosura del cielo, pasos con que camina el alma,
a su morada primera.

     Y en diciendo esto, sin querer oír respuesta alguna, volvió
las espaldas y se entró por lo más cerrado de un monte que allí
cerca estaba, dejando admirados, tanto de su discreción como de
su hermosura, a todos los que allí estaban.

     Y algunos dieron muestras (de aquellos que de la poderosa
flecha de los rayos de sus bellos ojos estaban heridos) de
quererla seguir, sin aprovecharse del manifiesto desengaño que
habían oído. Lo cual visto por Don Quijote, pareciéndole qeu
allí venía bien usar de su caballería socorriendo a las
doncellas menesterosas, puesta la mano en el puño de su espada,
en altas e inteligibles voces, dijo: ninguna persona, de
cualquier estado y condición que sea, se atreva a seguir a la
hermosa Marcela, so pena de caer en la furiosa indignación mía.
Ella ha mostrado con claras razones la poca o ninguna culpa que
ha tenido en la muerte de Grisóstomo, y cuán ajena vive de
condescender con los deseos de ninguno de sus amantes, a cuya
causa es justo qeu en lugar de ser seguida y perseguida, sea
honrada y estimada de todos los buenos del mundo, pues muestra
que en él ella es sola la que con tan honesta intención vive. O
ya que fuese por las amenazas de Don Quijote, o porque Ambrosio
les dijo que concluyesen con lo que a su buen amigo debían,
ninguno de los pastores se movió ni apartó de allí, hasta que,
acabada la sepultura, y abrasados los papeles de Grisóstomo,
pusieron su cuerpo en ella, no sin muchas lágrimas de los
circunstantes. Cerraron la sepultura con una gruesa peña, en
tanto que se acababa una losa que, según Ambrosio dijo, pensaba
mandar hacer un epitafio, que había de decir de esta manera:

     Yace aquí de un amador
     el mísero cuerpo helado,
     que fue pastor de ganado,
     perdido por desamor.
     Murió a manos del rigor
     de una esquiva hermosa ingrata,
     con quien su imperio dilata
     la tiranía de amor.

     Luego esparcieron por encima de la sepultura muchas flores
y ramos, y dando todos el pésame a su amigo Ambrosio se
despidieron dél. Lo mismo hicieron Vivaldo y su compañero, y Don
Quijote se despidió de sus huéspedes y de los caminantes, los
cuales le rogaron se viniese con ellos a Sevilla, por ser lugar
tan acomodado a hallar aventuras que en cada calle y tras cada
esquina se ofrecen más que en otro alguno. Don Quijote les
agradeció el aviso y el ánimo que mostraban de hacerle merced, y
dijo que por entonces no quería ni debía ir a sevilla, hasta que
hubiese despojado todas aquellas sierras de ladrones
malandrines, de quien era fama que todas estaban llenas. Viendo
su buena determinación, no quisieron los caminantes
importunarles más, sino tornándose a despedir de nuevo, le
dejaron y prosiguieron su camino, en el cual no les faltó de qué
tratar, así de la historia de Marcela y Grisóstomo, como de las
locuras de Don Quijote; el cual determinó de ir a buscar a la
pastora Marcela, y ofrecerle todo lo que él podía en su
servicio. Mas no le avino como él pensaba, según se cuenta en el
discurso desta verdadera historia.



     Parte primera: Capítulo decimoquinto

     Donde se cuenta la desgraciada aventura que se topó Don
Quijote en 
     topar con unos desalmados yangüeses

     Cuanta el sabio Cide Hamete Benengeli, que así como Don
Quijote se  despidió de sus huéspedes y de todos los que se
hallaron al  entierro del pastor Grisóstomo, él y su escudero se
entraron por  el mismo bosque donde vieron que se había entrado
la pastora  Marcela, y habiendo andado más de dos horas por él,
buscándola por  todas partes sin poder hallarla, vinieron a
parar a un prado lleno  de fresca yerba, junto del cual corría
un arroyo apacible y  fresco, tanto que convidó y forzó a pasar
allí las horas de la  siesta, que rigurosamente comenzaba ya a
entrar. Apeáronse Don  Quijote y Sancho, y dejando al jumento y
a Rocinante a sus  anchuras pacer de la mucha yerba que allí
había, dieron saco a las  alforjas, y sin ceremonia alguna, en
buena paz y compañía, amo y  mozo comieron lo que en ellas
hallaron. No se había curado Sancho  de echar sueltas a
Rocinante, seguro de que le conocía por tan  manso y tan poco
rijoso que todas las yeguas de la dehesa de  Córdoba no le
hicieran tomar mal siniestro. Ordenó, pues, la  suerte y el
diablo, que no todas veces duerme, que andaban por  aquel valle
paciendo una manada de jacas galicianas de unos  arrieros
yangüeses, de los cuales es costumbre sestear con su  recua en
lugares y sitios de yerba y agua; y aquel donde acertó a 
hallarse Don Quijote era muy a propósito de los yangüeses.

     Sucedió, pues, que a Rocinante le vino en deseo de
refocilarse con  las señoras jacas, y saliendo, así como las
olió, de su natural  paso y costumbre, sin pedir licencia a su
dueño, tomó un trotillo  algo pacadillo, y se fue a comunicar su
necesidad con ellas; mas  ellas, que a lo que pareció, debían de
tener más gana de pacer que  de él, recibiéronle con las
herraduras y con los dientes, de tal  manera que a poco espacio
se le rompieron las cinchas, y quedó sin  silla en pelota; pero
lo que él debió más de sentir fue que viendo  los arrieros la
fuerza que a sus yeguas se les hacía, acudieron  con estacas, y
tantos palos le dieron, que le derribaron mal  parado en el
suelo. Ya en esto Don Quijote y Sancho, que la paliza  de
Rocinante habían visto, llegaban hijadeando, y dijo Don Quijote 
a Sancho: A lo que veo, amigo Sancho, estos no son caballeros, 
sino gente soez y de baja ralea; dígolo, porque bien me puedes 
ayudar a tomar la debida venganza del agravio que delante de 
nuestros ojos se le ha hecho a Rocinante. ¿Qué diablos de
venganza  hemos de tomar, respondió Sancho, si estos son más de
veinte, y  nosotros no más de dos, y aun quizá no somos sino uno
y medio? Yo  valgo por ciento, respondió Don Quijote. Y sin
hacer más  discursos, echó mano a su espada y arremetió a los
yangüeses, y lo  mismo hizo Sancho Panza, incitado y movido del
ejemplo de su amo;  y a las primeras dio Don Quijote una
cuchillada a uno que le abrió  un sayo de cuero de que venía
vestido con gran parte de la  espalda. Los yangüeses que se
vieron maltratar de aquellos dos  hombres solos, siendo ellos
tantos, acudieron a sus estacas; y  cogiendo a los dos en medio,
comenzaron a menudear sobre ellos con  grande ahínco y
vehemencia; verdad es que el segundo toque dieron  con Sancho en
el suelo, y lo mismo le avino a Don Quijote, sin que  le valiese
su destreza y buen ánimo; quiso su ventura que viniese  a caer a
los pies de Rocinante, que aún no se había levantado:  donde se
echa de ver la furia con que machacan estacas puestas en  manos
rústicas y enojadas.

     Viendo, pues, los yangüeses el mal recado que habían hecho,
con la  mayor presteza que pudieron cargaron su recua y
siguieron su  camino, dejando a los dos aventureros de mala
traza y de peor  talante. El primero que se resintió fue Sancho
Panza, y hallándose  junto a su señor, con voz enferma y
lastimada dijo: Señor Don  Quijote, ¡ah, Señor Don Quijote! ¿Qué
quieres, Sancho hermano?  respondió Don Quijote con el mismo
tono afeminado y doliente que  Sancho. Querría, si fuese
posible, respondió Sancho Panza, que  vuestra merced me diese
dos tragos de aquella bebida del feo Blas,  si es que la tiene
vuestra merced ahí a mano; quizá será de  provecho para los
quebrantamientos de huesos, como lo es para las  feridas. Pues a
tenerla yo aquí, desgraciado yo, ¿qué nos faltaba?  respondió
Don Quijote. Mas yo te juro, Sancho Panza, a fe de  caballero
andante, que antes que pasasen dos días, si la fortuna  no
ordena otra cosa, la tengo de tener en mi poder, o mal me han 
de andar las manos. ¿Pues en cuántos le parece a vuestra merced 
que podremos mover los pies? replicó Sancho Panza. De mí sé
decir,  dijo el molido caballero Don Quijote, que no sabré poner
término a  esos días; mas yo no tengo la culpa de todo, que no
había de poner  mano a la espada contra hombres que no fuesen
armados caballeros  como yo; y así creo que en pena de haber
pasado las leyes de la  caallería ha permitido el dios de las
batallas que se me diese  este castigo; por lo cual, hermano
Sancho, conviene que estés  advertido en esto que ahora te diré,
porque importa mucho a la  salud de entrambos; y es que, cuando
veas que semejante canalla  nos hace algún agravio, no aguardes
a que yo ponga mano a la  espada para ellos, porque no lo haré
en ninguna manera, sino pon  tú mano a tu espada y castígalos
muy a tu sabor, que si en su  ayuda y defensa acudieren
caballeros, yo te sabré defender y  ofendellos con todo mi
poder, que ya habrás visto por mil señales  y experiencias hasta
dónde se extiende el valor de este mi fuerte  brazo. Tal quedó
de arrogante el pobre señor con el vencimiento  del valiente
vizcaíno. Mas no le pareció tan bien a Sancho Panza  el aviso de
su amo, que dejase de responder, diciendo: Señor, yo  soy hombre
pacífico, manso, sosegado, y sé disimular cualquiera  injuria,
porque tengo mujer e hijos que sustentar y criar; así que  séale
a vuestra merced también de aviso, pues no puede ser  mandato,
que en ninguna manera pondré mano a la espada, ni contra 
villano, ni contra caballero, y que desde aquí para delante de 
Dedios perdono cuantos agravios me han hecho y han de hacer, ora 
me los haya hecho o haga, o haya de hacer persona alta o baja, 
rico o pobre, hidalgo o pechero, sin exceptuar estado ni
condición  alguna.

     Lo cual oído por su amo, le respondió: Quisiera tener
aliento para  poder hablar un poco descansado, y que el dolor
que tengo en esta  costilla se apacara tanto cuanto, para darte
a entender, Panza, en  el error en que estás. Ven acá, pecador:
si el viento de la  fortuna, hasta ahora tan contrario, en
nuestro favor se vuelve,  llenándonos las velas del deseo para
que seguramente y sin  contraste alguno tomemos puerto en alguna
de las ínsulas que te  tengo prometida, ¿qué sería de ti si,
ganándola yo, te hiciese  señor della? Pues lo vendrás a
imposibilitar por no ser caballero,  ni quererlo ser, ni tener
valor ni intención de vengar tus  injurias y defender tu
señoría; porque has de saber que en los  reinos y provincias
nuevamente conquistados, nunca están tan  quietos los ánimos de
sus naturales, ni tan de parte del nuevo  señor, que no se tenga
temor de que han de hacer alguna novedad  para alterar de nuevo
las cosas y volver como dicen, a probar  ventura; y así es
menester que el nuevo posesor tenga  entendimiento para saber
gobernar, y valor para ofender y  defenderse en cualquier
acontecimiento. En este que ahora nos ha  acontecido, respondió
Sancho, quisiera yo tener este entendimiento  y ese valor que
vuestra merced dice; mas yo le juro a fe de pobre  hombre, que
más estoy para bizma que para pláticas. Mire vuestra  merced si
se puede levantar y ayudaremos a Rocinante, aunque no lo 
merece, porque él fue la causa principal de todo este
molimiento;  jamás tal creí de Rocinante, que le tenía por
persona casta y tan  pacífica como yo. En fin, bien dicen que es
menester mucho tiempo  para venir a conocer las personas, y que
no hay cosa segura en  esta vida. ¿Quién dijera que tras de
aquellas tan grandes  cuchilladas como vuestra merced dio a
aquel desdichado andante,  había de venir por la posta y en
seguimiento suyo esta tan grande  tempestad de palos que ha
descargado sobre nuestras espaldas? Aun  las tuyas, Sancho,
replicó Don Quijote, deben de estar hechas a  semejantes
nublados; pero las mías, criadas entre sinabafas y  holandas,
claro está que sentirán más el dolor de esta desgracia;  y si no
fuese porque imagino, qué digo imagino; sé muy cierto que  todas
estas incomodidades son muy anejas al ejercicio de las  armas,
aquí me dejaría morir de puro enojo. A esto replicó el 
escudero: Señor, ya que estas desgracias son de la cosecha de la 
caballería, dígame vuestra merced si suceden muy a menudo, o si 
tienen sus tiempos limitados en que acaecen; porque me parece a
mí  que a dos cosechas quedaremos inútiles para la tercera, si
Dios  por su infinita misericordia no nos socorre. Sábete, amigo
Sancho,  respondió Don Quijote, que la vida de los caballeros
andantes está  sujeta a mil peligros y desventuras, y ni más ni
menos está en  potencia propincua de ser los caballeros andantes
reyes y  emperadores, como lo ha mostrado la experiencia en
muchos y  diversos caballeros de cuyas historias yo tengo entera
noticia. Y  pudiérate contar ahora, si el dolor me diera lugar,
de algunos que  sólo por el valor de su brazo han subido a los
altos grados que he  contado, y estos mismos se vieron antes y
después en diversas  calamidades y miserias, porque el valeroso
Amadís de Gaula se vió  en poder de su mortal enemigo Arcaláus
el encantador, de quien se  tiene por averiguado que le dio,
teniéndole preso, más de  doscientos azotes con las riendas de
su caballo, atado a una  columna de un patio; y aun hay un autor
secreto y de no poco  crédito que dice, que habiendo cogido al
caballero del Febo con  una cierta trampa que se le hundió
debajo de los pies en un cierto  castillo, al caer se halló en
una honda sima debajo de la tierra,  atado de pies y manos, y
allí le echaron una destas que llaman  melecinas de agua de
nieve y arena, de lo que llegó muy al cabo, y  si no fuera
socorrido en aquella gran cuita de un sabio grande  amigo suyo,
lo pasara muy mal el pobre caballero... 


      Parte primera: Capítulo decimosexto

      De lo que le sucedió al ingenioso hidalgo en la venta que
él 
      imaginaba ser castillo.

      El ventero que vió a Don Quijote atravesado en el asno,
preguntó a Sancho qué mal traía. Sancho le respondió que no era
nada, sino que había dado una caída de una peña abajo, y que
tenía algo brumadas las costillas. Tenía el ventero por mujer a
una, no de la condición que suelen tener las de semejante trato,
porque naturalmente era caritativa y se dolía de las calamidades
de sus prójimos, y así acudió luego a curar a Don Quijote, e
hizo que una hija suya doncella, muchacha y de muy buen parecer,
la ayudase a curar a su huésped. Servía a la venta asimismo una
moza asturiana, ancha de cara, llana de cogote, de nariz roma,
del un ojo tuerta, y del otro no muy sana: verdad es que la
gallardía del cuerpo suplía las demás faltas; no tenía siete
palmos de los pies a la cabeza, y las espaldas, que algún tanto
le cargaban, la hacían mirar al suelo más de lo que ella
quisiera. Esta gentil moza, pues, ayudó a la doncella, y las dos
hicieron una muy mala cama a Don Quijote en un caramanchón, que
otros tiempos daba manifiestos indicios que había servido de
pajar muchos años, en el cual también alojaba un arriero que
tenía su cama hecha un poco más allá de la de nuestro Don
Quijote, y aunque era de las enjalmas y mantas de sus machos,
hacía mucha ventaja a la de Don Quijote, que sólo contenía
cuatro mal lisas tablas sobre dos no muy iguales bancos, y un
colchón que en lo sutil parecía colcha, lleno de bodoques, que a
no mostrar que eran de lana por algunas roturas, al tiento en la
dureza semejaban de guijarro, y dos sábanas hechas de cuero de
adarga, y una frazada cuyos hilos, si se quisieran contar, no se
perdiera uno solo en la cuenta. En esta maldita cama se acostó
Don Quijote; luego la ventera y su hija le emplastaron de arriba
a abajo, alumbrándoles Maritornes, que así se llamaba la
asturiana, y como al bizmalle viese la ventera tan acardenalado
a partes a Don Quijote, dijo que aquellos más parecían golpes
que caída.

     No fueron golpes, dijo Sancho, sino que la peña tenía
muchos picos y tropezones, y que que cada uno había hecho su
cardenal. Y también le dijo: Haga vuestra merced, señora, de
manera que queden algunas estopas, que no faltará quien las haya
menester, que también me duelen a mí un poco los lomos. ¿De esa
manera, respondió la ventera, también debísteis vos de caer? No
caí, dijo Sancho Panza, sino que de el sobresalto que tomé de
ver caer a mi amo, de tal manera me duele a mí el cuerpo, que me
parece que me han dado mil palos. Bien podría ser eso, dijo la
doncella, que a mí me ha acontecido muchas veces soñar que caía
de una torre abajo y que nunca acababa de llegar al suelo y
cuando despertaba del sueño hallarme tan molida y quebrantada
como si verdaderamente hubiera caído. Ahí está el toque, señora,
respondió Sancho Panza, que yo sin soñar nada, sino estando más
despierto que ahora estoy, me hallo con pocos menos cardenales
que mi señor Don Quijote.

     ¿Cómo se llama este caballero? preguntó la asturiana
Maritornes. Don Quijote de la Mancha, respondió Sancho Panza, y
es caballero aventurero y de los mejores y más fuertes que de
luengos tiempos acá se han visto en el mundo. ¿Qué es caballero
aventurero? replicó la moza. ¿Tan nueva sois en el mundo que no
lo sabeis vos? respondió Sancho Panza: Pues sabed, hermana mía,
que caballero aventurero es una cosa que en dos palabras se ve
apaleado y emperador; hoy está la más desdichada criatura del
mundo y la más menesterosa, y mañana tendrá dos o tres coronas
de reinos que dar a su escudero. Pues ¿cómo vos, siendo de este
tan buen señor, dijo la ventera, no tenéis a lo que parece
siquiera algun condado? Aún es temprano, respondió Sancho,
porque no ha sino un mes que andamos buscando las aventuras, y
hasta ahora no hemos topado con ninguna que lo sea, y tal vez
hay que se busca una cosa y se halla otra; verdad es que si mi
señor Don Quijote sana de esta herida o caída, y yo quedo
contrecho della, no trocaría mis esperanzas con el mejor título
de España.

     Todas estas pláticas estaba escuchando muy atento Don
Quijote, y sentándose en el lecho como pudo, tomando de la mano
a la ventera, le dijo: Creedme, fermosa señora, que os podeis
llamar venturosa por haber alojado en este vuestro castillo a mi
persona, que es tal, que si no la alabo es por lo que suele
decirse, que la alabanza propia envilece, pero mi escudero os
dirá quien soy; sólo os digo que tendré eternamente escrito en
mi memoria el servicio que me habedes fecho para agradecéroslo
mientras la vida me durase; y pluguiera a los altos cielos que
el amor no me tuviera tan rendido y tan sujeto a sus leyes, y
los ojos de aquella hermosa ingrata que digo entre mis dientes,
que los de esta fermosa doncella fueran señores de mi libertad.

     Confusas estaban la ventera y su hija, y la buena de
Maritornes, oyendo las razones del andante caballero, que así
las entendían como si hablara en griego; aunque bien alcanzaron
que todas se encaminaban a ofrecimientos y requiebros: y como no
usadas a semejante lenguaje, mirábanle y admirábanse, y
parecíales otro hombre de los que se usaban; y agradeciéndoles
con venteriles razones sus ofrecimientos, le dejaron, y la
asturiana Maritornes curó a Sancho, que no menos lo había
menester que su amo. Había el arriero concertado con ella que
aquella noche se refocilarían juntos, y ella le había dado su
palabra de que en estando sosegados los huéspedes, y durmiendo
sus amos, le iría a buscar y satisfacerle el gusto en cuanto le
mandase. Y cuéntase de esta buena moza, que jamás dió semejantes
palabras que no las cumpliese, aunque las diese en un monte y
sin testigo alguno, porque presumía muy de hidalga, y no tenía
por afrenta estar en aquel ejercicio de servir en la venta;
porque decía ella que desgracias y malos sucesos la habían
traído a aquel estado. El duro, estrecho, apocado y fementido
lecho de Don Quijote estaba primero en mitad de aquel estrellado
establo; y luego junto a él hizo el suyo Sancho, que sólo
contenía una estera de enea y una manta, que antes mostraba ser
de angeo tundido que de lana; sucedía a estos dos lechos el del
arriero, fabricado, como se ha dicho de las enjalmas y de todo
el adorno de los dos mejores mulos que traía, aunque eran doce,
lucios, muy gordos y famosos, porque era uno de los ricos
arrieros de Arévalo, según lo dice el autor de esta historia,
que de este arriero hace particular mención, porque le conocía
muy bien, y aún quieren decir que era algo pariente suyo.

     Fuera de que Cide Hamete Benengeli fue historiador muy
curioso y puntual en todas cosas, y échase bien de ver, pues las
que quedan referidas con ser tan mínimas y tan raras, no las
quiso pasar en silencio, de donde podrán tomar ejemplo los
historiadores graves que nos cuentan las acciones tan corta y
sucintamente, que apenas nos llegan a los labios, dejándose en
el tintero, ya por descuído, por malicia o ignorancia, lo más
sustancial de la obra. Bien haya mil veces el autor de
"Tablante", de "Ricamonte", y aquel del otro libro donde se
cuentan los hechos del "Conde Tomillas", ¡y con qué puntualidad
lo describen todo! Digo, pues, que después de haber visitado el
arriero a su recua y dádole el segundo pienso, se tendió en sus
enjalmas y se dió a esperar a su puntualísima Maritornes. Ya
estaba Sancho bizmado y acostado, y aunque procuraba dormir no
lo consentía el dolor de sus costillas; y Don Quijote con el
dolor de las suyas tenía los ojos abiertos como liebre.

     Toda la venta estaba en silencio, y en toda ella no había
otra luz que la daba una lámpara, que colgada en medio del
portal ardía. Esta maravillosa quietud, y los pensamientos que
siempre nuestro caballero traía de los sucesos que a cada paso
se cuentan en los libros, autores de su desgracia, le trujo a la
imaginación una de las extrañas locuras que buenamente
imaginarse pueden; y fue que el se imaginó haber llegado a un
famoso castillo (que, como se ha dicho, castillos eran a su
parecer todas las ventas donde alojaba), y que la hija del
ventero lo era del señor del castillo, la cual, vencida de su
gentileza, se había enamorado de él y prometido que aquella
noche a furto de sus padres vendría a yacer con él una buena
pieza; y teniendo toda esta quimera, que él se había fabricado,
por firme y valedera, se comenzó a acuitar y a pensar en el
peligroso trance en que su honestidad se había de ver, y propuso
en su corazón de no cometer alevosía a su señora Dulcinea del
Toboso, aunque la misma reina Ginebra con su dama Quintañona se
le pusiesen delante.

     Pensando, pues, en estos disparates, se llegó el tiempo y
la hora (que para él fue menguada) de la venida de la asturiana,
la cual, en camisa y descalza, cogidos los cabellos en una
albanega de fustan, con tácitos y atentados pasos, entró en el
aposento donde los tres alojaban en busca del arriero; pero
apenas llegó a la puerta cuando Don Quijote la sintió, y
sentándose en la cama a pesar de sus bizmas, y con dolor de sus
costillas, tendió los brazos para recibir a su fermosa doncella
la asturiana, que toda recogida y callando iba con las manos
adelante buscando a su querido. Topó con los brazos de Don
Quijote, el cual la asió fuertemente de una muñeca, y tirándola
hacia sí, sin que ella osase hablar palabra, la hizo sentar
sobre la cama, tentóle la camisa y ella era de arpillera, a él
le pareció ser de finísimo y delgado cendal. Traía en las
muñecas unas cuentas de vidrio; pero a él le dieron vislumbres
de preciosas piedras orientales; los cabellos que en alguna
manera tiraban a crines, él los marcó por hebras de lucidísimo
oro de Arabia, cuyo resplandor al del mismo sol oscurecía; y el
aliento que, sin duda alguna olía a ensalada fiambre y
trasnochada, a él pareció que arrojaba de su boca un olor suave
y aromático; y finalmente, él la pintó en su imaginación de la
misma traza y modo que lo había leído en sus libros de la otra
princesa que vino a ver al mal ferido caballero vencido de sus
amores, con todos los adornos que aquí van puestos; y era tanta
la ceguedad del pobre hidalgo, que el tacto, ni el aliento, ni
otras cosas que traía en sí la buena doncella, no le
desengañaban, las cuales pudieran hacer vomitar a otro que no
fuera arriero; antes le parecía que tenía en sus brazos a la
diosa de la hermosura; y teniéndola bien asida, con voz amorosa
y baja le comenzó a decir: Quisiera hallarme en términos,
fermosa y alta señora, de poder pagar tamaña merced como la que
con la vista de vuestra gran fermosura me habedes fecho; pero ha
querido la fortuna, que no se cansa de perseguir a los buenos,
ponerme en este lecho, donde yago tan molido y quebrantado, que
aunque de mi voluntad quisiera satisfacer a la vuestra, fuera
imposible; y más que se añade a esta imposibilidad otra mayor,
que es la prometida fe que tengo dada a la sin par Dulcinea del
Toboso, única señora de mis más escondidos pensamientos; que si
ésto no hubiera de por medio, no fuera yo tan sándio caballero
que dejara pasar en blanco la venturosa ocasión en que vuestra
gran bondad me ha puesto.

     Maritornes estaba congojadísima y trasudando de verse tan
asida de Don Quijote, y sin entender, ni estar atenta a las
razones que le decía, procuraba sin hablar palabra desasirse. El
bueno del arriero, a quien tenían despiertos sus malos deseos,
desde el punto que entró su coima por la puerta, la sintió,
estuvo atentamente escuchando todo lo que Don Quijote decía, y
celoso de que la asturiana le hubiese faltado a la palabra por
otro, se fué llegando más al lecho de Don Quijote, y estúvose
quedo hasta ver en que paraban aquellas razones que él no podía
entender; pero como vió que la moza forcejeaba por desasirse, y
Don Quijote trabajaba por tenerla, pareciéndole mal la burla,
enarboló el brazo en alto, y descargó tan terrible puñada sobre
las estrechas quijadas del enamorado caballero, que le bañó toda
la boca en sangre, y no contento con esto se le subió encima de
las costillas, y con los piés más que de trote se las paseó
todas de cabo a cabo. El lecho, que era un poco endeble y de no
firmes fundamentos, no pudiendo sufrir la añadidura del arriero,
dió consigo en el suelo, a cuyo gran ruido despertó el ventero,
y luego imaginó que debían de ser pendencias de Maritornes,
porque habiéndola llamado a voces no respondía. Con esta
sospecha se levantó, y encendiendo un candil, se fué hacia donde
había sentido la pelea. La moza, viendo que su amo venía, y que
era de condición terrible, toda medrosica y alborotada se acogió
a la cama de Sancho Panza, que aún dormía, y allí se acurrucó y
se hizo un ovillo. El ventero entró diciendo: ¿Adónde estas
puta? A buen seguro que son tus cosas éstas. En esto despertó
Sancho, y sintiéndo aquel bulto casi encima de sí, pensó que
tenía la pesadilla, y comenzó a dar puñadas a una y otra parte,
y entre otras alcanzó con no sé cuántas a Maritornes, la cual,
sentida del dolor, echando a rodar la honestidad, dio el retorno
a Sancho con tantas, que a su despecho le quitó el sueño; el
cual, viéndose tratar de aquella manera y sin saber de quién,
alzándose como pudo, se abrazó con Maritornes, y comenzaron
entre los dos la más reñida y graciosa escaramuza del mundo.

     Viendo, pues, el arriero a la lumbre del candil del ventero
cual andaba su dama, dejando a Don Quijote, acudió a dalle el
socorro necesario. Lo mismo hizo el ventero; pero con intención
diferente, porque fue a castigar a la moza, creyendo sin duda
que ella sola era la ocasión de toda aquella armonía. Y así como
suele decirse, el gato al rato, el rato a la cuerda, la cuerda
al palo, daba el arriero a Sancho, Sancho a la moza, la moza a
él, el ventero a la moza y todos menudeaban con tanta priesa,
que no daban punto de reposo; y fue lo bueno que al ventero se
le apagó el candil, y como quedaron a oscuras, dábanse tan sin
compasión todos a bulto, que a do quiera que ponían la mano no
dejaban cosa sana.

     Alojaba acaso aquella noche en la venta un cuadrillero de
los que llaman de la Santa Hermandad vieja de Toledo, el cual,
oyendo asimismo el extraño estruendo de la pelea, asió de su
media vara y de la caja de lata de sus títulos, y entró a
oscuras en el aposento diciendo: Téngase a la justicia, téngase
a la Santa Hermandad. Y el primero con quién topó fué con el
apuñeado de Don Quijote, que estaba en su derribado lecho,
tendido boca arriba, sin sentido alguno; y echándole, a tiento,
mano a las barbas, no cesaba de decir: Favor a la justicia...
Pero viendo que el que tenía asido no se bullía ni se meneaba,
se dió a entender que estaba muerto, y que los que allí dentro
estaban eran sus matadores, y con esta sospecha reforzó la voz,
diciendo: Ciérrese la puerta de la venta, miren que no se vaya
nadie, que han muerto aquí a un hombre.

     Esta voz sobresaltó a todos, y cada cual dejó la pendencia
en el grado que le tomó la voz. Retiróse el ventero a su
aposento, el arriero a sus enjalmas, la moza a su rancho; sólo
los desventurados Don Quijote y Sancho no se pudieron mover de
donde estaban. Soltó en esto el cuadrillero la barba de Don
Quijote, y salió a buscar luz para buscar y prender los
delincuentes; mas no la halló, porque el ventero de industria
había muerto la lámpara cuando se retiró a su estancia, y fuele
preciso acudir a la chimenea, donde con mucho trabajo y tiempo
encendió el cuadrillero otro candil.



     Parte primera: Capítulo decimoséptimo

     Donde se prosiguen los innumerables trabajos que el bravo
Don Quijote y 
     su buen escudero Sancho Panza pasaron en la venta, que por
su mal 
     pensó que era castillo

     Había ya vuelto en este tiempo de su parasismo Don Quijote,
y con el mismo tono de voz que el día antes había llamado a su
escudero cuando estaba tendido en el val de las estacas, le
comenzó a llamar diciendo: ¿Sancho amigo, duermes? ¿Duermes,
amigo Sancho? Qué tengo de dormir, pesia a mí, respondió Sancho
lleno de pesadumbre y de despecho, que no parece sino que todos
los diablos han andado conmigo esta noche. Puédeslo creer así
sin duda, respondió Don Quijote, porque o yo sé poco, o este
castillo es encantado, porque has de saber... mas esto que ahora
quiero decirte, hasme de jurar que lo tendras secreto hasta
después de mi muerte. Sí juro, respondió Sancho.

     Dígolo, respondió Don Quijote, porque soy enemigo de que se
quite la honra a nadie. Digo que sí juro, tornó a decir Sancho,
que lo callaré hasta después de los días de vuestra merced, y
plega a Dios que lo pueda descubrir mañana. ¿Tan malas obras te
hago, Sancho, respondió Don Quijote, que me querrías ver muerto
con tanta brevedad? No es por eso, respondió Sancho, sino que
soy enemigo de guardar mucho las cosas, y no querría que se me
pudriesen de guardadas. Sea por lo que fuere, dijo Don Quijote,
que más fío de tu amor y de tu cortesía; y así has de saber que
esta noche me ha sucedido una de las más extrañas aventuras que
yo sabré encarecer, y por contártela en breve, sabrás que poco
ha que a mí vino la hija del señor de este castillo, que es la
más apuesta y fermosa doncella que en gran parte de la tierra se
puede hallar. ¡Qué te podría decir del adorno de su persona!
¡Qué de su gallardo entendimiento! ¡Qué de otras cosas ocultas,
que por guardar la fe que debo a mi señora Dulcinea del Toboso,
dejaré pasar intactas y en silencio! Sólo te quiero decir, que
envidioso el cielo de tanto bien como la ventura me había puesto
en las manos, o quizá (y esto es lo más cierto) que, como tengo
dicho, es encantado este castillo, al tiempo que yo estaba con
ella en dulcísimos y amorososímos coloquios, sin que yo la
viese, ni supiese por dónde venía, vino una mano pegada a algún
brazo de algún descomunal gigante, y asentándome una puñada en
las quijadas, tal que las tengo todas bañadas en sangre, y
después me molió de tal suerte, que estoy peor que ayer cuando
los arrieros por demasías de Rocinante nos hicieron el agravio
que sabes; por donde conjeturo: que el tesoro de la fermosura de
esta doncella le debe de guardar algún encantado moro, y no debe
de ser para mí.

     Ni para mí tampoco, respondió Sancho, porque más de
cuatrocientos moros me han aporreado de manera que el molimiento
de las estacas fue tortas y pan pintado; pero dígame, señor,
¿cómo llama a esta buena y rara aventura, habiendo quedado de
ella cual quedamos? Aún vuestra merced menos mal, pues tuvo en
sus manos aquella incomparable fermosura que ha dicho; pero yo
¿qué tuve sino los mayores porrazos que pienso recibir en toda
mi vida? Desdichado de mí y de la madre que me parió, que no soy
caballero andante ni lo pienso ser jamás, y de todas las
malandanzas me cabe la mayor parte. ¿Luego también estás tú
aporreado? respondió Don Quijote. ¿No le he dicho que sí, pese a
mi linaje? dijo Sancho. No tengas penas, amigo, dijo Don
Quijote, que yo haré ahora el bálsamo precioso, con que
sanaremos en un abrir y cerrar de ojos.

     Acabó en esto de encender el candil el cuadrillero, y entró
a ver el que pensaba que era muerto, y así como le vió entrar
Sancho, viéndole venir en camisa y con su paño a la cabeza y
candil en la mano y con una muy mala cara, preguntó a su amo:
Señor, ¿si será este a dicha el moro encantado que nos vuelve a
castigar si se dejó algo en el tintero? No puede ser el moro,
respondió Don Quijote, porque los encantados no se dejan ver de
nadie. Si no se dejan ver, déjanse sentir, dijo Sancho; si no
díganlo mis espaldas. También lo podrían decir las mías,
respondió Don Quijote; pero no es bastante indicio eso para
creer que éste que se ve sea el encantado moro.

     Llegó el cuadrillero, y como los halló hablando en tan
sosegada conversación quedó suspenso. Bien es verdad que Don
Quijote se estaba boca arriba sin poderse menear de puro molido
y emplastado. Llegóse a él el cuadrillero y díjole: Pues ¿cómo
va buen hombre? Hablara yo más bien criado, respondió Don
Quijote, si fuera que vos; ¿úsase en esta tierra hablar desa
suerte a los caballeros andantes, majadero?

     El cuadrillero que se vio tratar tan mal de un hombre de
tan mal parecer, no lo pudo sufrir, y alzando el candil con todo
su aceite dió a Don Quijote con él en la cabeza, de suerte que
le dejó muy bien descalabrado; y como todo quedó a oscuras,
salióse luego, y Sancho Panza dijo: Sin duda, señor, que este es
el moro encantado, y debe de guardar el tesoro para otros, y
para nosotros sólo guarda las puñadas y los candilazos. Así es,
respondió Don Quijote, y no hay que hacer caso destas cosas de
encantamientos, ni para qué tomar cólera ni enojo con ellas, que
como son invisibles y fantásticas, no hallaremos de quién
vengarnos, aunque más lo procuremos.Levántate, Sancho, si
puedes, y llama al alcaide desta fortaleza, y procura que se me
dé un poco de aceite, vino, sal y romero, para hacer el
salutífero bálsamo, que en verdad que creo que lo he bien
menester ahora, porque se me va mucha sangre de la herida que
esta fantasma me ha dado.

     Levantóse Sancho con harto dolor de sus huesos, y fué a
oscuras donde estaba el ventero, y encontrándose con el
cuadrillero, que estaba escuchando en qué paraba su enemigo, le
dijo: Señor, quien quiera que seais, hacednos merced y beneficio
de darnos un poco de romero, aceite, sal y vino, que es menester
para curar uno de los mejores caballeros andantes que hay en la
tierra, el cual yace en aquella cama mal ferido por las manos
del encantado moro que está en esta venta. Cuando el cuadrillero
tal oyó, túvole por hombre falto de seso; y porque ya comenzaba
a amanecer, abrió la puerta de la venta, y llamando al ventero,
le dijo lo que aquel buen hombre quería. El ventero le proveyó
de cuanto quiso, y Sancho se lo llevó a Don Quijote, que estaba
con las manos en la cabeza quejándose del dolor del candilazo,
que no le había hecho más mal que levantarle dos chichones algo
crecidos, y lo que él pensaba que era sangre, no era sino sudor
que sudaba con la congoja de la pasada tormenta. En resolución,
él tomó sus simples, de los cuales hizo un compuesto
mezclándolos todos y cociéndolos un buen espacio hasta que le
pareció que estaban en su punto. Pidió luego alguna redoma para
echallo, y como no la hubo en la venta, se resolvió de ponello
en una alcuza o aceitera de hoja de lata, de quien el ventero le
hizo grata donación; y luego dijo sobre la alcuza más de ochenta
Pater Noster y otras tantas Ave Marías, Salves y Credos, y cada
palabra acompañaba una cruz a modo de bendición; a todo lo cual
se hallaron presentes Sancho, el ventero y el cuadrillero, que
ya el arriero sosegadamente andaba entendiendo en el beneficio
de sus machos.

     Hecho esto, quisó él mismo hacer luego la experiencia de la
virtud de aquel precioso bálsamo que él se imaginaba; y así se
bebió de lo que no pudo caber en la alcuza, y quedaba en la olla
donde se había cocido casi media azumbre, y apenas lo acabó de
beber cuando comenzó a vomitar de manera que no le quedó cosa en
el estómago, y con las ansias y agitación del vómito le dió un
sudor copiosísimo, por lo cual mandó que lo arropasen y le
dejasen solo. Hiciéronlo así, y quedóse dormido más de tres
horas, al cabo de las cuales despertó, y se sintió aliviadísimo
del cuerpo, y en tal manera mejor de su quebrantamiento, que se
tuvo por sano, y verdaderamente creyó que había acertado con el
bálsamo de Fierabrás, y que con aquel remedio podía acometer
desde allí adelante sin temor alguno cualesquiera riñas,
batallas y pendencias, por peligrosas que fuesen. Sancho Panza,
que también tuvo a milagro la mejoría de su amo, le rogó que le
diese a él lo que quedaba en la olla, que no era poca cantidad.
Concedióselo Don Quijote, y él tomándola a dos manos con buena
fe y mejor talante, se la echó a pechos, y se envasó bien poco
menos que su amo. Es, pues, el caso que el estómago del pobre
Sancho no debía de ser tan delicado como el de su amo, y así
primero que vomitase le dieron tantas ansias y bascas con tantos
trasudores y desmayos, que él pensó bien y verdaderamente que
era llegada su última hora, y viéndose tan afligido y
acongojado, maldecía el bálsamo y el ladrón que se lo había
dado. Viéndole así Don Quijote le dijo: Yo creo, Sancho, que
todo este mal te viene de no ser armado caballero, porque tengo
para mí que este licor no debe de aprovechar a los que no lo
son. Si eso sabía vuestra merced, replicó Sancho, mal haya yo y
toda mi parentela, ¿para qué consintió que lo gustase?

     En esto hizo su operación el brevaje, y comenzó el pobre
escudero a desaguarse por entrambas canales con tanta priesa que
la estera de enea, sobre quien se había vuelto a echar, ni la
manta de angeo con que se cubría fueron más de provecho; sudaba
y trasudaba con tales parasismos y accidentes, que no solamente
él, sino todos pensaban que se le acababa la vida. Duróle esta
borrasca y mala andanza casi dos horas, al cabo de las cuales no
quedó como su amo, sino tan molido y quebrantado que no se podía
tener; pero Don Quijote, que, como se ha dicho, se sintió
aliviado y sano, quiso partirse luego a buscar aventuras,
pareciéndole que todo el tiempo que allí se tardaba era
quitársele al mundo y a los en él menesterosos de su favor y
amparo, y más con la seguridad y confianza que llevaba en su
bálsamo; y así forzado deste deseo, él mismo ensilló a
Rocinante, y enalbardó al jumento de su escudero, a quién
también ayudó a vestir y subir en el asno; púsose luego a
caballo, y llegánose a un rincón de la venta, y asió de un
lanzón que allí estaba para que le sirviese de lanza.

     Estábanle mirando todos cuanto había en la venta, que
pasaban de más de veinte personas; mirábale también la hija del
ventero; y él también no quitaba los ojos della, y de cuando en
cuando arrojaba un suspiro, que parecía que le arrancaba de lo
profundo de sus entrañas, y todos pensaban que debía de ser del
dolor que sentía en las costillas, a lo menos pensábanlo
aquellos que la noche antes le habían visto bizmar. Ya que
estuvieron los dos a caballo, puesto a la puerta de la venta
llamó al ventero, y con voz muy reposada y grave le dijo: Muchas
y muy grandes son las mercedes, señor alcaide, que en este
vuestro castillo he recibido, y quedó obligadísimo a
agradecéroslas todos los días de mi vida; si os las puedo pagar
en haceros vengado de algún soberbio que os haya fecho algún
agravio, sabed que mi oficio no es otro sino valer a los que
poco pueden, vengar a los que reciben tuertos, y castigar
alevosías; recorred vuestra memoria, y si hallais alguna cosa de
este jaez que encomendarme, no hay sino decilla, que yo os
prometo por la orden de caballería que recibí, de faceros
satisfecho y pagado a toda vuestra voluntad.

     El ventero le respondió con el mismo sosiego: Señor
caballero, yo no tengo necesidad de que vuestra merced me vengue
ningún agravio, porque yo sé tomar la venganza que me parece
cuando se me hacen; sólo he menester que vuestra merced me pague
el gasto que ha hecho esta noche en la venta, así de la paja y
cebada de sus dos bestias, como de la cena y camas. ¿Luego venta
es ésta? replicó Don Quijote. Y muy honrada, respondió el
ventero. Engañado he vivido hasta aquí, respondió Don Quijote,
que en verdad que pensé que era castillo, y no malo, pero, pues
es así que no es castillo sino venta, lo que se podrá hacer por
ahora es que perdoneis por la paga, que yo no puedo contravenir
a la orden de los caballeros andantes, de los cuales sé cierto
(sin que hasta ahora haya leído cosa en contrario) que jamás
pagaron posada, ni otra cosa en venta donde estuviesen, porque
se les debe de fuero y de derecho cualquier buen acogimiento que
se les hiciere, en pago del insufrible trabajo que padecen
buscando las aventuras de noche y de día, en invierno y en
verano, a pie y a caballo, con sed y con hambre, con calor y con
frío, sujetos a todas las inclemencias del cielo, y a todos los
incómodos de la tierra.

     Poco tengo yo que ver con eso, respondió el ventero:
Págueseme a mí lo que se me debe, y dejémonos de cuentos ni de
caballerías, que yo no tengo cuenta con otra cosa que con cobrar
mi hacienda. Vos sois un sandio y mal hostelero, respondió Don
Quijote. Y poniendo piernas a Rocinante, y terciando su lanzón,
se salió de la venta sin que nadie le detuviese; y él, sin mirar
si le seguía su escudero, se alongó un buen trecho. El ventero,
que le vio ir, y que no le pagaba, acudió a cobrar de Sancho
Panza, el cual dijo, que pues su señor no había querido pagar,
que tampoco él pagaría, porque siendo él escudero de caballero
andante como era, la misma regla y razón corría por él como por
su amo en no pagar cosa alguna en los mesones y ventas.
Amohinóse mucho desto el ventero, y amenazóle que si no le
pagaba, lo cobraría de modo que le pesase. A lo cual Sancho
respondió, que por la ley de caballería que su amo había
recibido, no pagaría un solo cornado aunque le costase la vida,
porque no había de perder por él la buena y antigua usanza de
los caballeros andantes, ni se habían de quejar de los escuderos
de los tales que estaban por venir al mundo, reprochándole el
quebrantamiento de tan justo fuero.

     Quiso la mala suerte del desdichado Sancho, que entre la
gente que estaba en la venta se hallasen cuatro perailes de
Segovia, tres agujeros del potro de Córdoba, y dos vecinos de la
heria de Sevilla, gente alegre, bien intencionada, maleante y
juguetona; los cuales casi como instigados y movidos de un mismo
espíritu, se llegaron a Sancho, y apeándole del asno, uno dellos
entró por la manta de la cama del huésped, y echándole en ella
alzaron los ojos y vieron que el techo era algo más bajo de lo
que habían menester para su obra y determinaron salirse al
corral, que tenía por límite el cielo, y allí puesto Sancho en
mitad de la manta, comenzaron a levantarla en alto y a holgarse
con él como un perro por carnastolendas. Las voces que el mísero
manteado daba fueron tantas, que llegaron a los oídos de su amo,
el cual, deteniéndose a escuchar atentamente, creyó que alguna
nueva aventura le venía, hasta que claramente conoció que el que
gritaba era su escudero, y volviendo las riendas, con un penado
golpe llegó a la venta, y hallándola cerrada, la rodeó por ver
si hallaba por donde entrar; pero no hubo entrado a las paredes
del corral, que no eran muy altas, cuando vió el mal juego que
se le hacía a su escudero.

     Vióle bajar y subir por el aire con tanta gracia y
presteza, que si la cólera le dejara, tengo para mí que se
riera. Probó a subir desde el caballo a las bardas; pero estaba
tan molido y quebrantado, que aún apearse no pudo, y así desde
encima del caballo comenzó a decir tantos denuestos y baldones a
los que a Sancho manteaban, que no es posible acertar a
escribillos; mas no por esto cesaban ellos de su risa y de su
obra, ni el volador Sancho dejaba sus quejas, mezcladas ya con
amenazas, ya con ruegos; mas todo aprovechaba poco, ni aprovechó
hasta que de puro cansados le dejaron. Trajéronle allí su asno,
y subiéronle encima, le arroparon con su gabán, y la compasiva
de Maritornes, viéndole tan fatigado, le pareció ser bien
socorrelle con un jarro de agua, y así se le trujo del pozo por
ser más fría. Tomóle Sancho, y llevándole a la boca, se paró a
las voces que su amo le daba, diciendo: Hijo Sancho, no bebas
agua, hijo, no la bebas que te matará; ves, aquí tengo el
santísimo bálsamo, y enseñábale la alcuza del brevaje, que con
dos gotas que de él bebas sanarás sin duda.

     A estas voces volvió Sancho los ojos como de través, y dijo
con otras mayores: ¿Por dicha hásele olvidado a vuestra merced
como yo no soy caballero, o quiere que acabe de vomitar las
entrañas que me quedaron de anoche? Guárdese su licor con todos
los diablos, y déjeme a mí; y el acabar de decir ésto y el
comenzar a beber todo fue uno; mas como al primer trago vió que
era agua, no quiso pasar adelante, y rogó a Maritornes que se le
trujese de vino; y así lo hizo ella de muy buena voluntad, y lo
pagó de su mismo dinero, porque en efecto se dice de ella que,
aunque estaba en aquel trato, tenía unas sombras y lejos de
cristiana. Así como bebió Sancho, dió de los carcaños a su asno,
y abriéndole la puerta de la venta de par en par, se salió della
muy contento de no haber pagado nada, y de haber salido con su
intención, aunque había sido a costa de sus acostumbrados
fiadores, que eran sus espaldas. Verdad es que el ventero se
quedó con sus alforjas en pago de lo que se le debía; mas Sancho
no las echo menos, según salió turbado. Quiso el ventero
atrancar bien la puerta así como le vió fuera; mas no lo
consintieron los manteadores, que era gente que, aunque Don
Quijote fuera verdaderamente de los caballeros andantes de la
Tabla Redonda, no le estimaran en dos ardites.



     Parte primera: Capítulo decimooctavo

     Donde se cuentan las razones que pasó Sancho Panza con su
señor Don 
     Quijote con otras aventuras dignas de ser contadas.

     Llegó Sancho a su amo marchito y desmayado, tanto que no
podía arrear a su jumento. Cuando así le vió Don Quijote, le
dijo: Ahora acabo de creer, Sancho bueno, que aquel castillo o
venta es encantado sin duda, porque aquellos que tan atrozmente
tomaron pasatiempo contigo, ¿qué podían ser sino fantasmas y
gente del otro mundo? Y confirmo ésto, por haber visto que
cuando estuve por las bardas del corral mirando los actos de tu
triste tragedia, no me fue posible subir por ellas, ni menos
pude apearme de Rocinante, porque me debían de tener encantado;
que te juro por la fe de quien soy, que si pudiera subir o
apearme, que yo te hubiera vengado de manera que aquellos
follones y malandrines se acordaran de la burla para siempre,
aunque en ello supiera contravenir a las leyes de caballería,
que como ya muchas veces te he dicho, no consienten que
caballero ponga mano contra quien no lo sea, si no fuere en
defensa de su propia vida y persona en caso de urgente y gran
necesidad.

     También me vengara yo si pudiera, dijo Sancho, fuera o no
fuera armado caballero; pero no pude, aunque tengo para mí que
aquellos que se holgaron conmigo no eran fantasmas ni hombres
encantados, como vuestra merced dice, sino hombres de carne y de
hueso como nosotros y todos, según los oí nombrar cuando me
volteaban, tenían sus nombres, que el uno se llamaba Pedro
Martínez, y el otro Tenorio Hernández, y el ventero oí que se
llamaba Juan Palomeque el Zurdo; así que, señor, el no poder
saltar las bardas del corral, ni apearse del caballo, en él
estuvo que en encantamientos; y lo que yo saco en limpio de todo
ésto, es que estas aventuras que andamos buscando, al cabo al
cabo nos han de traer a tantas desventuras, que no sepamos cuál
es nuestro pie derecho; y lo que sería mejor y más acertado,
según mi poco entendimiento, fuera el volvernos a nuestro lugar,
ahora que es tiempo de la siega, y de entender en la hacienda,
dejándonos de andar de ceca en meca y de zoca en colodra como
dicen.

     ¡Qué poco sabes, Sancho, respondió Don Quijote, de achaque
de caballería: calla y ten paciencia, que día vendrá donde veas
por vista de ojos cuán honrosa cosa es andar en este oficio.
Sino dime: ¿qué mayor contento puede haber en el mundo, o qué
gusto puede igualarse al de vencer una batalla, y al de triunfar
de su enemigo? Ninguno, sin duda alguna. Así debe de ser,
respondió Sancho, puesto que yo no lo sé; sólo sé que después
que somos caballeros andantes, o vuestra merced lo es (que yo no
hay para qué me cuenten en tan honroso número) jamás hemos
vencido batalla alguna, si no fue la del vizcaíno, y aún de
aquella salió vuestra merced con media oreja y media celada
menos; que después acá todo ha sido palos y más palos, puñadas y
más puñadas, llevando yo de ventaja el manteamiento, y haberme
sucedido por personas encantadas, de quien no puedo vengarme,
para saber hasta dónde llega el gusto del vencimiento del
enemigo, como vuestra merced dice.

     Esa es la pena que yo tengo, y la que tú debes tener,
Sancho, respondió Don Quijote; pero de aquí en adelante yo
procuraré haber a las manos alguna espada hecha con tal
maestría, que al que la trujere consigo no le puedan hacer
ningún género de encantamientos; y aún podría ser que me
deparase la ventura aquella de Amadís, cuando se llamaba el
"Caballero de la Ardiente Espada", que fue una de las mejores
espadas que tuvo caballero en el mundo; porque, fuera de que
tenía la virtud dicha, cortaba como una navaja, y no había
armadura, por fuerte y encantada que fuese, que se le parase
delante. Yo soy tan venturoso, dijo Sancho, que cuando eso
fuese, y vuestra merced viniese a hallar semejante espada, sólo
vendría a servir y aprovechar a los armados caballeros como el
bálsamo, y a los escuderos que se los papen duelos. No temas
eso, Sancho, dijo Don Quijote, que mejor lo hará el cielo
contigo.

     En estos coloquios iban Don Quijote y su escudero, cuando
vio Don Quijote que por el camino que iban venía hacia ellos una
grande y espesa polvareda, y en viéndola se volvió a Sancho, y
le dijo: Este es el día, oh Sancho, en el cual se ha de ver el
bien que me tiene guardado mi suerte; este es el día, digo, en
que se ha de mostrar tanto como en otro alguno el valor de mi
brazo, y en que tengo de hacer obras que queden escritas en el
libro de la fama por todos los venideros siglos. ¿Ves aquella
polvareda que allí se levanta, Sancho? Pues toda es cuajada de
un copiosísimo ejército que de diversas e innumerables gentes
compuesto, por allí viene marchando. A esa cuenta, dos deben de
ser, dijo Sancho, porque desta parte contraria se levanta
asimesmo otra semejante polvareda. Volvió a mirarla Don Quijote,
y vió que así era la verdad; y alegrándose sobremanera, pensó
sin duda alguna que eran dos ejércitos que venían a embestirse y
a encontrarse en mitad de aquella espaciosa llanura, porque
tenía a todas horas y momentos llena la fantasía de aquellas
batallas, encantamientos, sucesos, desatinos, amores, desafíos,
que en los libros de caballería se cuentan; y todo cuanto
hablaba, pensaba o hacía, era encaminado a cosas semejantes, y a
la polvareda que había visto la levantaban dos grandes manadas
de ovejas y carneros, que por el mismo camino de dos diferentes
partes venían, las cuales con el polvo no se echaron de ver
hasta que llegaron cerca; y con tanto ahínco afirmaba Don
Quijote que eran ejército, que Sancho le vino a creer, y a
decirle: Señor, ¿pues qué hemos de hacer nosotros? ¿Qué? dijo
Don Quijote. Favorecer y ayudar a los menesterosos y desvalidos;
y has de saber, Sancho, que este que viene por nuestra frente lo
conduce y guía el gran emperador Alifanfaron, señor de la grande
isla Trapobana; este otro, que a mis espaldas marcha, es el de
su enemigo el rey de los Garamantas, Pentapolin del arremangado
brazo, porque siempre entra en las batallas con el brazo derecho
desnudo.

     Pues ¿por qué se quieren tan mal estos dos señores?
preguntó Sancho. Quiérense mal, respondió Don Quijote, porque
este Alifanfaron es un furibundo pagano, y está enamorado de la
hija de Pentapolin, que es una muy hermosa y además agraciada
señora, y es cristiana, y su padre no se la quiere entregar al
rey pagano si no deja primero la ley de su falso profeta Mahoma,
y se vuelve a la suya. Para mis barbas, dijo Sancho, si no hace
muy bien Pentapolin, y que le tengo de ayudar en cuanto pudiere.
En eso harás lo que debes, Sancho, dijo Don Quijote, porque para
entrar en batallas semejantes no requiere ser armado caballero.
Bien se me alcanza eso, respondió Sancho; pero ¿dónde pondremos
a este asno, que estemos ciertos de hallarle después de pasada
la refriega, porque al entrar en ella en semejante caballería no
creo que está en uso hasta ahora? Así es verdad, dijo Don
Quijote; lo que puedes hacer dél es dejarle a sus aventuras,
ahora se pierda o no, porque serán tanto los caballos que
tendremos después que salgamos vencedores, que aún corre peligro
Rocinante no le trueque por otro; pero estáme atento y mira, que
te quiero dar cuenta de los caballeros más principales que en
estos dos ejércitos vienen, y para que mejor los veas y los
notes, retirémonos a aquel altillo que allí se hace, de donde se
deben descubrir los dos ejércitos.

     Hiciéronlo así y pusiéronse sobre una loma, desde la cual
se veían bien las dos manadas que a Don Quijote se le hicieron
ejército, si las nubes del polvo que levantaban no les turbara y
cegara la vista; pero con todo esto, viendo en su imaginación lo
que no veía ni había, con voz levantada comenzó a decir: Aquel
caballero que allí ves de las armas jaldes, que trae en el
escudo un león coronado rendido a los pies de una doncella, es
el valeroso Laurcalco, señor de la Puente de Plata. El otro de
las armas de las flores de oro, que trae en el escudo tres
coronas de plata en campo azul, es el temido Micocolembo, gran
duque de Quirocia. El otro de los miembros gigantes que está a
su derecha mano, es el nunca medroso Brandabarbaran de Boliche,
señor de las tres Arabias, que viene armado de aquel cuero de
serpiente, y tiene por escudo una puerta, que según es fama, es
una de las del templo que derribó Sanson cuando con su muerte se
vengó de sus enemigos. Pero vuelve los ojos a estotra parte, y
verás delante y en la frente de estotro ejército al siempre
vencedor y jamás vencido Timonel de Carcajona, príncipe de la
Nueva Vizcaya, que viene armado con las armas partidas a
cuarteles azules, verdes, blancos y amarillos, y trae en el
escudo un gato de oro en campo leonado con una letra que dice
"Miau", que es el principio del nombre de su dama, que según se
dice es la sin par Miaulina, hija del duque de Alfeñiquen del
Algarbe. El otro, que carga y oprime los lomos de aquella
poderosa alfana, que trae las armas como nieve blancas, y el
escudo blanco y sin empresa alguna, es un caballero novel, de
nación francés, llamado Pierres Papin, señor de las baronías de
Utrique. El otro, que bate las hijadas con los herrados carcaños
a aquella pintada y lijera cebra, y trae las armas de los veros
azules, es el poderoso duque de Nervia, Espartafilardo del
Bosque, que trae por empresa en el escudo una esparraguera con
una letra en castellano, que dice así: "Rastrea mi suerte".

     Y desta manera fué nombrando muchos caballeros del uno y
del otro escuadrón que él se imaginaba, y a todos les dió sus
armas, colores, empresas y motes de improviso, llevado de la
imaginación de su nunca vista locura, y sin parar prosiguió
diciendo: A este escuadrón frontero forman y hacen gentes de
diversas naciones; aquí están los que beben las dulces aguas del
famoso Janto, los montuosos que pisan los masilíscos campos, los
que criban el finísimo y menudo oro en la felice Arabia, los que
gozan las famosas y frescas riberas del claro Termodonte, los
que sangran por muchas y diversas vías al dorado Pactolo, los
mumidas dudosos en sus promesas, los persas en arcos y flechas
famosos, los partos, los medos, que pelean huyendo, los árabes
de mudables casas, los citas tan crueles como blancos, los
etíopes de horadados labios, y otras infinitas naciones cuyos
rostros conozco y veo, aunque de los nombres no me acuerdo. En
estotro escuadrón vienen los que beben las corrientes
cristalinas del olivífero Betis, los que tersan y pulen con el
licor del siempre rico y dorado Tajo, los que gozan las
provechosas aguas del divino Genil, los que pisan los tartesios
campos de pastos abundantes, los que se alegran en elíseos
jerezanos prados, los manchegos ricos y coronados de rubias
espigas, los de hierro vestidos, reliquias antiguas de la sangre
goda, los que en Pisuerga se bañan, famoso por la mansedumbre de
su corriente, los que su ganado apacientan en las extendidas
dehesas del tortuoso Guadiana, celebrado por su escondido curso,
los que tiemblan con el frío del silboso Pirineo y con los
blancos copos del levantado Apenino; finalmente, cuantos toda la
Europa en sí contiene y encierrra.

     ¡Válame Dios, y cuántas provincias dijo, cuántas naciones
nombró, dándole a cada una con maravillosa presteza los
atributos que le pertenecían, todo absorto y empapado en lo que
había leído en sus libros mentirosos! Estaba Sancho Panza
colgado de sus palabras sin hablar ninguna, y de cuando en
cuando volvía la cabeza a ver si veía los caballeros y gigantes
que su amo nombraba, y como no descubría a ninguno le dijo:
Señor, encomiendo al diablo, si hombre, ni gigante, ni caballero
de cuantos vuestra merced dice parece por todo esto, a lo menos
yo no los veo; quizá todo esto debe ser encantamiento como las
fantasmas de anoche.

     ¿Cómo dices eso? respondió Don Quijote, ¿no oyes el
relinchar de los caballos, el tocar de los clarines, el ruido de
los atambores? No oigo otra cosa, respondió Sancho, sino balidos
de ovejas y carneros, y así era la verdad, porque ya llegaban
cerca los dos rebaños. El miedo que tienes, dijo Don Quijote, te
hace, Sancho, que ni veas ni oigas a derechas, porque uno de los
efectos del miedo es turbar los sentidos, y hacer que las cosas
no parezcan lo que son; y si es que tanto temes, retírate a una
parte y déjame solo, que solo basto a dar la victoria a la parte
a quien yo diere mi ayuda. Y diciendo ésto puso las espuelas a
Rocinante, y puesta la lanza en el ristre bajó de la costezuela
como un rayo. Diole voces Sancho, diciéndole: Vuélvase vuestra
merced, señor Don Quijote, que voto a Dios que son carneros y
ovejas las que va a embestir: vuélvase, desdichado del padre que
me engendró: ¡qué locura es ésta! Mire que no hay gigante ni
caballero alguno, ni gatos, ni armas, ni escudos partidos ni
enteros, ni veros azules ni endiablados. ¿Qué es lo que hace?
Pecador soy yo a Dios. Ni por esas volvió Don Quijote, antes en
altas voces iba diciendo: Ea, caballeros, los que seguís y
militais debajo de las banderas del poderoso emperador
Pentapolin del arremangado brazo, seguidme todos, vereis cuán
facilmente le doy venganza de su enemigo Alifanfaron de la
Trapobana.

     Esto diciendo, se entró por medio del escuadrón de las
ovejas, y comenzó de alanceallas con tanto con coraje y denuedo,
como si de veras alanceara a sus mortales enemigos. Los pastores
y ganaderos que con la manada venían, dábanle voces que no
hiciese aquello; pero viendo que no aprovechaban, desciñéronse
las ondas, y comenzaron a saludarle los oídos con piedras como
el puño. Don Quijote no se curaba de las piedras; antes
discurriendo a todas partes, decía: ¿Adónde estás, soberbio
Alifanfaron? Vente a mí, que un caballero solo soy, que desea de
solo a solo probar tus fuerzas y quitarte la vida en pena de la
que das al valeroso Pentapolin Garamanta.

     Llegó en ésto una peladilla de arroyo, y dándole en un
lado, le sepultó dos costillas en el cuerpo. Viéndose tan
maltrecho, creyó sin duda que estaba muerto o mal ferido, y
acordándose de su licor, sacó su alcuza, y púsosela a la boca, y
comenzó a echar licor en el estomago; mas antes que acabase de
envasar lo que a él le parecía que era bastante llegó otra
almendra, y dióle en la mano y en la alcuza tan de lleno, que se
la hizo pedazos, llevándole de camino tres o cuatro dientes y
muelas de la boca, y machucándole malamente dos dedos de la
mano.

     Tal fue el golpe primero, y tal el segundo, que le fue
forzoso al pobre caballero dar consigo del caballo abajo.
Llegáronse a él los pastores, y creyendo que le habían muerto, y
así con mucha priesa recogieron su ganado, y cargaron de las
reses muertas, que pasaban de siete, y sin averiguar otra cosa
se fueron. Estábase todo este tiempo Sancho sobre la cuesta,
mirando las locuras que su amo hacía, y arrancábase las barbas,
maldiciendo la hora y el punto en que la fortuna se le había
dado a conocer. Viéndole, pues, caído en el suelo, y que ya los
pastores se habían ido, bajó de la cuesta y llegóse a él, y
hallándole de muy mal arte, aunque no había perdido el sentido,
y díjole: ¿No le decía yo, señor Don Quijote, que se volviese,
que los que iba a acometer no eran ejércitos, sino manadas de
carneros?

     Como éso puede desaparecer y contrahacer aquel ladrón del
sabio mi enemigo, respondió Don Quijote: sábete, Sancho, que es
muy facil cosa a los tales hacernos parecer lo que quieren, y
este maligno que me persigue, envidioso de la gloria que vío que
yo había de alcanzar desta batalla, ha vuelto los escuadrones de
enemigos en manadas de ovejas. Si no haz una cosa, Sancho, por
mi vida, porque te desengañes y veas ser verdad lo que te digo:
sube en tu asno y síguelos bonitamente, y verás cómo, en
alejándose de aquí algún poco, se vuelven en su ser primero, y
dejando de ser carneros, son hombres hechos y derechos, como te
los pinté primero, pero no vayas ahora, que he menester tu favor
y ayuda; llégate a mí, y mira cuántas muelas y dientes me
faltan, que me parece que no me ha quedado ninguno en la boca.

     Llegóse Sancho tan cerca, que casi le metía los ojos en la
boca, y fue a tiempo que ya había obrado el bálsamo en el
estómago de Don Quijote, y al tiempo que Sancho llegó a mirarle
la boca, arrojó de sí, más recio que una escopeta, cuanto dentro
tenía, y le dió con todo ello en las barbas del compasivo
escudero. ¡Santa María! dijo Sancho. ¿Y qué es ésto que me ha
sucedido? Sin duda este pecador está herido de muerte, pues
vomita sangre por la boca. Pero reparando un poco más en ello,
echó de ver en la color, sabor y olor, que no era sangre, sino
el bálsamo de la alcuza que él le había visto beber; y fué tanto
el asco que tomó, que revolviéndosele el estómago, vomitó las
tripas sobre su mismo señor, y quedaron entrambos como de
perlas. Acudió Sancho a su asno para sacar de las alforjas con
qué limpiarse y con qué curar a su amo, y como no las halló,
estuvo a punto de perder el juicio; maldíjose de nuevo; y
propuso en su corazón de dejar a su amo y volverse a su tierra,
aunque perdiese el salario de lo servido y las esperanzas del
gobierno de la prometida ínsula.

     Levántose en esto Don Quijote, y puesta la mano izquierda
en la boca, porque no se le acabasen de salir los dientes, asió
con la otra las riendas de Rocinante, que nunca se había movido
de junto a su amo (tal era de leal y bien acondicionado), y
fuese a donde su escudero estaba, de pechos sobre su asno, con
la mano en la mejilla en guisa de hombre pensativo, además, y
viéndole Don Quijote de aquella manera, con muestras de tanta
tristeza, le dijo: Sábete, Sancho, que no es un hombre más que
otro si no hace más que otro: todas esta borrascas que nos
suceden son señales de que presto ha de serenar el tiempo, y han
de sucedernos bien las cosas, porque no es posible que el mal ni
el bien sean durables, y de aquí se sigue que, habiendo durado
mucho el mal, el bien está ya cerca, así que no debes congojarte
por las desgracias que a mí me suceden, pues a ti no te cabe
parte de ellas. ¿Cómo no? respondió Sancho; ¿por ventura el que
ayer mantearon era otro que el hijo de mi padre? ¿y las alforjas
que hoy me faltan, respondió Sancho. ¿De ese modo, no tenemos
que comer hoy? replicó Don Quijote. Eso fuera, respondió Sancho,
cuando faltaran por estos prados las yerbas que vuestra merced
dice que conoce, con que suelen suplir semejantes faltas los tan
mal aventurados caballeros andantes, como vuestra merced es.

     Con todo eso, respondió Don Quijote, tomara yo más aina un
cuartel de pan, o una hogaza y dos cabezas de sardinas arenques,
que cuantas yerbas describe Dioscórides, aunque fuera el
ilustrado doctor Laguna; mas con todo ésto, sube en tu jumento,
Sancho el bueno, y vente tras mi, que Dios, que es proveedor de
todas las cosas, no nos ha de faltar, y más andando tan en su
servicio como andamos, pues no falta a los mosquitos del aire,
ni a los gusanillos de la tierra, ni a los renacuajos del agua,
y es tan piadoso, que hace salir su sol sobre los buenos y
malos, y llueve sobre los injustos y justos. Más bueno era
vuestra merced, dijo Sancho, para predicador que para caballero
andante. De todo sabían y han de saber los caballeros andantes,
Sancho, dijo Don Quijote, porque caballero andante hubo en los
pasados siglos, que así se paraba a hacer un sermón o plática en
un camino real, como si fuera graduado por la universidad de
París, de donde se infiere, que nunca la lanza embotó la pluma,
ni la pluma la lanza. Ahora bien, sea así como vuestra merced
dice, respondió Sancho; vamos ahora de aquí y procuremos donde
alojar esta noche, y quiera Dios que sea en parte donde no haya
mantas, ni manteadores, ni fantasmas, ni moros encantados, que
si los hay, daré al diablo el hato y el garabato.

     Pídeselo tú a Dios, dijo Don Quijote, guía tú por donde
quisieres, que esta vez quiero dejar a tu elección el alojarnos;
pero dame acá la mano, y atiéntame con el dedo, y mira bien
cuántos dientes y muelas me faltan deste lado derecho de la
quijada alta, que allí siento el dolor. Metió Sancho los dedos,
y estándole atentándo le dijo: ¿Cuántas muelas solía vuestra
merced tener en esta parte? Cuatro, respondió Don Quijote, fuera
de la cordal todas enteras y muy sanas. Mire vuestra merced bien
lo que dice, señor, respondió Sancho. Digo cuatro, si no eran
cinco, respondió Don Quijote, porque en toda mi vida me han
sacado diente ni muela de la boca, ni se me ha caído, ni comido
de neguijon, ni de reuma alguna. Pues en esta parte de abajo,
dijo Sancho, no tiene vuestra merced más de dos muelas y media,
ni ninguna, que toda está rasa como la palma de la mano.

     ¡Sin ventura yo! dijo Don Quijote, oyendo las tristes
nuevas que su escudero le daba, que más quisiera que me hubieran
derribado un brazo, como no fuera el de la espada; porque te
hago saber, Sancho, que la boca sin muelas es como el molino sin
piedra, y en mucho más se ha de estimar un diente que un
diamante; mas a todo esto estamos sujetos los que profesamos la
estrecha orden de la caballería. Sube, amigo, y guía, que yo te
seguiré al paso que quisieres. Hízolo así Sancho, y encaminose
hacia donde le pareció que podía hallar acogimiento, sin salir
del camino real, que por allí iba muy seguido. Yéndose, pues,
poco a poco, porque el dolor de las quijadas de Don Quijote no
le dejaba sosegar, ni atender a darse priesa, quiso Sancho
entretenelle y divertirle diciéndole alguna cosa, y entre otras
que le dijo, fue lo que se dirá en el siguiente capítulo.



     Parte primera: Capítulo decimonoveno

     De las discretas razones que Sancho pasaba con su amo, y de
la aventura 
     que le sucedió con un cuerpo muerto, con otros
acontecimientos famosos.

     Paréceme, señor mío, que todas estas desventuras que estos
días nos han sucedido, sin duda alguna han sido pena del pecado
cometido por vuestra merced contra la orden de caballería, no
habiendo cumplido el juramento que hizo de no comer pan a
manteles ni con la reina folgar, con todo aquello que a esto se
sigue y vuestra merced juró de cumplir, hasta quitar aquel
almete de Malandrino, o como se llama el moro, que no me acuerdo
bien. Tienes mucha razón, Sancho, dijo Don Quijote; mas para
decirte verdad, ello se me había pasado de la memoria y también
puedes tener por cierto que por la culpa de no habérmelo tú
acordado en tiempo, te sucedió aquello de la manta; pero yo haré
la enmienda, que modos hay de composición en la orden de la
caballería para todo. ¿Pues juré yo algo por dicha? respondió
Sancho. No importa que no hayas jurado, dijo Don Quijote; basta
que yo entiendo que de participantes no estás muy seguro, y por
sí o por no, no será malo proveernos de remedio. Pues si ello es
así, dijo Sancho, mire vuestra merced, no se le torne a olvidar
ésto como lo del juramento; quizá les volverá la gana a los
fantasmas de solazarse otra vez conmigo, y aún con vuestra
merced, si le ven tan pertinaz.

     En éstas y otras pláticas les tomó la noche en mitad del
camino, sin tener ni descubrir donde aquella noche se
recogiesen, y lo que no había de bueno en ello, era que perecían
de hambre, que con la falta de las alforjas les faltó toda la
despensa y matalotaje; y para acabar de confirmar esta
desgracia, les una aventura, que sin artificio alguno
verdaderamente lo parecía, y fue que la noche cerró con alguna
oscuridad; pero con todo esto caminaban, creyendo Sancho que,
pues aquel camino era real, a una o dos leguas de buena razón
hallaría en él alguna venta. Yendo, pues, desta manera, la noche
oscura, el escudero hambriento, y el amo con ganas de comer,
vieron que por el mismo camino que iban venían hacia ellos gran
multitud de lumbres, que no parecían sino estrellas que se
movían.

     Pasmóse Sancho en viéndolas, y Don Quijote no las tuvo
todas consigo: tiró el uno del cabestro a su asno, y el otro de
las riendas a su rocino, y estuvieron quedos mirando atentamente
lo que podía ser aquello, y vieron que las lumbres se iban
acercando a ellos, y mientras más se llegaban, mayores parecían,
a cuya vista Sancho comenzó a temblar como un azogado, y los
cabellos de la cabeza se le erizaron a Don Quijote, el cual,
animándose un poco, dijo: Esta sin duda, Sancho, debe de ser
grandísima y peligrosísima aventura, donde será necesario que yo
muestre todo mi valor y esfuerzo. ¡Desdichado de mí! respondió
Sancho. Si acaso esta aventura fuese de fantasmas como me lo va
pareciendo, ¿adónde habrá costillas que la sufran? Por más
fantasmas que sean, dijo Don Quijote, no consentiré yo que te
toquen en el pelo de la ropa, que si la otra vez se burlaron
contigo, fue porque no pude saltar las paredes del corral, pero
ahora estamos en campo raso, donde podré yo como quisiera
esgrimir mi espada. Y si le encantan y entomecen como la otra
vez lo hicieron, dijo Sancho, ¿qué aprovechará estar en campo
abierto o no? Con todo eso, replicó Don Quijote, te ruego
Sancho, que tengas buen ánimo, que la experiencia te dará a
entender el que yo tengo. Sí tendré, si a Dios place, respondió
Sancho, y apartándose los dos a un lado del camino, tornaron a
mirar atentamente lo que aquello de aquellas lumbres que
caminaban podía ser, y de allí a muy poco descubrieron muchos
encamisados, cuya temerosa visión de todo punto remató el ánimo
de Sancho Panza, el cual comenzó a dar diente con diente como
quien tiene frío de cuartana; y creció más el batir y dentellear
cuando distintamente vieron lo que era, porque descubrieron
hasta veinte encamisados, todos a caballo, con sus hachas
encendidas en las manos, detrás de los cuales venía una litera
cubierta de luto, a la cual seguían otros seis de a caballo
enlutados hasta los piés de las mulas, que bien vieron que no
eran caballos en el sosiego con que caminaban; iban los
encamisados murmurando entre sí con una voz baja y compasiva.

     Esta extraña visión a tales horas y en despoblado bien
bastaba para poner miedo en el corazón de Sancho, y aún en el de
su amo, y así fuera en cuanto a Don Quijote, que ya Sancho había
dado al través con todo su esfuerzo: lo contrario le avino a su
amo, al cual en aquel punto se le representó en su imaginación
al vivo que aquella era una de las aventuras de sus libros;
figurósele que la litera eran andas donde debían de ir algún mal
ferido o muerto caballero, cuya venganza a él solo estaba
reservada, y sin hacer otro discurso enristró su lanzón, púsose
bien en la silla, y con el gentil brío y continente se puso en
la mitad del camino por donde los encaminados forzosamente
habían de pasar, y cuando los vio cerca, alzó la voz y dijo:
Deteneos, caballeros, quien quiera que seais, y dadme cuenta de
quién sois, de dónde venís, a dónde vais, qué es lo que en
aquellas andas lleváis, que, según las muestras, o vosotros
habeis fecho, o vos han fecho algún desaguisado, y conviene y es
menester que yo lo sepa, o bien para castigaros del mal que
ficisteis, o bien para vengaros del tuerto que vos ficieron.
Vamos de priesa, respondió uno de los encamisados, y está la
venta lejos y no nos podemos detener a dar tanta cuenta como
pedís. Y picando la mula pasó adelante. Sintióse desta respuesta
grandemente Don Quijote, y trabando a la mula del freno dijo:
Deteneos y sed más bien criado, y dadme cuenta de lo que os he
preguntado; si no, conmigo sois todos en batalla.

     Era la mula asombradiza, y al tomarla del freno se espantó
de manera que alzándose en sus pies dió con su dueño por las
ancas en el suelo. Un mozo que iba a pie, viendo caer al
encamisado, comenzó a denostar a Don Quijote, el cual, ya
encolerizado sin esperar más, enristrando su lanzón arremetió a
uno de los enlutados, y mal ferido dio con él en tierra, y
revolviéndose por los demás, era cosa de ver con la presteza que
los acometía y desbarataba, que no parecía sino que en aquel
instante le habían nacido alas a Rocinante, según andaba de
ligero y orgulloso. Todos los encamisados eran gente medrosa y
sin armas, y así con facilidad en un momento dejaron la
refriega, y comenzaron a correr por aquel campo con las hachas
encendidas, que no parecían sino a los de las mascaras, que en
noche de regocijo y fiesta corren. Los enlutados, asimismo
revueltos y envueltos en sus faldamentas y lobas, no se podían
mover; así que muy a su salvo Don Quijote los apaleó a todos, y
les hizo dejar su sitio mal de su grado, porque todos pensaron
que aquel no era hombre, sino diablo del infierno, que les salía
a quitar el cuerpo muerto que en la litera llevaban.

     Todo lo miraba Sancho admirado del ardimiento de su señor,
y decía entre sí: Sin duda este mi amo es tan valiente y
esforzado como él dice. Estaba un hacha ardiendo en el suelo
junto al primero que derribó la mula, a cuya luz le pudo ver Don
Quijote, y llegándose a él le puso la punta del lanzón en el
rostro, diciéndole que se rindiese, si no que le mataría: a lo
cual respondió el caído: Harto rendido estoy, pues no me puedo
mover, que tengo una pierna quebrada; suplico a vuestra merced,
si es caballero cristiano, que no me mate, que cometerá un gran
sacrilegio, que soy licenciado y tengo las primeras órdenes.
¿Pues quién diablos os ha traído aquí, dijo Don Quijote, siendo
hombre de iglesia? ¿Quién, señor? replicó él caído. Mi
desventura. Pues otra mayor os amenaza, dijo Don Quijote, si no
me satisfaceis a todo cuanto primero os pregunte. Con facilidad
será vuestra merced satisfecho, respondió el licenciado; y así
sabrá vuestra merced, que denantes dije que yo era licenciado,
no soy sino bachiller, y llámome Alonso López; soy natural de
Alcovendas, vengo de la ciudad de Baeza con otros once
sacerdotes, que son los que huyeron con las hachas, vamos a la
ciudad de Segovia, acompañando un cuerpo muerto que va en
aquella litera, que es de un caballero que murió en Baeza, donde
fue depositado, y ahora como digo, llevábamos sus huesos a su
sepultura, que está en Segovia, de donde era natural.

     ¿Y quién le mató? preguntó Don Quijote. Dios, por medio de
unas calenturas pestilentes que le dieron, respondió el
bachiller. Desa suerte, dijo Don Quijote, quitado me ha nuestro
Señor del trabajo que había de tomar en vengar su muerte, si
otro alguno le hubiera muerto: pero habiéndole muerto quien le
mató, no hay sino callar y encoger los hombros, porque lo mismo
hiciera si a mí mismo me matara; y quiero que sepa vuestra
reverencia, que soy un caballero de la Mancha, llamado Don
Quijote, y es mi oficio y ejercicio andar por el mundo
enderazano tuertos y desfaciendo agravios. No sé cómo puede ser
eso de enderezar tuertos, dijo el bachiller; pues a mí de
derecho me habeis vuelto tuerto, dejándome una pierna quebrada,
la cual no se verá derecha en todos los días de mi vida, y el
agravio que en mí habeis deshecho ha sido dejarme agraviado de
manera que me quedaré agraviado para siempre, y harta desventura
ha sido topar con vos, que vais buscando aventuras. No todas las
cosas, respondió Don Quijote, suceden de un mismo modo: el daño
estuvo, señor bachiller Alonso López, en venir como veníades de
noche, vestidos con aquellas sobrepellices, con las hachas
encendidas, rezando, cubiertos de luto, que propiamente
semejábades cosa mala y del otro mundo, y así yo no puedo dejar
de cumplir con mi obligación acometiéndoos, y os acomeitera
aunque verdaderamente supiera que erades los mismos Satanases
del infierno, que para tales os juzgué y tuve siempre. Ya que
así lo ha querido mi suerte, dijo el bachiller, suplicó a
vuestra merced, señor caballero andante, que tan mala andanza me
ha dado, me ayude a salir de debajo desta mula, que me tiene
tomada una pierna entre el estribo y la silla. Hablara yo para
mañana, dijo Don Quijote; ¿y hasta cuándo aguardábades a decirme
vuestro afán? Dió luego voces a Sancho Panza que viniese; pero
él no se curó de venir, porque andaba ocupado desvalijando una
acémila de repuesto que traían aquellos buenos señores bien
bastecida de cosa de comer.  Hizo Sancho costal de su gabán y
recogiendo además todo lo que pudo y cupo en el talego de la
acémila, cargo su jumento, y luego acudió a las voces de su amo
y ayudó a sacar al señor bachiller de la opresión de la mula, y
poniéndole encima della, le dio el hacha, y Don Quijote le dijo
que siguiese la derrota de sus compañeros, a quien de su parte
pidiese perdón de el agravio, que no había sido en su mano dejar
de haberles hecho. Dijóle también Sancho: Si acaso quisieren
saber esos señores quién ha sido el valeroso que tales los puso,
dígales vuestra merced que es el famoso Don Quijote de la
Mancha, que por otro nombre se llama el "Caballero de la Triste
Figura". Con esto se fue el bachiller, y Don Quijote preguntó a
Sancho, que qué le había movido a llamarle el "Caballero de la
Triste Figura", más entonces que nunca. Yo se lo diré, respondió
Sancho, porque le estado mirando un rato a luz de aquella hacha
que llevaba aquel mal andante, y verdaderamente tiene vuestra
merced la más mala figura de poco acá que jamás he visto; y
débelo de haber causado o ya el cansancio deste combate, o ya la
falta de muelas o dientes.

     No es eso, respondió Don Quijote, sino el sabio a cuyo
cargo debe de estar el escribir la historia de mis hazañas, le
habrá parecido que será bien que yo tome algún nombre apelativo,
como lo tomaban los caballeros pasados: cuál se llamaba "el de
la Ardiente Espada", cuál "el del Unicornio", aquel "el de las
Doncellas", aqueste "el del ave Fénix", el otro "el Caballero
del Grifo", estotro "el de la Muerte", y por estos nombres e
insignias eran conocidos por la toda la redondez de la tierra; y
así digo que el sabio ya dicho te habrá puesto en la lengua y en
el pensamiento ahora que me llamase el "Caballero de la Triste
Figura", como pienso llamarme desde hoy en adelante, y para que
mejor me cuadre tal nombre, determino de hacer pintar, cuando
haya lugar, en mi escudo una muy triste figura. No hay para qué,
señor, querer gastar tiempo y dineros en hacer esta figura, dijo
Sancho, sino lo que se ha de hacer es que vuestra merced
descubra la suya, y dé rostro a los que le miraren, que sin más
ni más, y sin otra imagen ni escudo, le llamarán "el de la
Triste Figura", y créame que le digo la verdad, porque le
prometo a vuestra merced, señor (y esto sea dicho en burlas),
que le hace tan mala cara la hambre y la falta de las muelas,
que, como ya tengo dicho, se podrá muy bien excusar la triste
pintura. Rióse Don Quijote del donaire de Sancho; pero con todo
propuso de llamarse de aquel nombre en pudiendo pintar su escudo
o rodela como había imaginado.

     Olvidábaseme de decir, dijo al marcharse el bachiller a Don
Quijote, que advierta a vuestra merced que queda descomulgado
por haber puesto las manos violentamente en cosa sagrada, justa
ilud: sit quis suadente diabolo, etc. No entiendo este latín,
respondió Don Quijote: mas yo sé bien que no puse las manos,
sino este lanzón; cuanto más, que yo no pensé que ofendía a
sacerdotes, ni a cosas de la Iglesia, a quien respeto y adoro
como católico y fiel cristiano que soy, sino a fantasmas y
vestiglos del otro mundo; y cuando eso así fuese, en la memoria
tengo lo que le pasó al CId Rui Diaz cuando quebró la silla del
embajador de aquel rey delante de su santidad el Papa, por lo
cual le descomulgó, y anduvo aquel día el buen Rodrigo de Vivar
como muy honrado y valiente caballero.

     En oyendo ésto el bachiller se fue, como queda dicho, sin
replicarle palabra. Quisiera Don Quijote mirar si el cuerpo que
venía en la litera eran huesos o no; pero no lo consintió
Sancho, diciendole: Señor, vuestra merced ha acabado esta
peligrosa aventura lo más a su salvo de todas las que yo he
visto; esta gente, aunque vencida y desbaratada, podría ser que
cayese en la cuenta de que los venció sólo una persona, y
corridos y avergonzados desto volviesen a rehacerse y aa
buscarnos, y nos diesen muy bien en que entender. El jumento
está como viene, la montaña cerca, la hambre carga, no hay que
hacer sino retirarnos con gentil compás de piés, y como dicen,
váyase el muerto a la sepultura y el vivo a la hogaza. Y
antecogiendo a su asno, rogó a su señor que le siguiese, el
cual, pareciéndole que Sancho tenía razón, sin volverle a
replicar le siguió. Y a poco trecho que caminaban por entre dos
montañuelas, se hallaron en un espacioso y escondido valle,
donde se apearon, y Sancho alivió el jumento; y tendidos sobre
la verde yerba, con la salsa de su hambre almorzaron, comieron,
merendaron y cenaron a un mismo punto, satisfaciendo sus
estómagos con más de una fiambrera que los señores clérigos del
difunto (que pocas veces se dejan mal pasar) en la acémila de su
repuesto traían; mas sucedióle otra desgracia, que Sancho tuvo
por la peor de todas, y fue que no tenían vino que beber, ni
agua que llegar a la boca y acosados de la sed dijo Sancho,
viendo que el prado donde estaban estaba colmado de verde y
menuda yerba, lo que se dirá en el siguiente capítulo.


     Parte primera: Capítulo vigésimo

     De la jamás vista ni oída aventura que con más poco peligro
fue acabada 
     de famoso caballero en el mundo, como la acabó el valeroso
D. Quijote de
     la Mancha

     No es posible, señor mío, sino que estas yerbas dan
testimonio de que por aquí cerca debe de estar alguna fuente o
arroyo que humedece, y así será bien que vayamos un poco más
adelante, que ya toparemos donde podamos mitigar esta terrible
sed que nos fatiga, que sin duda causa mayor pena que la hambre.
Parecióle bien el consejo a Don Quijote, y tomando de la rienda
a Rocinante, y Sancho del cabestro a su asno después de haber
puesto sobre él los relieves que de la cena quedaron, comenzaron
a caminar sobre el prado arriba a tiento, porque la oscuridad de
la noche no les dejaba ver cosa alguna; mas no hubieron andado
doscientos pasos, cuando llegó a sus oídos un gran ruido de
agua, como que de algunos grandes y levantados riscos se
despeñaba. Alegróles el ruido en gran manera, y parándose a
escuchar hacia que parte sonaba, oyeron a deshora otro estruendo
que les aguó el contento del agua, especialmente a Sancho que
naturalmente era medroso y de poco ánimo: digo que oyeron que
daban unos golpes a compás, con un cierto crujir de hierros y
cadenas, que acompañados del furioso estruendo del agua,
pusieron pavor a cualquier otro corazón que no fuera el de Don
Quijote.

     Era la noche, como se ha dicho, oscura, y ellos acertaron a
estar entre unos árboles altos, cuyas hojas, movidas del blando
viento, hacían un temeroso y manso ruido; de manera que la
soledad, el sitio, la oscuridad, el ruido de la agua con susurro
de las hojas, todo causaba horror y espanto, y más cuando vieron
que ni los golpes cesaban, ni el viento dormía, ni la mañana
llegaba, añadiéndose a todo esto el ignorar el lugar donde se
hallaban; pero Don Quijote, acompañado de su intrépido corazón,
saltó sobre Rocinante, y embrazando su rodela, terció su lanzón
y dijo: Sancho amigo, has de saber que yo nací, por querer del
cielo, en nuestra edad de hierro, para resucitar en ella la de
oro o la dorada, como suele llamarse; yo soy aquel para quien
están guardados los peligros, las grandes hazañas, los valerosos
hechos; yo soy, digo otra vez, quien ha de resucitar los de la
Tabla Redonda, los doce de Francia y los nueve de la Fama, y el
que ha de poner en olvido los Platires, los Tablantes, los
Olivante y Tirantes, Febos y Belianises, con toda la caterva de
los famosos caballeros andantes del pasado tiempo, haciendo en
este en que me hallo tales grandezas, estrañezas y fechos de
armas, que escurezcan las más claras que ellos ficieron. Bien
notas, escudero fiel y leal, las tinieblas desta noche, su
extraño silencio, el sordo y confuso estruendo destos árboles,
el temeroso ruido de aquella agua en cuya busca venimos, que
parece que se despeña y derrumba desde los altos montes de la
luna, y aquel incesante golpear que nos hiere y lastima los
oídos; las cuales cosas todas juntas, y cada una por sí, son
bastantes a infundir miedo, temor y espanto en el pecho del
mismo Marte, cuanto más en aquel que no está acostumbrado a
semejantes acontecimientos y aventuras; pues todo esto que yo te
pinto son incentivos y despertadores de mi ánimo, que ya hace
que el corazón me reviente en el pecho con el deseo que tiene de
acometer esta aventura, por más dificultosa que se muestra; así
que aprieta un poco las cinchas a Rocinante y quédate a Dios, y
espérame aquí hasta tres días no más, en los cuales, si no
volviere, puedes tú volverte a nuestra aldea, y desde allí por
hacerme merced y buena obra, irás al Toboso, donde dirás a la
incomparable señora mía Dulcinea, que su cautivo caballero murió
por acometer cosas que le hiciesen digno de poder llamarse suyo. 

     Cuando Sancho oyó las palabras de su amo, comenzó a llorar
con la mayor ternura del mundo, y a decirle: Señor, yo no sé
porque quiere vuestra merced acometer esta tan tenebrosa
aventura; ahora es de noche, aquí no nos ve nadie, bien podemos
torcer el camino y desviarnos del peligro, aunque no bebamos en
tres días; y pues no hay quien nos vea, menos habrá quien nos
note de cobardes: cuanto más que yo he oído muchas veces
predicar al cura de nuestro lugar, que vuestra merced muy bien
conoce, que quien busca el peligro perece en él: así que no es
bien tentar a Dios acometiendo tan desaforado hecho, donde no se
puede escapar sino por milagro; y basta lo que ha hecho el cielo
con vuestra merced en librarle de ser manteado como yo lo fui, y
en sacarle vencedor, libre y salvo entre tantos enemigos como
acompañaban al difunto; y cuando todo esto no mueva ni ablande
ese duro corazón, muévale el pensar que apenas se habrá vuestra
merced apartado de aquí, cuando yo de miedo dé mi ánima a quien
quisiera llevarla. Yo salí de mi tierra, y dejé hijos y mujer
por venir a servir a vuestra merced, creyendo valer más, y no
menos; pero como la codicia rompe el saco, a mí me ha rasgado
mis esperanzas, pues cuando más vivas las tenía de alcanzar
aquella negra y malhadada ínsula que tantas veces vuestra merced
me ha prometido, veo que en pago y trueco della me quiere ahora
dejar en un lugar tan apartado del trato humano: por un solo
Dios, señor mío, que non se me faga tal desaguisado; y ya que
del todo no quiera vuestra merced desistir de acometer este
fecho, dilátelo a lo menos hasta la mañana, que a lo que a mí me
muestra la ciencia que aprendí cuando era pastor, no debe de
haber desde aquí al alba tres horas, porque la boca de la bocina
está encima de la cabeza, y hace la medianoche en la línea del
brazo izquierdo.

     ¿Cómo puedes tú, Sancho, dijo Don Quijote, ver donde hace
esa línea, ni dónde está esa boca o ese colodrillo que dices, si
hace la noche tan oscura que no parece en todo el cielo estrella
alguna? Así es, dijo Sancho; pero tiene el miedo muchos ojos, y
ve las cosas debajo de tierra, cuanto más encima en el cielo,
puesto que por buen discurso, bien se puede entender que hay
poco de aquí al día. Falte lo que faltare, respondió Don
Quijote, que no se ha de decir por mí ahora, ni en ningún
tiempo, que lágrimas y ruegos me apartaron de hacer lo que debía
a estilo de caballero; y así te ruego, Sancho, que calles, que
DIos que me ha puesto en corazón de acometer ahora esta tan no
vista y tan hermosa aventura, tendrá cuidado de mirar por mi
salud, y de consolar tu tristeza; lo que has de hacer es apretar
bien las cinchas a Rocinante y quedarte aquí, que yo daré la
vuelta presto, o vivo o muerto.

     Viendo, pues, Sancho, la última resolución de su amo, y
cuán poco valían con él sus lágrimas, consejos y ruegos,
determinó de aprovecharse de su industria, y hacerle esperar
hasta el día si pudiese; y así, cuando apretaba las cinchas al
caballo, bonitamente y sin ser sentido, ató con el cabestro de
su asno ambos piés a Rocinante, de manera que cuando Don Quijote
se quiso partir no pudo, porque el caballo no se podía mover
sino a saltos. Viendo Sancho Panza el buen suceso de su embuste,
dijo: Ea, señor, que el cielo conmovido de mis lágrimas y
plegarias ha ordenado que no se pueda mover Rocinante; y si vos
quereis porfiar y espolear y dale, será enojar a la fortuna y
dar coces, como dicen, contra el aguijón. Desesperábase con esto
DOn Quijote, y por más que ponía las piernas al caballo, no le
podía mover; y sin caer en la cuenta de la ligadura, tuvo por
bien de sosegarse, y esperar a que amaneciese, o a que Rocinante
se menease, creyendo sin duda que aquello venía de otra parte
que de la industria de Sancho, y así le dijo: Pues así es,
Sancho, que Rocinante no puede moverse, yo soy contento de
esperar a que ría el alba, aunque yo llore lo que ella tardare
en venir. No hay que llorar, respondió Sancho, que yo
entretendré a vuestra merced contando cuentos desde aquí al día,
si ya no es que se quiere apear, y echarse a dormir un poco
sobre la verde yerba, a uso de caballeros andantes, para
hallarse más descansado cuando llegue el día a punto de acometer
esta tan desemejable aventura que le espera.

     ¿A qué llamas apear, o a qué dormir? dijo Don Quijote. ¿Soy
yo por ventura de aquellos caballeros que toman reposo en los
peligros? Duerme tú que naciste para dormir, o haz lo que
quisieres, que yo haré lo que viere que más viene con mi
pretensión. No se enoje vuestra merced, señor mío, respondió
Sancho, que no lo dije por tanto. Y llegándose a él, puso la una
mano en el arzón delantero y la otra en el otro, de modo que
quedó abrazado con el muslo izquierdo de su amo, sin osarse
apartar dél un dedo; tal era el miedo que tenía a los golpes,
que todavía alternativamente sonaban. Díjole Don Quijote qu
contase algún cuento para entretenerle, como se lo había
prometido, a lo que Sancho dijo que sí hiciera si le dejara el
temor de lo que oía: Pero con todo eso yo me esforzaré a decir
una historia, que si la acierto a contar y no me van a la mano,
es la mejor de las historias, y estéme vuestra merced atento,
que ya comienzo.

     Erase que se era, el bien que viniera para todos sea, y el
mal para quien lo fuere a buscar; y advierta vuestra merced,
señor mío, que el principio que los antiguos dieron a sus
consejas no fue así como quiera, que fue una sentencia de Caton
Zonzorino romano, que dice: "y el mal para quien lo fuere a
buscar", que viene aquí como anillo al dedo, para que vuestra
merced se esté quedo, y no vaya a buscar el mal a ninguna parte,
sino que nos volvamos por otro camino, pues nadie nos fuerza a
que sigamos este donde tantos miedos nos sobresaltan. Sigue tu
cuento, Sancho, dijo Don Quijote, y del camino que hemos de
seguir déjame a mí el cuidado.

     Digo, pues, prosiguió Sancho, que en un lugar de
Extremadura había un pastor cabrerizo, quiero decir, que
guardaba cabras, el cual pastor o cabrerizo, como digo de mi
cuento, se llamaba Lope Ruiz, y este Lope Ruiz andaba enamorado
de una pastora que se llamaba Torralva, la cual pastora llamda
Torralva era hija de un ganadero rico, y este ganadero rico...
Si desa manera cuentas tu cuento, Sancho, dijo Don Quijote,
repitiendo dos veces lo que vas diciendo, no acabarás en dos
días; dílo seguidamente y cuéntalo como hombre de entendimiento,
y si no, no digas nada. De la misma manera que yo lo cuento,
respondió Sancho, se cuentan en mi tierra todas las consejas, y
yo no sé contarlo de otra, ni es bien que vuestra merced me pida
que haga usos nuevos. Di como quisieres, respondió Don Quijote,
que pues la suerte quiere que no pueda dejar de escucharte,
prosigue.

     Así que, señor mío de mi ánima, prosiguió Sancho, que como
ya tengo dicho, este pastor andaba enamorado de Torralva la
pastora, que era una moza rolliza, zahareña, y tiraba algo a
hombruna, porque tenía unos pocos bigotes, que parece que ahora
la veo. ¿Luego conocístela tú? dijo Don Quijote. No la conocí
yo, respondió Sancho, pero quien me contó este cuento me dijo
que era tan cierto y verdadero, que podía bien cuando lo contase
a otro afirmar y jurar que lo había visto todo: así que yendo
días y viniendo días, el diablo, que no duerme y que todo lo
añasca, hizo de manera que el amor que el pastor tenía a la
pastora se volviese en homecillo y mala voluntad; y la causa
fue, según malas lenguas, una cierta cantidad de celillos que
ella le dió, tales que pasaban de la raya y llegaban a lo
vedado; y fue tanto lo que el pastor la aborreció de allí
adelante, que por no verla se quiso ausentar de aquella tierra,
e irse donde sus ojos no la viesen jamás. La Torralva que se vio
desdeñada del Lope, luego le quiso bien, más que nunca le había
querido. Esa es natural condición de mujeres, dijo Don Quijote,
desdeñar a quien las quiere, y amar a quien las aborrece: pasa
adelante, Sancho.

     Sucedió, dijo Sancho, que le pastor puso por obra su
determinación, y antecogiendo sus cabras, se encaminó por los
campos de Extremadura para pasarse a los reinos de Portugal: la
Torralva, que lo supo, fue tras él, y seguíale a pie y descalza
desde lejos con un bordón en la mano y con unas alforjas al
cuello, donde llevaba, según es fama, un pedazo de espejo y otro
de un peine, y no sé qué botecillo de mudas para la cara; mas
llevase lo que llevase, que yo no me quiero meter ahora en
averiguallo, sólo diré que dicen que el pastor llegó con su
ganado a pasar el río Guadiana, y en aquella sazón iba crecido y
casi fuera de madre, y por la parte que llegó no había barca ni
barco, ni quien le pasase a él ni a su ganado de la otra parte,
de lo que se congojó mucho, porque veía que la Torralva venía ya
muy cerca, y le había de dar mucha pesadumbre con sus ruegos y
lágrimas, mas tanto anduvo mirando, que vio un pescador que
tenía junto a sí un barco tan pequeño, que solamente podían
caber en él una persona y una cabra, y con todo esto le habló y
concertó con él que le pasase a él y a trescientas cabras que
llevaba. Entró el pescador en el barco y pasó una cabra, volvió
y pasó otra, tornó a volver y tornó a pasar otra: tenga vuestra
merced cuenta con las cabras que el pescador va pasando, porque
si se pierde una de la memoria se acabará el cuento, y no será
posible contar más palabra dél: sigo, pues, y digo, que el
desembarcadero de la otra parte estaba lleno de cieno y
resbaloso, y tardaba el pescador mucho tiempo en ir y volver:
con todo esto volvió por otra cabra, y otra y otra.

     Haz cuenta que las pasó todas, dijo Don Quijote; no andes
yendo y viniendo desa manera, que no acabarás de pasarlas en un
año. ¿Cuántas han pasado hasta ahora? dijo Sancho. ¿Yo qué
diablos sé? respondió Don Quijote. He ahí lo que yo dije que
tuviese buena cuenta; pues por Dios que se ha acabado el cuento,
que no hay pasar adelante. ¿Cómo puede ser eso? respondió Don
Quijote. ¿Tan de esencia de la historia es saber las cabras que
han pasado por extenso, que si se yerra una del número no puedes
seguir adelante con la historia? No, señor, en ninguna manera,
respondió Sancho, porque así como yo pregunté a vuestra merced
que me dijese cuántas cabras habían pasado, y me respondió que
no sabía, en aquel mismo instante se me fue a mí de la memoria
cuanto me quedaba por decir, y a fe que era de mucha virtud y
contento. ¿De modo, dijo Don Quijote, que ya la historia es
acabada? Tan acabada es como mi madre, dijo Sancho.

     Dígote de verdad, respondió Don Quijote, que tú has contado
una de las más nuevas consejas, cuento o historia que nadie pudo
pensar en el mundo, y que tal modo de contarla, ni dejarla,
jamás se podrá ver ni habrá visto en toda la vida, aunque no
esperaba yo otra cosa de tu buen discurso; mas no me maravillo,
pues quizá estos golpes, que no cesan, te deben tener turbado el
entendimiento. Todo puede ser, respondió Sancho; mas yo sé que
en lo de mi cuento no hay más que decir, que allí se acaba do
comienza el yerro de la cuenta del pasaje de las cabras. Acabe
norabuena donde quisiere, dijo Don Quijote, y veamos si se puede
mover Rocinante.

     Tornóle a mover las piernas, y él tornó a dar saltos y a
estarse quedo: tanto estaba de bien atado. En esto parece ser, o
que el frío de la mañana que ya venía, o que Sancho hubiese
cenado algunas cosas lenitivas, o que fuese una cosa natural
(que es lo que más se debe creer) a él le vino en voluntad y
deseo de hacer lo que otro no podía hacer por él; mas era tanto
el miedo que había entrado en su corazón, que no osaba apartarse
un negro de uña de su amo; pues pensar de no hacer lo que tenía
gana, tampoco era posible, y así lo que hizo por bien de paz fue
soltar la mano derecha, que tenía asida al arzón trasero, con lo
cual bonitamente y sin rumor alguno se soltó la lazada corrediza
con que los calzones se sostenían sin ayuda de otra alguna, y en
quitándosela dieron luego abajo, y se le quedaron como grillos.
Tras esto alzó la camisa lo mejor que pudo, y echó al aire
entrambas posaderas, que no eran muy pequeñas. Hecho esto (que
él pensó que era lo más que tenía que hacer para salir de aquel
terible aprieto y angustia) le sobrevino otra mayor, que fue que
le pareció, que no podía mudarse sin hacer estrépito y ruido, y
comenzó a apretar los dientes y a encoger los hombros,
recogiendo en sí el aliento todo cuanto podía; pero con todas
estas diligencias fué tan desdichado, que al cabo vino a hacer
un poco de ruido, bien diferente de aquel que a él le ponía
tanto miedo. Oyólo Don Quijote, y dijo: ¿Qué rumor es ése,
Sancho? No sé, señor, respondió él. Alguna cosa nueva debe ser,
que las aventuras y desventuras nunca comienzan por poco.

     Tornó otra vez a probar ventura, y sucedióle tan bien, que
sin más ruido y alboroto que el pasado, se halló libre de la
carga que tanta pesadumbre le había dado; mas como Don Quijote
tenía el sentido del olfato tan vivo como el de los oídos, y
Sancho estaba tan junto y cosido con él, que casi por línea
recta subían los vapores hacia arriba, no se pudo excusar de que
algunos no se llegasen a sus narices, y apenas hubieron llegado,
cuando él fue al socorro apretándolas entre los dos dedos, y con
tono algo gangoso, dijo: Paréceme, Sancho, que tienes mucho
miedo. Sí tengo, respondió Sancho: ¿mas en que lo echa de ver
vuestra merced ahora más que nunca? En que ahora más que nunca
hueles, y no a ámbar, respondió Don Quijote.

     Bien podrá ser, dijo Sancho; mas yo no tengo la culpa, sino
vuestra merced, que me trae a deshoras y por estos no
acostumbrados pasos. Retírate tres o cuatro allá, amigo, dijo
Don Quijote,todo esto sin quitarse los dedos de las narices; y
desde aquí adelante ten más en cuenta con tu persona, y con lo
que debes a la mía, que la mucha conversación que tengo contigo
ha engendrado este menosprecio. Apostaré, replicó Sancho, que
piensa vuestra merced que yo he hecho de mi persona alguna cosa
que no deba. Peor es meneallo, amigo Sancho, respondió Don
Quijote.

     En estos coloquios y otros semejantes pasaron la noche amo
y mozo; mas viendo Sancho que a más andar se venía la mañana,
con mucho tiento desligó a Rocinante y se ató los calzones. 
Como Rocinante se vió libre, aunque él de suyo no era nada
brioso, parece que se resintió y comenzó a dar manotadas, porque
corbetas, con perdón suyo, no las sabía hacer. Viendo, pues, Don
Quijote que ya Rocinante se movía, lo tuvo a buena señal, y
creyó que lo era de que acometiese aquella temerosa aventura.
Acabó en esto de descubrirse el alba, y de parecer distintamente
las cosas, y vio Don Quijote que estaba entre unos árboles
altos, que eran castaños, que hacen la sombra muy oscura, sintió
también que el golpear no cesaba, pero no vio quién lo podía
causar, y así, sin más detenerse, hizo sentir las espuelas a
Rocinante, y tornando a despedirse de Sancho, le mandó que allí
le aguardase tres días a lo más largo, como ya otra vez se lo
había dicho, y que si al cabo dellos no hubiese vuelto, tuviese
por cierto que Dios había sido servido de que en aquella
peligrosa aventura se le acabasen sus días.

     Tornóle a referir el recado y embajada que había de llevar
de su parte a su señora Dulcinea, y que en lo que tocaba a la
paga de sus servicios no tuviese pena, porque él había dejado
hecho su testamento antes de que saliera de su lugar, donde se
hallaría gratificado de todo lo tocante a su salario, rata por
cantidad del tiempo que hubiese servido; pero que si DIos le
sacaba de aquel peligro sano y salvo y sin cautela, se podía
tener por muy más que cierta la prometida ínsula.

     De nuevo tornó a llorar Sancho, oyendo de nuevo las
lastimeras razones de su buen señor, y determinó de no dejarle
hasta el último trance y fin de aquel negocio.  Destas lágrimas
y determinación tan honrada de Sancho Panza saca el autor desta
historia que debía de ser bien nacido, y por lo menos cristiano
viejo: cuyo sentimiento enterneció algo a su amo, pero no tanto
que mostrase flaqueza alguna, antes, disimulando lo mejor que
pudo, comenzó a caminar hacia la parte por donde le pareció que
el ruido del agua y del golpear venía.

     Seguíale Sancho a pie, llevando, como tenía de costumbre,
del cabestro a su jumento, perpetuo compañero de sus prósperas y
adversas fortunas; y habiendo andado una buena pieza por entre
aquellos castaños y árboles sombríos, dieron en un pradillo que
al pie de unas altas peñas se hacía, de las cuales se
precipitaba un grandísimo golpe de agua.

     Al pie de las peñas estaban unas casas mal hechas, que más
parecían ruinas de edificios que casas, de entre las cuales
advirtieron que salía el ruido y estruendo de aquel golpear, que
aún no cesaba.

     Alborotóse Rocinante con el estruendo del agua y de los
golpes, y sosegándole Don Quijote, se fue llegándole poco a poco
a las casas; encomendóse de todo corazón a su señora,
suplicándole que en aquella temerosa jornada y empresa le
favoreciese, y de camino se encomendaba también a Dios que no le
olvidase. No se le quitaba Sancho del lado, el cual alargaba
cuanto podía el cuello y la vista por entre las piernas de
Rocinante, por ver si vería ya lo que tan suspenso y medroso le
tenía. 

     Otros cien pasos serían los que anduvieron, cuando al
doblar de una punta pareció descubierta y patente la misma
causa, sin que pudiese ser otra, de aquel horrísono y para ellos
espantable ruido, que tan suspensos y medrosos toda la noche les
había tenido; y eran (si no lo has, ¡oh lector! por pesadumbre y
enojo) seis mazos de batán que con sus alternativos golpes aquel
estruendo formaban.

     Cuando Don Quijote vió lo que era, enmudeció y pasmóse de
arriba abajo. Miróle Sancho, y vió que tenía la cabeza inclinada
sobre el pecho con muestras de estar corrido.  Miró también Don
Quijote a Sancho, y vióle que tenía los carrillos hinchados, y
la boca llena de risa, con evidentes señales de querer reventar
con ella, y no pudo su melancolía tanto con él, que a la vista
de Sancho pudiese dejar de reirse, y como vió Sancho que su amo
había comenzado, soltó la presa de manera que tuvo necesidad de
apretarse las hijadas con los puños por no reventar riendo.
Cuatro veces sosegó, y otras tantas volvió a su risa con el
mismo ímpetu que primero, de lo cual ya se daba al diablo Don
Quijote, y más cuando le oyó decir como por modo de fisga: Has
de saber, ¡oh Sancho amigo! que yo no nací por querer del cielo
en esta nuestra edad del hierro para resucitar en ella la dorada
o de oro; yo soy aquel para quien están guardados los peligros,
las hazañas grandes, los valerosos fechos. Y por aquí fue
repitiendo todas o las más razones que Don Quijote dijo la vez
primera que oyeron los temerosos golpes.

     Viendo, pues, Don Quijote que Sancho hacía burla dél, se
corrió y enojo en tanta manera, que alzó el lanzón y le asentó
dos palos, tales que si como los recibió en las espaldas los
recibiera en la cabeza, quedara libre de pagarle el salario, si
no fuera a sus herederos.

     Viendo Sancho que sacaba tan malas veras de sus burlas, con
temor de que su amo no pasase adelante en ellas, con mucha
humildad le dijo: Sosiéguese vuestra merced, que por Dios que me
burlo. Pues ¿por qué os burlais?No me burlo yo, respondió Don
Quijote. Venid acá señor alegre: ¿paréceos a vos que como si
estos fueron mazos de batán fueran otra peligrosa aventura, no
había yo mostrado el ánimo que convenía para emprendella y
acaballa? ¿Estoy yo obligado a dicha, siendo como soy caballero,
a conocer y distinguir los sones, y saber cuales son los de los
batanes o no? Y más que podría ser, como es verdad, que no los
he visto en mi vida, como vos los habréis visto, como villano
ruin que sois, criado y nacido entre ellos; si no, haced vos que
estos seis mazos se vuelvan en seis jayanes, y echádmelos a las
barbas uno a uno, o todos juntos, y cuando yo no diere con todos
patas arriba, haced de mí la burla que quisiéredes.

     No haya más, señor mío, replicó Sancho, que yo confieso que
he andado algo risueño en demasía; pero dígame vuestra merced,
ahora que estamos en paz, así Dios le saque de todas las
aventuras que le sucedieren tan sano y salvo como le ha sacado
desta: ¿no ha sido cosa de reír, y lo es de contar, el gran
miedo que hemos tenido? A lo menos el que yo tuve, que de
vuestra merced ya yo sé que no lo conoce, ni sabe que es temor
ni espanto.

     No niego yo, respondió Don Quijote, que lo que nos ha
sucedido no sea cosa digna de risa; pero no es digna de
contarse, que no son todas las personas tan discretas que sepan
poner en su punto las cosas.

     A lo menos, respondió Sancho, supo vuestra merced poner en
su punto el lanzón, apuntándome a la cabeza y dándome en las
espaldas: gracias a Dios y a la diligencia que puse en ladearme;
pero vaya que todo saldrá en la colada, que yo he oído decir:
ese te quiere bien, que te hace llorar; y más, que suelen los
principales señores tras una mala palabra que dicen a un criado
darle luego las calzas, aunque no sé lo que suelen dar tras
haberle dado de palos, si ya no es que los caballeros andantes
dan tras palos ínsulas o reinos en tierra firme.

     Tal podría correr el dado, dijo Don Quijote, que todo lo
que dices viniese a ser verdad, y perdona lo pasado, pues eres
discreto y sabes que los primeros movimientos no son en manos
del hombre, y está advertido de aquí en adelante en una cosa,
para que te abstengas y reportes en el hablar demasiado conmigo,
que en cuantos libros de caballerías he leído, que son
infinitos, jamás he hallado que ningún escudero hablase tanto
con su señor como tú con el tuyo, y en verdad que lo tengo a
gran falta tuya y mía: tuya, en que me estimas en poco; mía, en
que no me dejo estimar en más: sí que Galadin, escudero de
Amadís de Gaula, conde, fue de la Insula firme, y se le dél que
siempre hablaba a su señor con la gorra en la mano, inclinada la
cabeza y doblado el cuerpo more turquesco. Pues ¿qué diremos de
Gasabal, escudero de don Galaor, que fue tan callado, que para
declararnos la excelencia de su maravilloso silencio, sólo una
vez se nombra su nombre en toda aquella tan grande como
maravillosa historia? De todo lo que he dicho has de inferir,
Sancho, que es menester hacer diferencia de amo a mozo, de señor
a criado, y de caballero a escudero; así que desde hoy en
adelante nos hemos de tratar con más respeto, sin darnos
cordelejo, porque de cualquiera manera que yo me enoje con vos
ha de ser mal para el cántaro. Las mercedes y beneficios que yo
os he prometido llegarán a su tiempo, y si no llegaren, el
salario a lo menos no se ha de perder, como ya os he dicho. Esta
bien cuanto vuestra merced dice, dijo Sancho; pero yo querría
saber (por si acaso no llegase el tiempo de las mercedes, y
fuese necesario acudir al de los salarios) cuánto ganaba un
escudero de un caballero andante en aquellos tiempos, y si se
concertaba por meses o por días, como peones de albañil.

     No creo yo, respondió Don Quijote, que jamás los tales
escuderos estuvieron a salario, sino a merced; y si yo ahora te
le he señalado a ti en el testamento cerrado que dejé en mi
casa, fue por lo que podía suceder, que aún no sé cómo prueba en
estos tan calamitosos tiempos nuestros de la caballería, y no
querría que por pocas cosas penase mi ánima en el otro mundo;
porque quiero que sepas, Sancho, que en él no hay estado más
peligroso que el de los aventureros. Así es verdad, dijo Sancho,
pues sólo el ruido de los mazos de un batán pudo alborotar y
desasosegar el corazón de un tan valeroso andante aventurero
como es vuestra merced; mas bien puede estar seguro que de aquí
adelante no despliegue mis labios para hacer donaire de las
cosas de vuestra merced, si no fuere para honrarle como a mi amo
y señor natural.

     Desa manera, replicó Don Quijote, vivirás sobre la haz de
la tierra, porque después de a los padres, a los amos se ha de
respetar como si lo fuesen.

     Parte primera: Capítulo vigésimoprimero

     Que trata de la alta aventura y rica ganacia del yelmo de
Mambrino, con
     otras cosas sucedidas a nuestro invencible caballero

     En esto comenzó a llover un poco, y quisiera Sancho que
entraran en el molino de los batanes; mas habíales cobrado tal
aborrecimiento Don Quijote por la pasada burla, que en ninguna
manera quiso entrar dentro, y así, torciendo el camino a la
derecha mano, dieron en otro como el que habían llevado el día
antes. 

     De allí a poco descubrió Don Quijote un hombre a caballo,
que traía en la cabeza una cosa que relumbraba como si fuera de
oro, y aun él apenas le hubo visto, cuando se volvió a Sancho y
le dijo: Paréceme, Sancho, que no hay refrán que no sea
verdadero, porque todos son sentencias sacadas de la misma
experiencia, madre de las ciencias todas, especialmente aquel
que dice: donde una puerta se cierra otra se abre: dígolo,
porque si anoche nos cerró la ventura la puerta de la que
buscábamos, engañándonos con los batanes, ahora nos abre de par
en par otra para otra mejor y más cierta aventura, que si yo no
acertare a entrar por ella, mía será la culpa, sin que la pueda
dar a la poca noticia de batanes, ni a la oscuridad de la noche:
digo esto, porque si no me engaño, hacia nosotros viene uno que
trae en su cabeza puesto el yelmo de Mambrino, sobre que yo hice
el juramento que sabes.

     Mire vuestra merced bien lo que dice, y mejor lo que hace,
dijo Sancho, que no querría que fuesen otros batanes que nos
acabasen de batanar y aporrear el sentido. Válate el diablo por
hombre, replicó Don Quijote. ¿Qué va de yelmo a batanes? No sé
nada, respondió Sancho; mas a fe que si yo pudiera hablar tanto
como solía, que quizá diera tales razones que vuestra merced
viera que se engañaba en lo que dice. ¿Cómo me puedo engañar en
lo que digo, traidor escrupuloso? dijo Don Quijote. Dime, ¿no
ves aquel caballero que hacia nosotros viene sobre un caballo
rucio rodado, que trae puesto en la cabeza un yelmo de oro? Lo
que veo y columbro, respondió Sancho, no es sino un hombre sobre
un asno pardo como el mío, que trae sobre la cabeza una cosa que
relumbra. Pues ese es el yelmo de Mambrino, dijo Don Quijote:
apártate a una parte y déjame con él a solas, verás cuán sin
hablar palabra, por ahorrar del tiempo, concluyo esta aventura,
y queda por mío el yelmo que tanto he deseado. Yo me tengo en
cuidado en cuidado el apartarme, replicó Sancho; mas quiera
Dios, tornó a decir, que orégano sea, y no batanes. Ya os he
dicho, hermano, que no me mentéis ni por pienso más eso de los
batanes, dijo Don Quijote, que voto... y no digo más, que os
batanée el alma. Calló Sancho con temor que su amo no cumpliese
el voto que le había echado redondo como una bola.

     Es pues, el caso, que el yelmo, y el caballo y caballero
que Don Quijote veía, era esto que en aquel contorno había dos
lugares, el uno tan pequeño que no tenía ni botica ni barbero, y
el otro, que estaba junto a él, sí, y así el barbero del mayor
servía al menor, en el cual tuvo necesidad un enfermo de
sangrarse, y otro de hacerse la barba, para lo cual venía el
barbero, y traía una bacía de azofar; y quiso la suerte que al
tiempo que venía comenzó a llover, y por que no se le manchase
el sombrero, que debía de ser nuevo, se puso la bacía sobre la
cabeza, y como estaba limpia, desde media legua relumbraba.
Venía sobre un asno pardo, como Sancho dijo, esta fue la ocasión
que a Don Quijote le pareció caballo rucio rodado, y caballero,
y yelmo de oro; que todas las cosas que veía con mucha facilidad
las acomodaba a sus desvariadas caballerías y mal andantes
pensamientos: y cuando él vio que el pobre caballero llegaba
cerca, sin ponerse con él en razones, a todo correr de
Rocinante, le enristró con el lanzón bajo llevando intención de
pasarle de parte a parte; mas cuando a él llegaba, sin detener
la furia de su carrera, le dijo: Defiéndete, cautiva criatura, o
entrégame de tu voluntad lo que con tanta razón se me debe.

     El barbero, que tan sin pensarlo ni temerlo vio venir
aquella fantasma sobre sí, no tuvo otro remedio para poder
guardarse del golpe de la lanza, sino fue el dejarse caer del
asno abajo, y no hubo tocado el suelo cuando se levantó más
ligero que un gamo, y comenzó a correr por aquel llano, que no
le alcanzara el viento. Dejóse la bacía en el suelo, con la cual
se contentó Don Quijote, y dijo que el pagano había andado
discreto, y que había imitado al castor, el cual, viéndose
acosado de los cazadores, se taraza y corta con los dientes
aquello por lo que él por instinto natural sabe que es
perseguido. Mandó a Sancho que alzase el yelmo, el cual,
tomándole en las manos, dijo: Por Dios que la bacía es buena, y
que vale un real de a ocho como un maravedí, y dándosela a su
amo, se la puso luego en la cabeza, rodeándola a una parte y a
otra, buscándole el encaje, y como no se hallaba dijo: Sin duda
que el pagano, a cuya medida se forjó primero esta famosa
celada, debía de tener grandísima cabeza, y lo peor dello es que
le falta la mitad.  Cuando Sancho oyó llamar a la bacía celada
no pudo tener la risa; mas vínosele a las mientes la cólera de
su amo, y calló en la mitad della. ¿De qué te ríes, Sancho? dijo
Don Quijote. Ríome, respondió él, de considerar la gran cabeza
que tenía el pagano, dueño de este almete, que semeja sino una
bacía de barbero pintiparada. ¿Sabes qué imagino, Sancho? Que
esta famosa pieza deste encantado yelmo, por algún extraño
accidente de venir a manos de quien no supo conocer ni estimar
su valor, y sin saber lo que hacía, viéndola de oro purísimo,
debía de fundir la otra mitad para aprovecharse del precio, y de
la otra mitad hizo esta, que parece bacía de barbero, como tú
dices; pero sea lo que fuere, que para mí que la conozco no hace
al caso su trasmutación, que yo la aderezaré en el primer lugar
que haya herrero, y de suerte que no le haga ventaja ni aún le
llegue la que hizo y forjó el dios de las herrerías para el dios
de las batallas. Y en este entre tanto la traeré como pudiere,
que más vale elgo que no nada, cuanto más que bien será bastante
para defenderme de alguna pedrada.

     Eso será, dijo Sancho, si no se tira con honda, como se
tiraron en la pelea de los dos ejércitos, cuando le santiguaron
a vuestra merced las muelas y le rompieron el alcuza donde venía
aquel benditísimo brebaje que me hizo vomitar las asaduras. No
me da mucha pena el haberle perdido, que ya sabes tú, Sancho,
dijo Don Quijote, que yo tengo la receta en la memoria. También
la tengo yo, respondió Sancho; pero si yo le hiciere ni le
probare más en la vida, aquí sea mi hora; cuanto más que no
pienso ponerme en ocasión de haberle menester, porque pienso
guardarme con todos mis cinco sentidos de ser ferido, ni de
ferir a nadie. De lo de ser otra vez manteado, no digo nada, que
semejantes desgracias mal se pueden prevenir, y si vienen, no
hay que hacer otra cosa sino encoger los hombros, detener el
aliento, cerrar los ojos y dejarse ir por donde la suerte y la
manta nos llevare.

     Mal cristiano eres, Sancho, dijo oyendo esto Don Quijote,
porque nunca olvidas la injuria que una vez te han hecho; pues
sábete que es de pechos nobles y generosos no hacer caso de
niñerías. ¿Qué pie sacaste cojo? ¿Qué costilla quebrada? ¿Qué
cabeza rota, para que no se te olvide aquella burla?... Que bien
apurada la cosa, burla fue y pasatiempo, que a no entenderlo yo
así, ya yo hubiera vuelto allá y hubiera hecho en tu venganza
más daño que el que hicieron los griegos por la robada Elena: la
cual, si fuera en este tiempo, o mi Dulcinea fuera en aquel,
pudiera estar segura que no tuviera tanta fama de hermosa como
tiene. Y aquí dio un suspiro y le puso en las nubes, y dijo
Sancho: Pase por burlas, pues la venganza no puede pasar en
veras; pero yo sé de que calidad fueron las veras y las burlas,
y sé también que no se me caerán de la memoria, como nunca se me
quitarán de las espaldas.

     Pero dejando esto aparte, dígame vuestra merced que haremos
de este caballo rucio rodado, que parece asno rodado que dejó
aquí desamparado aquel Martino que vuestra merced derribó, que
según él puso los pies en polvorosa y cogió las de Villadiego,
no lleva pergenio de volver por él jamás, y para mis barbas si
no es bueno el rucio. Nunca yo acostumbro, dijo Don Quijote,
despojar a los que venzo, ni es uso de caballería quitarles los
caballos y dejarles a pie; si ya no fuese que el vencedor
hubiese perdido en la pendencia el suyo, que en tal caso lícito
es tomar el del vencido, como ganado en gguerra lícita. Así que,
Sancho, deja ese caballo o asno, o lo que tú quisieres que sea,
que como su dueño nos vea alongados de aquí volverá por él. Dios
sabe si quisiera llevarle, replicó Sancho, o por lo menos
trocalle con este mío que no me parece tan bueno. Verdaderamente
que son estrechas las leyes de caballería, pues no se extienden
a dejar trocar un asno por otro y querría saber si podría trocar
los aparejos siquiera. En eso no estoy muy cierto, respondió Don
Quijote, y en caso de duda, hasta estar mejor informado, digo
que los trueques, si es que tienes dellos necesidad extrema. Tan
extrema es, respondió Sancho, que si fueran para mi misma
persona no los hubiera menester más. Y luego, habilitado con
aquella licencia, hizo mutatio capparum, y puso su jumento a las
mil lindezas, dejándole mejorado en tercio y quinto.

     Hecho esto, almorzaron de las sobras del real que del
acémila despojaron, bebieron del agua del arroyo de los batanes,
sin volver la cara a mirallos; tal era el aborrecimiento que les
tenían por el miedo en que les habían puesto, y cortada la
cólera, y aún la melancolía, subieron a caballo, y sin tomar
determinado camino (por ser de muy caballeros andantes el no
tomar ninguno cierto) se pusieron a caminar por donde la
voluntad de Rocinante quiso, que se llevaba tras sí la de su
amo, y aún la del asno, que siempre le seguía por donde quiera
que guiaba en buen amor y compañía. Con todo esto volvieron al
camino real, y siguieron por él a la ventura sin otro designio
alguno.

     Yendo, pues, así caminando, dijo Sancho a su amo: Señor,
¿quiere vuestra merced darme licencia que departa un poco con
él? Que después que me puso aquel áspero mandamiento del
silencio, se me han podrido más de cuatro cosas en el estómago,
y una sola que ahora tengo en el pico de la lengua no querría
que se malograse. Dila, dijo Don Quijote, y sé breve en tus
razonamientos, que ninguno hay gustoso si es largo. Digo, pues,
señor, respondió Sancho, que de algunos días a esta parte he
considerado cuán poco se gana y granjea de andar buscando estas
aventuras que vuestra merced busca por estos desiertos y
encrucijadas de caminos, donde ya que se venzan y acaben las más
peligrosas, no hay quien las vea y sepa, y así se han de quedar
en perpetuo silencio, y en perjuicio de la intención de vuestra
merced, y de lo que ellas merecen; y así me parece que sería
mejor (salvo el mejor parecer de vuestra merced) que nos
fuésemos a servir a algún emperador, o a otro príncipe grande
que tenga alguna guerra, en cuyo servicio vuestra merced muestre
el valor de su persona, sus grandes fuerzas y mayor
entendimiento; que visto esto del señor a quien serviremos, por
fuerza nos ha de remunerar a cada cual según sus méritos; y allí
no faltara quien ponga en escrito las hazañas de vuestra merced
para perpetua memoria: de las mías no digo nada, pues no han de
salir de los límites escuderiles, aunque sé decir que si se usa
en la caballería escribir hazañas de escuderos, que no pienso
que se han de quedar las mías entre renglones. No dices mal,
Sancho, respondió Don Quijote; mas antes que se llegue a este
término es menester andar por el mundo, como en aprobación,
buscando las aventuras, para que acabando algunas se cobre
nombre y fama tal, que cuando se fuere a la corte de algún gran
monarca, ya sea el caballero conocido por sus obras, y que
apenas le hayan visto entrar los muchachos por la puerta de la
ciudad, cuando todos le sigan y rodeen dando voces, diciendo:
este es el caballero del Sol, o de la Serpiente, o de otra
insignia alguna, debajo de la cual hubiere acabado grandes
hazañas: este es, dirán, el que venció en singular batalla al
gigantazo Brocabruno de la gran fuerza, el que desencantó el
gran Mameluco de Persia del largo encantamiento en que había
estado casi novecientos años: así que de mano en mano irán
pregonando sus hechos, y luego, al alboroto de los muchachos y
de la demás gente, aparecerá a las fenestras de su real palacio
el rey de aquel reino; y así como vea al caballero, conociéndole
por las armas o por la empresa del escudo, forzosamente ha de
decir: "Ea, sus, salgan mis caballeros, cuantos en mi corte
están, a recibir a la flor de la caballería que allí viene".

     A cuyo mandamiento saldrán todos, y él llegará hasta la
mitad de la escalera, y le abrazará estrechísimamente, y le dará
paz besándole en el rostro, y luego le llevará por la mano al
aposento de la señora reina, adonde el caballero la hallará con
la infanta su hija, que ha de ser una de las más hermosas y
acabadas doncellas que en gran parte de lo descubierto de la
tierra a duras penas se pueden hallar: sucederá tras esto luego
en continente que ella ponga los ojos en el caballero, y él en
los della, y cada uno parezca al otro cosa más divina que
humana; y sin saber cómo ni cómo no, han de quedar presos y
enlazados en la intrincada red amorosa, y con gran cuita en sus
coraqzones por no saber cómo se han de fablar para descubrir sus
ansias y sentimientos. Desde allí le llevarán sin duda a algún
cuarto del palacio ricamente aderezado, donde habiéndole quitado
las armas, le traerán un rico mantón de escarlata con que se
cubra, y si bien pareció armado, tan bien y mejor ha de parecer
en farceto: venida la noche, cenará con el rey, reina, e
infanta, donde nunca quitará los ojos della, mirándola a furto
de los circunstantes, y ella hará lo mesmo con la mesma
sagacidad, porque, como tengo dicho, es muy discreta doncella.

     Levantarse han las tablas, y entrará a deshora por la
puerta de la sala un feo y pequeño enano con una fermosa dueña,
que entre dos gigantes detrás del enano vienen con cierta
aventura hecha por un antiquísimo sabio, que el que la acabare
será tenido por el mejor caballero del mundo: mandará luego el
rey que todos los que están presentes la prueben, y ninguno le
dará fin y cima sino el caballero huésped, en mucho pro de su
fama, de lo cual quedará contentísima la infanta, y se tendrá
por contenta y pagada además, por haber puesto y colocado sus
pensamientos en tan alta parte: y lo bueno es, que este rey o
príncipe, o lo que es, tiene una muy reñida guerra con otro tan
poderoso como él, y el caballero huésped le pide (al cabo de
algunos días que ha estado en su corte) licencia para ir a
servirle en aquella guerra dicha.

     Darásela el rey de muy buen talante, y el caballero le
besará cortésmente las manos por la merced que le face: y
aquella noche se despedirá de su señora la infanta por las rejas
de un jardín en que cae el aposento donde ella duerme, por las
cuales otras muchas veces la habrá fablado, siendo medianera y
sabidora de todo una doncella de quien la infanta mucho se fía.
Suspirará él, desmayaráse ella, traerá agua la doncella,
acuitaráse mucho, porque viene la mañana y no querría que fuesen
descubiertos por la honra de su señora; finalmente la infanta
volverá en sí y dará sus blancas manos por la reja al caballero,
el cual se las besará mil y mil veces, y se las bañará en
lágrimas: quedará concertado entre los dos del modo que se han
de hacer saber sus buenos o malos sucesos, y rogarále la
princesa que se detenga lo menos que pudiere. Prometérselo ha él
con mucho juramentos; tórnale a besar las manos, y despídese con
tanto sentimiento, que estará poco para acabar la vida; vase
desde allí a su aposento, échase sobre su lecho, no puede dormir
del dolor de la partida; madruga muy de mañana, vase a despedir
del rey, y de la reina, y de la infanta, diciéndole (habiéndose
despedido de los dos) que la señora infanta está mal dispuesta,
y que no puede recibir visita. Piensa el caballero, que es de
pena de su partida, traspásasele el corazón, y falta poco de no
dar indicio manifiesto de su pena: está la doncella medianera
delante, halo de notar todo, váselo a decir a su señora, la cual
la recibe con lágrimas, y le dice que una de las mayores penas
que tiene es no saber quién sea su caballero, y si es de linaje
de reyes o no: asegura la doncella que no puede caber tanta
cortesía, gentileza y valentía como la de su caballero sino en
sujeto real y grave.

     Consuélase con esto la cuitada, y procura consolarse por no
dar mal indicio de sí a sus padres, y al cabo de dos días sale
en público: ya se es ido el caballero: pelea en la guerra, vence
al enemigo del rey, gana muchas ciudades, triunfa de muchas
batallas. Vuelve a la corte, ve a su señora por donde suele,
conciértase que la pida a su padre por mujer en pago de sus
servicios, no se la quiere dar el rey, porque no sabe quién es;
pero con todo esto, o robada, o de otra cualquier suerte que
sea, la infanta viene a ser su esposa, y su padre lo viene a
tener a gran ventura, porque se vino a averiguar que el tal
caballero es hijo de un valeroso rey de no sé qué reino, porque
creo que no debe estar en el mapa. Muérese el padre, hareda la
infanta, queda rey el caballero en dos palabras. Aquí entra
luego el hacer mercedes a su escudero y a todos aquellos que le
ayudaron a subir a tan alto estado. Casa a su escudero con una
doncella de la infanta, que será sin duda la que fue tercera en
sus amores, que es hija de un duque muy principal.

     Eso pido, y barras derechas, dijo Sancho; a eso me atengo,
porque todo al pie de la letra ha de suceder por vuestra merced,
llamándose "el caballero de la Triste Figura". No lo dudes,
Sancho, replicó Don Quijote, del mismo modo y por los mismos
pasos que esto he contado suben y han subido los caballeros
andantes a ser reyes y emperadores. Sólo falta ahora mirar qué
rey de los cristianos o los paganos tenga guerra, y tenga hija
hermosa; pero tiempo habrá para pensar esto, pues como te tengo
dicho, primero se ha de cobrar fama por otras partes que se
acuda a la corte. 

     También me falta otra cosa, que puesto caso que se halle
rey con guerra y con hija hermosa, y que yo haya cobrado fama
increíble por todo el universo, no sé yo como se podrá hallar
que yo sea de linaje de reyes, o por lo menos primo segundo de
emperador; porque no me querrá el rey dar a su hija por mujer,
si no está primero muy enterado en esto, aunque más lo merezcan
mis famosos hechos: así que por esta falta temo perder lo que mi
brazo tiene bien merecido: bien es verdad que soy hijodalgo de
solar conocido, de posesión y propiedad, y de devengar
quinientos sueldos: y podría ser que el sabio que escribiese mi
historia deslindase de tal manera mi parentela y descendencia,
que me hallase quinto o sexto nieto de rey: porque te hago
saber, Sancho, que hay dos maneras de linaje en el mundo: unos
que traen y derivan su descendencia de príncipes y monarcas, a
quien poco a poco el tiempo ha desecho, y han acabado en punta
como pirámides, y otros que tuvieron principio de gente baja, y
van subiendo de grado en grado, hasta llegar a ser grandes
señores; de manera que está la diferencia en que unos fueron que
ya no son, y otros son que ya no fueron, y podría ser yo destos,
que de después de averiguado hubiese sido mi principio grande y
famoso, con lo cual se debera de contentar el rey mi suegro que
hubiere de ser: y cuando no la infanta me ha de querer de
manera, que a pesar de su padre, aunque claramente sepa que soy
hijo de azacan, me ha de admitir por señor y por esposo: y si
no, aquí entra el roballa y llevarla donde más gusto me diere,
que el tiempo o la muerte ha de acabar el enojo de sus padres.

     Ahí entra también, dijo Sancho, lo que algunos desalmados
dicen: no pidas de grado lo que puedes tomar por fuerza, aunque
mejor cuadra decir: más vale salto de mata que ruego de hombres
buenos. Dígolo, porque si el señor rey, suegro de vuestra
merced, no se quisiere domeñar a entregarle a mi señora la
infanta, no hay sino, como vuestra merced dice, roballa y
trasponella; pero está el daño que en tanto que se hagan las
paces y se goce pacíficamente del reino, el pobre escudero se
podrá estar a diente en esto de las mercedes, si ya no es que la
doncella tercera, que ha de ser su mujer, se sale con la
infanta, y él pasa con ella su mala ventura hasta que el cielo
ordene otra cosa; porque bien podrá, creo yo, desde luego
dársela su señor por legítima esposa. Eso no hay quien lo quite,
dijo Don Quijote, como yo deseo, y tú, has menester, y ruin sea
quien por ruin se tiene.

     Sea por DIos, dijo Sancho, que yo cristiano viejo soy, y
para ser conde esto me basta. Y aún te sobra, dijo Don Quijote,
y cuando no lo fueras, no hacía nada al caso, porque siendo yo
el rey, bien te puedo dar nobleza sin que la compres ni me
sirvas con nada, poruqe en haciéndote conde, cátate ahí
caballero, y digan lo que dijeren, que a buena fe que te han de
llamar señoría, mal que les pese. Y montas, que no sabría yo
autorizar el litado, dijo Sancho. Dictado has de decir que no
litado, dijo su amo. Sea así, respondió Sancho Panza. Digo que
le sabría bien acomodar, porque por vida mía, que un tiempo fui
muñidor de una cofradía, y que asentaba tan bien la ropa de
muñidor, que decían todos que tenía presencia para ser prioste
de la mesma cofradía. Pues ¿qué será cuando me ponga un ropón
ducal a cuestas, o me vista de oro y de perlas a uso de conde
extranjero? Para mí tengo que me han de venir a ver de cien
leguas. Bien parecerás, dijo Don Quijote; pero será menester que
te rapes las barbas a menudo, que según las tienes de espesas,
aborrascadas y mal puestas, si no te las rapas a navaja cada
dosíapor lo menos, a tiro de escopeta se echará de ver lo que
eres.

     ¿Qué hay más, dijo Sancho, sino tomar un barbero, y tenerle
asalariado en casa? Y aún si fuera menester, le haré que ande
tras mí como caballerizo de grande. Pues ¿cómo sabes tú,
preguntó Don Quijote, que los grandes llevan detrás de sí a sus
caballerizos? Yo se lo diré, respondió Sancho. Los años pasados
estuve un mes en la corte, y allí vi que paseándose un señor muy
pequeño, que decían que era muy grande, un hombre le seguía a
caballo a todas las vueltas que daba, que no parecía sino que
era su rabo. Pregunté que cómo aquel hombre no se juntaba con el
otro hombre, sino que siempre andaba tras dél. Respondiéronme
que era su caballerizo, y era uso de grandes llevar tras sí a
los tales. desde entonces lo sé tan bien, que nunca se me ha
olvidado. Digo que tienes razón, dijo Don Quijote, y que así
puedes tú llevar a tú barbero; que los usos no vinieron todos
juntos ni se inventaron a una, y puedes tú ser el primer conde
que lleve tras sí a su barbero; y aún es de más confianza el
hacer la barba que ensillar un caballo. Quédese eso del barbero
a mi cargo, dijo SAncho, y al de vuestra merced se quede el
procurar venir a ser rey y el hacerme conde. Así será, respondió
Don Quijote.



